Homo academicus
El Presidente Kast planteó una idea razonable (“hagamos un seguimiento a todos los recursos que se han entregado a los centros de educación y veamos cuál es el resultado de esos recursos”). Pero la remató con un pésimo ejemplo (“a veces 100 millones, 500 millones, para una investigación que termina en un libro precioso, empastado, en la biblioteca… ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno… Puede ser un gran estudio, pero no se tradujo en nada, en trabajo concreto para las personas”).
El ejemplo presidencial tocó todas las teclas del antiintelectualismo más tosco de la derecha. Ese maridaje de la mentalidad de sociedad anónima con la de quincho del barrio alto que viene a actualizar al huaso macuco descrito por Vicente Huidobro en su “Balance Patriótico”. ¿Cómo un gran estudio, cómo un buen libro van a carecer de valor?
Para todos los que nos dedicamos a leer y a escribir, la frase resulta más bien ofensiva. Y, de hecho, la academia, apalancada en el ejemplo absurdo, ha reaccionado con un gremialismo visceral. Las respuestas han ido desde tratar de mostrar el empleo que genera la industria editorial hasta apelaciones al enorme impacto de ciertos libros e investigaciones en la vida y el trabajo de millones de personas.
Sin embargo, esta reacción también es simplona, y finalmente débil, pues no se hace cargo del enunciado razonable corrompido por el mal ejemplo. ¿Está la academia utilizando de manera responsable los recursos que provienen de los contribuyentes?
En el caso de las ciencias exactas, el escándalo de Sonia Kabana, investigadora de la U. de Tarapacá que cobró 38 millones por ocho meses durante 2024 por concepto de “incentivos a la publicación”, nos abre la puerta a una realidad complicada. Tal como denunciaron los profesores Francisco Muñoz y Miguel Kiwi en su momento, los incentivos perversos en el campo científico universitario han generado cada vez más casos de fraude a la ciencia, configurando “mercados mundiales de deshonestidad científica”, donde el volumen desplaza la relevancia de lo investigado.
En el caso de las Humanidades y las Ciencias Sociales, la crisis es todavía más profunda, pues no sólo hay un problema de relevancia, sino de sesgo político y secuestro de espacios académicos por parte de activismos diversos. Este es el resultado de la llamada “crisis de la representación” de los años 80 (ver Sokal), que instaló un “todo vale” posmoderno que entiende todo como voluntad de poder (y llama a ese ejercicio “crítica”). Y si bien hay espacios de seriedad disciplinar –como me recordó correctamente el actual director del ISUC, Matías Bargsted-, basta revisar el tenor de algunos proyectos y circuitos de citas aprobados por los “pares” para notar que hay un problema que va más allá de casos aislados (es lo que hace Magdalena Price en una carta en El Mercurio, donde muestra que investigaciones como “Activismos desde y con las infancias” o “Los derechos de los niñes desde la perspectiva de hijes y mapadres” se adjudicaron fondos por sobre los 250 millones de pesos). Otro indicio interesante es el rol que jugaron, en nombre de sus respectivas disciplinas, gran parte de los académicos de estas facultades durante el estallido y la Conveción. Nada de esto, de nuevo, es un fenómeno exclusivamente chileno. Hace poco un artículo del sociólogo de Oxford James Manzi, titulado “La orientación ideológica de la investigación académica en ciencias sociales 1960-2024”, mostró una inclinación hacia la izquierda de toda la producción relevante del periodo en inglés, con una intensificación del sesgo después de 1990. ¿Cómo nos iría replicando este estudio en Chile?
Los académicos chilenos no deberían molestarse por la mayor demanda de escrutinio público respecto del creciente gasto fiscal en investigación, sino tratar de orientar esa demanda a buen puerto. Es claro que necesitamos una sociología de la academia que permita identificar con mayor precisión cómo funciona este campo, incluyendo sus fallas, sesgos y puntos ciegos, si es que pretendemos invertir con más fuerza en él, como todo el gremio universitario demanda. No pueden exigir confianza y obediencia ciega desde un espacio que se jacta de ser templo de la razón y del pensamiento crítico.
Lo último
Lo más leído
Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lee La Tercera.
Plan Digital + LT Beneficios$6.990 al mes SUSCRÍBETE