La columna de Esteban Bustos: El sueño de las argollas

Cada cuatro años, todos los olímpicos nos juntamos en una ciudad a celebrar nuestra fiesta. Atraemos las miradas de todo el mundo hacia nosotros, especialmente cuando te paras en la línea de partida y solo hay personas como tú: guerreros, soñadores, verdaderos campeones.



Los Juegos Olímpicos son algo que te acompaña, de distintas maneras, durante toda la vida de deportista. De pequeño, son nuestro sueño; de joven, nuestro objetivo, y de adulto, cuando lo consigues, nuestro logro. Recuerdo, como si el tiempo no pasara, cuando tenía que levantarme a las 5 de la mañana para entrenar antes de ir al colegio, solo para salir y volver a entrenar, antes de llegar a casa cansado para enfrentar el día siguiente, que de seguro sería uno más duro que el anterior.

Vacaciones no recuerdo muchas, sí muchos fines de semana compitiendo y otros tantos 1 de enero corriendo a las 8 de la mañana, todo por no postergar el sueño de las argollas olímpicas. Tu familia te entiende, o al menos cree entenderte, cuando finalmente no tienen mucha alternativa: buscar ser olímpico es una decisión personal, pero que arrastra, a veces sin quererlo, a muchos contigo.

Cada vez que lloré, sufrí, perdí o tomé un respiro para seguir -ya que rendirse no es opción-, fui construyendo el camino que me trajo hasta acá. Empujarme al límite de lo mental y de lo físico todos los días de mi vida es lo que me hace un olímpico; cuando llegas a la competencia que has preparado desde que tienes memoria y te das cuenta en la persona que te convertiste en el proceso, todo vale la pena. Lo mucho nunca costó poco.

Cada cuatro años, todos los olímpicos nos juntamos en una ciudad a celebrar nuestra fiesta. Atraemos las miradas de todo el mundo hacia nosotros, especialmente cuando te paras en la línea de partida y solo hay personas como tú: guerreros, soñadores, verdaderos campeones. Competimos por tal anhelada medalla, pero somos rivales y no enemigos; humanos que supimos superarnos día a día.

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