La corte de los milagros



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Decíamos al final de la columna de la semana pasada que el remate de La Lista del Pueblo no bastaría para dar por terminada la función; falta la Constituyente que también ha estado ofreciendo su ronda de escandaleras. Para empezar, llevándole el amén a La Lista, volviéndose su cómplice, y dejándose fagocitar como instancia seria. Dicho y hecho, el sábado por la tarde, desenmascarada la mentira de Rojas Vade, lo vino a confirmar, haciéndose presente el peligro, que es grave, antropológico si uno lo piensa.

Es muy posible que desde hace siglos seamos un país de cuenteros (¿quién no ha sido objeto de algún sablazo?). Años atrás me hacía ver una amiga que había estudiado literatura en París y conocía la ciudad, que las farsas que se montaban diariamente en las micros santiaguinas eran dignas de “La cour des Miracles” (lo dijo en correctísimo francés). Ante lo cual, la miré con cara de que no entendía. Mi amiga, otrora cercana al MIR, estaba espantada con cuanto esperpento se subía a la Matadero Palma u Ovalle Negrete correspondiente para contar algún cuento fantástico de inverosímil a los pasajeros: que su “mamá, abuelita, tía, hija”, o el pordiosero mismo, sufrían tal y cual infortunio incurable que luego se acreditaba con supuestos documentos, nunca faltando quien se tragaba el embuste.

Lo que es lo de “La cour des Miracles” hacía referencia a un barrio de París (hoy céntrico en el 2e Arrondissement), famoso desde tiempos inmemoriales por refugiar a truhanes y maleantes que, por la noche, recobraban el uso de sus miembros lisiados que paseaban por la ciudad durante el día despertando compasión pidiendo limosna. Sanación espontánea que Víctor Hugo hiciera inmortal situando su novela gótica Notre Dame de París justamente en dicho submundo. Curioso que debamos volver a Víctor Hugo, a quien mencionábamos la semana pasada en análogo alcance referido a la Convención en pleno Terror jacobino.

Debe ser que el aprovechamiento disfrazado, y la compasión volviéndose chantaje emocional, hace rato se enseñorean entre nosotros. Es cierto, siempre hemos vivido entre demagogos mentirosos que nos conminan a que nos apiademos (desde A. Alessandri y su engañifa de la “chusma querida”), pero no vaya a ser que ahora por primera vez enfrentemos la posibilidad que dirijan nuestros destinos quienes se sirven de exhibicionismos victimistas, y que dicho hampa se constituya en corte deliberante como en la novela. No lo digo por éste u otro Rojas Vade cualquiera, chivos expiatorios fáciles de proteger y luego hacer pebre. Más bien porque siempre es posible que se impongan facciones organizadas, inframundos aspirantes a convertirse en mayoría y norma general pudiendo llevar el orden establecido al patíbulo, subvirtiéndolo previamente hasta volverlo irreconocible. A ello apuntaba Víctor Hugo.

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