Los inútiles
El miércoles pasado el Presidente José Antonio Kast dijo durante un encuentro con vecinos de la Región de Los Lagos la siguiente frase a propósito de la educación: “A veces 500 millones para una investigación que termina en un libro precioso en la biblioteca: ¿Cuántos trabajos generó? Ninguno”. La declaración del presidente fue lo suficientemente punzante, gratuita y, a la vez, imprecisa como para generar inquietud y molestia desde el mundo de la investigación científica hasta el de la literatura.
El Presidente Kast hizo una reflexión sacada de un sombrero, sin anclaje en la realidad sobre el monto señalado -no existe ningún fondo que destine una cifra tan alta a una investigación científica-, sin siquiera ofrecer un ejemplo que aclare el modo en que se formó la idea expresada. El moño que anuda la afirmación es el remate que ofrece la imagen de una biblioteca como un cementerio de dinero público, enfrentando, de paso, la idea de un “libro precioso” con el resbaloso concepto de “generar trabajo”. De un lado un lujo infértil; del otro, una virtud práctica y productiva: usted elija lo que apoya. Un binarismo discursivo reduccionista. La calmada voz del mandatario no alcanza a diluir el eco violento de opiniones dichas hace poco tiempo por sus cercanos, como aquella que calificaba de “parásitos” a los funcionarios públicos. Es la misma manera de ver el mundo, el mismo enfoque sobre el valor del trabajo ajeno, sobre quienes merecen ser expulsados o ser mantenidos a raya. Pienso en los enjambres de asesores con sueldos que jamás alcanzaría un científico dedicado a esas cosas raras que a nadie importan; pienso en los parlamentarios que tienen cubierta hasta la última gota de bencina que ocupan para ir al supermercado y, aun así, no asisten a votar a la sala; pienso en los militantes obedientes que trepan a cargos para los que no tienen formación alguna y hacen carrera exitosa sin más mérito que ser sectarios; pienso en los allegados al alcalde apropiado que drenan los recursos de municipios a vista y paciencia de esas mismas autoridades que frente a un científico o un artista aplican un rigor espartano. Si hay algo que ha quedado claro en Chile desde hace un par de décadas hasta ahora, es que la sangría fiscal no ocurre exactamente financiando investigaciones científica ni proyectos de arte. Los frescos y las frescas están en todas partes, eso es un hecho. Hay caraduras defendiendo todas las causas y ejerciendo todas las disciplinas, la diferencia es el poder con el que cuentan y el modo en el que desde ese lugar de poder separan lo que juzgan útil de lo que consideran inútil.
La realidad de la investigación científica en Chile no es la que ha sugerido el presidente. La realidad es otra. Chile logra un rendimiento científico alto a pesar de la baja inversión en el área. Según el Índice Global de Innovación, solo Brasil y México, países que multiplican en población y recursos al nuestro, lo sobrepasan en Latinoamérica; según el Nature Research Leader, Chile ocupa el segundo lugar de la región en publicaciones científicas, pese a que el financiamiento es escaso. La inversión en innovación y desarrollo en Chile es del 0,39 por ciento del PIB, y el promedio de los países OCDE es de 2,68 por ciento. En gran medida esos logros que exhibe un país como el nuestro existen debido a científicos que trabajan bajo condiciones inciertas. Sembrar la sospecha sobre todas esas personas, caricaturizar su labor es injusto.
Nuestra mentalidad les dispone a ciertas actividades un valor mínimo y a quienes las ejercen el vicio de lo inútil. Esa disposición ha estado demasiado presente durante el último mes gracias a las declaraciones de las autoridades, no solo la última del presidente, sino también las ideas que se desprenden de las últimas declaraciones de Francisco Undurraga, el ministro de Cultura. “Si queremos un país que genere cultura, no podemos seguir haciendo lo mismo”, señaló el ministro en relación a un recorte del 10% de financiamiento en el área. No queda claro a qué se refiere con “generar” cultura, ni cuáles juzga él que son las condiciones ideales para hacerlo. Al parecer, entre los escollos para “generarla” se cuenta a los museos, que se verán afectados por la disminución del 65% de fondos para mejoramientos. Tampoco resulta coherente con el discurso de “generar cultura” la decisión de dejar botado un elefante blanco en el corazón de Santiago, como lo anunciado sobre la gran sala del GAM. Lo que se vislumbra de fondo es una manera de relacionarse con esas actividades consideradas “inútiles” de una manera hostil, de enfrentarse con quienes ejercen esas ocupaciones que se juzgan poco pragmáticas o derechamente sinsentido, elevando la guardia. Tal vez esa ojeriza, demasiado parecida al abandono, sea en sí misma patrimonio nacional, de eso podrían dar fe desde Pablo de Rokha hasta Andrés Pérez, pasando por Vicente Ruiz y llegando hasta Violeta Parra.
Pienso entonces en la mañana de 1952, cuando un grupo de sujetos jóvenes mantenidos por empleos temporales precarios tuvieron la idea de hacer algo tan improductivo como una vitrina de un diario mural en la que se leían titulares absurdos, frases hechas de recorte de diario que llamaron la atención de peatones en calle Ahumada, primero, y luego en calle Bandera. Nadie en Santiago había visto algo así antes. Un gesto improductivo, que no generó ningún empleo, pero que por algunos sería considerado como el primer atisbo de arte conceptual en Chile. Aquel gesto vacío y sospechoso fue encabezado por dos inútiles de nombre Enrique Lihn y Alejandro Jodorowsky. No sé si exista un índice que logre verificar si con eso se “generó” cultura o si solo es un episodio muerto de una historia que a nadie interesa y que descansa en algún libro de una biblioteca que no vale la pena financiar.
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