Las cicatrices de la esperanza



Por Eduardo Vergara, director ejecutivo Chile 21

Han sido los dos años más complejos y a la vez esperanzadores desde el retorno de la democracia. Complejos por la violencia que acompañó al estallido social, potenciada por el mal manejo del gobierno que, usando fuerzas de orden para proteger su orden político, declaró la guerra escalando los conflictos en vez de desescalarlos. Las consecuencias de este manejo generaron heridas profundas en nuestra sociedad. Esto se mantuvo con la llegada de la pandemia y los fenómenos que fueron emergiendo con su paso. Las manifestaciones, que en algunos casos fueron manchadas tanto por violencia y vandalismo como brutalidad por parte del Estado bajo una guerra contra un enemigo interno, terminaron, a pesar de todo, generando la esperanza necesaria para revitalizar a un país agotado de desigualdad. Situaciones desgarradoras, violaciones a DD.HH., inaceptables en democracia, forman las cicatrices sobre las cuales se iniciará la redacción de la nueva Constitución.

Hoy los escenarios políticos, de inseguridad y el económico se tornan más complejos bajo una crisis de legitimidad. A pesar de las celebraciones por la relativa reactivación, nuestra economía sigue herida. Millones avanzaron a la vulnerabilidad y la pobreza. Sin protección del Estado muchos tuvieron que sustentar con sus propios ahorros la crisis, Pymes quebraron y la mala salud del mercado sigue rondando como un alma en pena. Ahí, el narco y el crimen aprovecharon la contracción del Estado para expandir su presencia. Aumento de homicidios, violencia y poder del narco son parte del legado. A la par, el gobierno, en un acto de irresponsabilidad y obsesión mediática, actuó políticamente para hablarle a sus bases, por medio de la militarización de la macrozona bajo un nuevo estado de excepción.

Si bien esto puede sonar agotador, es extremadamente revelador e importante para entender el momento histórico que vivimos. Son estas constataciones las que nos permiten entender por qué y cómo se mantiene la esperanza de contar de una vez por todas con una Carta Magna escrita en democracia, que permita mayor justicia, protección y dignidad. La Convención, con sus errores y aciertos, tiene esta responsabilidad. Si bien ha tenido que aguantar una serie de intentos por debilitarla, sigue fiel a nuestro espíritu, de pie y avanzando.

Lo que nos toca es no olvidar nuestras cicatrices: el dolor, brutalidades y los dolorosos costos que miles de chilenos pagaron en distintos frentes durante estos dos años. Las víctimas son víctimas, no requieren apellidos ni lugares para serlos. Las cicatrices deben ser el recordatorio de cuánto costó llegar aquí. Es por esto que no es un mero cliché argumentar que tenemos que defender a la Convención. De la misma forma y con la misma fuerza, debemos defender la política, nuestras instituciones y el capital social que tenemos. Es lo mínimo que podemos hacer por quienes por generaciones o en el marco de estos dos años han sufrido tanto.

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