Opinión

La Ley: Espina feroz

Un cierre. Eso es lo que necesitaba la historia de las primeras grabaciones descatalogadas de La Ley: el debut de 1988 y el disco Desiertos de 1990. Es lo que consiguió Germán Bobe y su equipo con el proyecto Volver a La Ley, que tuvo su tercer acto el domingo pasado en el GAM. El cantante Beto Cuevas y el tecladista Rodrigo Aboitiz se fundieron en un abrazo largamente esperado, tras interpretar un par de canciones con el bajista Luciano Rojas y el baterista Mauricio Clavería acompañando desde México a través de la pantalla gigante. En el centro del escenario —unificando sentimientos y voluntades— estaba una de las guitarras de Andrés Bobe, el líder y fundador fallecido en 1994. Más que un instrumento, parecía una presencia sobrenatural, un talismán del reencuentro, un grimorio eléctrico: la fuente de una magia antigua y poderosa.

Germán, destacado artista audiovisual, emprendió la compleja labor de rescatar el legado de su hermano. Las impecables reediciones superan el hito discográfico: es la recuperación de un vínculo que estaba en un limbo, atascado en un loop espaciotemporal y desintegrado del relato mayor. Las razones fueron las disputas habituales que otorgan pasión y drama a toda aventura creativa. Cuando escribí Invisible – La Ley, mi libro sobre el magnífico álbum que la banda lanzó en 1995, la brecha entre el grupo que alcanzó el estrellato internacional y el trío original me pareció una herida sin cicatrizar, una espina tan injusta como el desdén crítico que La Ley sufrió por años.

Con los comienzos de la banda disponibles de forma oficial y coronados en una noche íntima e histórica, se produjo el final de un ciclo y la posibilidad de otro. Como debía ser, no se olvidaron las contribuciones de la primera vocalista Shía Arbulú, del mánager Carlos Fonseca y del letrista Iván Delgado. Pase lo que pase más adelante —las alternativas son múltiples— quedó restaurada la continuidad entre 1988-1990 y la fama posterior. El domingo salimos del GAM con esperanza. Y eso, en 2026, es un tesoro.

Por Sergio Cancino, periodista y autor de Invisible: La Ley.

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