Columna de Max Colodro: Movimiento de placas

FOTO: LUKAS SOLIS/AGENCIAUNO



La intensidad del proceso constituyente no ha facilitado la observación de sus propios efectos sobre el sistema político. Entre ellos, sus implicancias a nivel de bloques y partidos, sus tensiones, fracturas y reordenamientos; derivas que vienen en desarrollo desde antes de la revuelta social, y que reforzaron o modificaron su curso en estos tres años. La última elección presidencial fue, sin duda, un momento de cristalización de algunas de estas tendencias: los candidatos que pasaron a segunda vuelta no fueron los de centroizquierda y centroderecha, es decir, parte de esas constelaciones que gobernaron Chile desde 1990.

Si el plebiscito de entrada y la elección de los convencionales parecieron confirmar una clara hegemonía de izquierda, el plebiscito de salida selló un quiebre profundo de la centroizquierda. En rigor, la apertura de importantes segmentos de ese mundo a la opción Rechazo es uno de los fenómenos políticos más significativos de los últimos años, un divorcio profundo y existencial, que separó aguas y difícilmente tendrá reparación en el corto plazo. Entre sus impactos está el cisma de la DC, un partido que, tras una larga decadencia, termina no solo con dos almas enfrentadas, sino con una importante fuga de liderazgos. Si hay un partido de centroizquierda que pagó un precio cercano al de su funeral por su tentación de convertirse en satélite del PC y el FA, fue la Falange.

En paralelo, el movimiento Amarillos por Chile sirvió para articular el traspaso de un segmento no menor de la centroizquierda al Rechazo, sin que ello tuviera el peso de una opción puramente individual. La ruptura de emblemáticas figuras del progresismo, con todo lo que simbolizaba la opción Apruebo, abrió un escenario inédito, que de alguna manera explica tanto la contundencia del resultado en el plebiscito de salida, como el fuerte deterioro político vivido por el oficialismo desde el 4 de septiembre.

El divorcio en la centroizquierda y el inexorable quiebre de la DC son factores que reforzarán el reordenamiento del espectro político en los tiempos venideros. La estrepitosa derrota de la izquierda en el plebiscito, el desplome del sueño refundacional y el precio que el gobierno está pagando por ello contribuyen hoy a articular un escenario de impensadas proyecciones. Un escenario al que también aporta el compromiso de la centroderecha con la continuidad del proceso constituyente, su cada vez mayor distancia con el Partido Republicano y el rol gravitante que va tomando el Partido de la Gente.

Si hay un ámbito en el que “Chile cambió” y los cuestionados “30 años” quedaron definitivamente atrás es en el sistema de partidos. Las excentricidades del proceso constituyente y el plebiscito de salida terminaron de enterrar la línea divisoria impuesta por el plebiscito de 1988. Y lo que viene ahora es la consolidación de este nuevo ordenamiento, un reacomodo donde los desacuerdos sobre el futuro tenderán a ser cada vez más relevantes que los definidos por el pasado.

Por Max Colodro, filósofo y analista político

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