Los aranceles y el Estrecho
El lunes 24, Jeffrey Goettman, funcionario del representante de Comercio de Estados Unidos, culminó 24 horas en Santiago, algunas de las cuales las pasó reunido con la subsecretaria de Relaciones Económicas Internacionales, Paula Estévez. Se esperaba que la subsecretaria obrara el milagro de retirar los aranceles de 12,5% impuestos a más de un 50% de los productos que Chile exporta a Estados Unidos.
Por supuesto, ese no era el propósito de Goettman. En el mundo dibujado por el Presidente Trump, el 12,5% es hasta generoso. El viernes anterior, Canadá rompió las negociaciones con los colegas de Goettman porque sus pretensiones eran desmedidas; trataban a Canadá no como a un socio, sino como a un subordinado. Trump reaccionó imponiendo aranceles de hasta 50%, con efectos sobre 20 mil millones de dólares de importaciones de Canadá. Lo inesperado fue que el primer ministro canadiense, Mark Carney, respondió con aranceles de represalia, “peso por peso”, por 20 mil millones de dólares sobre las importaciones de Estados Unidos. Enojado, Trump le cambió el nombre al lago Ontario, un gesto que tributa al Sombrerero de Lewis Carroll.
Así que Goettman recibió cortésmente una lista de productos y prometió que volvería con una nueva oferta. Pero su objetivo era insistir en que Chile firme un Acuerdo de Comercio Recíproco (ART, en inglés), que establece un arancel parejo de 10%, no menos, y anula de hecho el Tratado de Libre Comercio vigente, que establece un arancel parejo de 0%. Chile ya rechazó la proposición de firmar un ART, que, aparte de ser un retroceso en sí mismo, contraviene la política exterior arduamente trabajada desde el fin de la dictadura. Es muy difícil esa posición, a menos que Estados Unidos realice una oferta irresistible, como dejar sin aranceles a un volumen de los productos más cercano a un 100% que a otra cosa.
Goettman pertenece a una burocracia muy competente, que hace lo que se le ordena, ajustándose a las leyes de Estados Unidos, donde se puede encontrar casi cualquier posibilidad. Pero más arriba en su jerarquía, en el círculo del Presidente Trump, da lo mismo un ART que cualquier otra cosa. La cuestión es el poder.
Y con Chile, hay un poco más.
El domingo, horas antes de que Goettman se sentara con Estévez, el general Gustavo Javier Valverde, jefe del Estado Mayor de la Fuerza Aérea argentina, describía en Buenos Aires el Estrecho de Magallanes como “una llave bioceánica”, que “es soberanía”, desconociendo la total exclusión de Argentina y cualquier otro país de la totalidad del Estrecho. Nadie más que Chile tiene soberanía en él y esa discusión -hay que recordarlo- casi costó una guerra.
¿Qué hay de nuevo? Recientemente, Argentina sí firmó un ART con Estados Unidos y se ha mostrado disponible para otros gestos si Trump lo pide. En cuanto a Valverde, está a la espera de completar los 24 aviones de guerra F-16AM Fighting Falcon que compró a Dinamarca con apoyo de Estados Unidos. Trump ha hecho repetidas referencias al Estrecho de Magallanes cada vez que ha hablado del Canal de Panamá. ¿Así que todo es pura coincidencia, no nos pongamos conspiranoicos?
Eso parece haber creído el ministro Francisco Pérez Mackenna, que improvisó una inadecuada declaración desde Hanoi. Ese pobre desempeño podría ser interpretado, con inmensa buena voluntad, como una forma de evitar una escalada innecesaria, si no fuera porque la Cancillería viene mostrando una mirada cándida y poco aguda del mundo con el que tiene que lidiar, que pone más acento en el secreto que en los hechos.
Las relaciones exteriores no figuraban en el programa del Presidente Kast; todo parecía descansar en la tranquilizadora presencia de Trump en la Casa Blanca y el giro a la derecha que se estaba produciendo en América Latina después de Javier Milei. Y el resto, coser y cantar. Firmar acuerdos, contratos, convenios.
Todo cambió en unos meses. Tanto el presidente como el canciller podrán lamentar que todo se haya puesto cabeza abajo sin más aviso que unos aranceles, pero las lecciones están a la vista. Una regla no escrita de la política ministerial chilena dice que cuando la Cancillería se calla, habla el Ministerio de Defensa. Alguien se tiene que hacer en voz alta las preguntas que atañen al interés general.
¿Para qué se está preparando Trump? Ha amenazado con la fuerza militar o económica a decenas de países. Ocupó Venezuela, pero no se atrevió a administrarla y la dejó en las manos nada limpias del ancien regime. Ha atacado a Irán con gran parte de su arsenal no atómico. Pero no lo ha derrotado; ha quedado fuera de la negociación para reabrir el estrecho de Ormuz y se ha propuesto estrangularlo financieramente, lo que parece más otra amenaza impotente que una posibilidad real. A Canadá lo acaba de perder para siempre.
Trump quiere que, además, el mundo financie sus extrañas convicciones. Es lo que se entiende oyendo al secretario del Tesoro, Scott Besent, cuando explica que el déficit federal de 6% es pasajero y que la deuda externa, de 40 trillones de dólares, la más grande de la historia humana, será pagada por el crecimiento de la IA. Los aranceles, el proteccionismo, el armamentismo, hablan de otros mecanismos.
Y, por fin, quisiera estrangular a China. Pero la dirigencia china ha decidido esquivar el bulto, no ha defendido a Irán, mantiene una distancia prudente de Putin y evita toda provocación que pueda servir de pretexto a Trump. Sus ejércitos de ingenieros trabajan para la IA, seguros de que en poco tiempo alcanzarán a Estados Unidos. La parte de la historia que Xi Jingpìng se ha reservado es la de eludir a Trump y vencer después, silenciosamente, a la inveterada belicosidad de este Occidente desgreñado.
El gobierno chileno está frente a una amenaza y una oportunidad. Quizás deba pensar en un cierto cambio: de actitud, de estilo, de comunicación, de lo que sea necesario.
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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
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