Hasta siempre, Ana

Ana Gonzalez

Foto: Captura Youtube



Este ha sido un año cargado de memoria, los 45 años del golpe y la conmemoración de los 30 años del plebiscito nos han recordado cuan presente está en el país que hemos construido, el legado de una dictadura que no solo se planteó como refundacional en lo institucional, sino que tuvo un costo aún presente en la vida de miles de personas y sus familias que sufrieron prisión política, tortura y muerte. Para las familias de ejecutados políticos y de detenidos desaparecidos esta ha sido una lucha constante por verdad y justicia. La partida de Ana González, un símbolo de resiliencia, nos recuerda que pese a que con demasiada facilidad hay actores políticos que insisten en que debemos dejar atrás ese pasado, la memoria seguirá presente en la medida en que como país tengamos una deuda con las chilenas y chilenos que han muerto buscando una respuesta.

Hoy nos deja Ana González, un símbolo de esa resistencia llena de coraje que murió con la esperanza de conocer el paradero de su marido, sus dos hijos y su nuera embarazada. Es cierto, a diferencia de muchas dictaduras en el mundo, en Chile ha habido una política sostenida de verdad y justicia, eso fueron el Informe Rettig (sobre ejecutados políticos), el Informe Valech (sobre prisión política y tortura) y los múltiples procesos abiertos en la justicia que han terminado con violadores de derechos humanos en la cárcel. No obstante, no hay duda de que para quienes han sido víctimas sin respuesta, para quienes vieron vulneradas irremediablemente sus vidas a partir de la violación a los derechos humanos, ningún acto de reparación y justicia ha sido suficiente.

Nuestro aprendizaje como país nos ha dejado una esperanza, a diferencia de antaño, no hay quien hoy, al menos públicamente, se atreva a justificar de manera liviana las violaciones a los derechos humanos y menos desconocer su existencia, sin que ello signifique una fuerte sanción social. Al tiempo, ha sido evidente que esgrimir razones de "contexto" para explicar lo sucedido tampoco es un camino que goce de legitimidad, tal como ocurrió a propósito del debate sobre la existencia del Museo de la Memoria. Del mismo modo, las nuevas generaciones en política, aún de sectores que antaño fueron partidarios de la dictadura, han sido categóricos en reconocer los horrores cometidos.

Sin embargo, siendo la democracia un ejercicio de construcción permanente, es preciso estar alertas. Se nos olvida con facilidad que llevar el debate político a una extrema crispación, enarbolar discursos intolerantes, socavar la libertad o legitimar formas impresentables de desigualdad, tiene como contrapartida avanzar hacia un punto del que a veces es difícil retornar. Las sociedades se construyen en base a un diálogo inclusivo, donde los proyectos de sociedad que representan las distintas posiciones en disputa, deben tener cabida, respetando las bases de convivencia.

Me perdonará el lector, porque probablemente esta semana era más evidente escribir sobre el debate de "Aula Segura y Democrática", sobre el debate en ciernes respecto al sistema de pensiones o sobre las importantes normas aprobadas en el Parlamento para combatir el cohecho y el soborno, pero creo que de vez en cuando vale la pena detenerse para resignificar el pasado, de manera de con ello poder construir el futuro.

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