La visión radicalizada que se intentó imponer

FOTO: FELIPE CONSTANZO / AGENCIAUNO



A través de los años he mantenido muchos amigos de centroizquierda a quienes estimo profundamente. Son personas que tienen una visión progresista de la sociedad, con la cual a menudo no concuerdo; a veces sí. Pero lo que tengo meridianamente claro es que siempre he visto en ellos una actitud ponderada, prudente y respetuosa de nuestras tradiciones sociales, y por cierto republicanas. Algunos quieren realizar cambios, más profundos o menos profundos, manteniendo lo que es la esencia misma de nuestro Chile: su característica de nación unitaria, de Arica a Magallanes. Son tolerantes de la diversidad, de la cultura y las opiniones ajenas; se puede dialogar sin caer en la violencia ni la descalificación abyecta. Una gran cantidad de ellos votó por el Rechazo.

Y luego tenemos una izquierda radicaliza donde campea la frivolidad y el culto por lo extremo de sus intelectuales, exageradamente progresistas. Son personas para quienes el pensamiento único es el de su sector, y que condenan las ideas políticas de los que piensan distinto, mientras practican la política de mala manera; incluso con la “cancelación” y el matonaje, sino físico, entonces moral. Hoy no permiten a los demás hablar de moral, pues ejercen un monopolio de manera casi dictatorial sobre su ejercicio.

Pues bien, esa ultra izquierda desempeño un papel fundamental y dominante dentro de la Convención Constitucional y su propuesta, que el pueblo chileno rechazó categóricamente. Quisieron imponernos el relativismo; la noción de que todo es igual, lo verdadero y lo falso, lo bello y lo feo. Trataron de hacernos creer que las víctimas cuentan menos que los delincuentes que salen a la calle a destruir. Que la autoridad es letra muerta, que hay que cambiarla por completo, incluso las más altas cortes de justicia. ¿Con qué propósito? El mensaje, el trasfondo, era que las buenas costumbres habían terminado, que no había nada sagrado, nada admirable.

¿Exagero? Pues observen lo que están haciendo con los colegios públicos de excelencia, o lo que intentaron hacer con el civismo. Bajo nuestra mirada atónita, intentaron matar los escrúpulos y la ética. Esas posturas radicalizadas justifican el triunfo del depredador violento sobre el emprendedor, y nunca se han atrevido a llamar al terrorismo por su nombre. Esa izquierda tiene un pie puesto dentro del gobierno, y pretendía controlar al país a través de una Constitución negativa, destructora del alma, de la médula que conforma a Chile. Hubo también en dichas posturas radicalizadas una suerte de aversión hacia la cultura del trabajo, antipatía que no valora ni premia el esfuerzo emprendedor, lo cual representa un grave problema moral. Hay que rehabilitar la cultura trabajo, es decir, la dedicación y el esfuerzo mantenidos en el tiempo. Y eso los chilenos y chilenas lo tienen más que claro, pues representan a un país esforzado y emprendedor.

Las mayorías revolucionarias en la Convención, avivadas desde afuera, incluso intentaron dejar sin poder a las fuerzas de orden. Quisieron vender la idea de que se ha abierto un abismo entre la policía y la juventud; que los vándalos son buenos y la policía es mala. Que los terroristas tienen mucha rabia, y la justifican. Como si la sociedad fuera siempre culpable y el delincuente, el asesino, inocente. Y luego, pretendían que Chile no rechazara sus propuestas altamente dañinas

Hay demasiada hipocresía acá. Esos revolucionarios y políticos defienden los servicios públicos, pero jamás usan transporte colectivo. Aman la escuela pública, pero mandan sus hijos a colegios privados. Adoran la periferia, los sectores populares, pero jamás viven allá. Son los mismos que no valoran el mérito y el esfuerzo, y que avivan el odio a la familia, a los empresarios, a la sociedad tal cual es, y a la República. Y pretendían gobernarnos durante los próximos 40 años través de una propuesta constitucional odiosa, que sembraba una animosidad muy difícil de aceptar.

Con el Rechazo se abre un nuevo amanecer para Chile. Pero será necesario mantenerse cauteloso ante los intentos de repetir más de lo mismo, pues vienen. Y exigir una nueva Carta Magna que convoque, que sea unitaria, y no que nos autodestruya.

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