Tomás Jordán

Tomás Jordán

Abogado Constitucionalista

Opinión

Nuestro problema constitucional


La Constitución es un acuerdo político y jurídico sobre la ordenación del poder y los derechos fundamentales de las personas. Debe permitir el juego político pluralista de mayorías y minorías, canalizar las demandas ciudadanas y que los derechos de las personas sean respetados.

Pero ¿qué pasa cuando una Constitución no contempla ese diseño básico, sino que su objetivo fue tener un modelo pre-determinado y que los otros proyectos políticos tuvieran una altísima dificultad para desarrollarse? Si esto es así, claramente estamos ante un problema, y ese es nuestro problema Constitucional. El fondo del asunto es que el actual armazón institucional contiene elementos que no permiten la libre realización de distintos proyectos políticos, sino que establece un sistema que traba el juego democrático y tiene una idea parcial de cómo éste se debe dar.

La Constitución actual se estructuraba originalmente en 3 macro-elementos: 1) una democracia tutelada sostenida en ciertos enclaves autoritarios y una idea nacionalista del Estado, 2) una democracia contra-mayoritaria donde la minoría tiene igual peso que la mayoría y 3) un sistema de derechos desequilibrado en favor de unos derechos y en perjuicio de otros.

Lo primero fue destrabado durante la transición, eliminando la prohibición de existencia que recaía sobre las doctrinas marxistas, suprimiendo los senadores designados, el rol de garantes de las Fuerzas Armadas y deliberante del Cosena, entre otros. Lo segundo y lo tercero quedó pediente.

Lo segundo tiene que ver con el libre juego de mayorías y minorías. Con las actuales reglas, si una mayoría gana las elecciones y quiere llevar a cabo un programa de cambios no puede o paga un alto costo por ello, pues el sistema está trabado. Éste tiene como elemento central la necesidad de contar con la venia de la minoría para gobernar, lo que llaman “democracia de consenso”. Prueba de ello es que hay materias que requieren de un alto quórum de aprobación (4/7, por ejemplo, educación); hay materias (orgánicas) que tienen que ir obligatoriamente al Tribunal Constitucional (TC) para un control previo a su entrada en vigencia y una minoría de congresistas (1/4 parte de cualquier cámara) puede recurrrir al TC y puede voltear la voluntad mayoritaria. Si a eso le sumanos que durante 25 años se aplicó el sistema binominal que buscaba el empate entre las fuerzas políticas, hay un problema.

Lo tercero, sobre los derechos, el modelo tiene una mirada preminetemente económica (en especial con relación a los derechos sociales) y los derechos son interpretados desde esa perspectiva. En por esto que cualquier voluntad política que tenga una finalidad distinta a ésta (por ejemplo eliminar, el lucro en el sistema universitario), tiene una altísima probabilidad de fracasar.  Acá no hay un reparo a los derechos económicos (propios de las constituciones), sino al desbalance preestabalecido. Así, tenemos que el derecho a la protección de la la salud se tiene que tutelar a través del derecho de propiedad; que el lucro universitario es parte de la esencia de la libertad de enseñanza como la libertad de trabajo lo es de la libertad de desarrollar actividades económicas, o que todo fondo que busque incorporar solidaridad (y no sólo subsidios a la demanda o a la oferta) es siempre acusado de expropiatorio. Si a eso le sumanos que a las empresas se les reconoce el derecho a la libertad de conciencia, hay un problema.

En resumen, ¿qué es más razonable? ¿qué exista este modelo inclinado actual o que nos pongamos de acuerdo en uno, donde dentro de los cortornos que acordemos, los distintos proyectos políticos puedan realizarse? Es decir, reglas constitucionales iguales para todos y que sean las elecciones y las mayorías legislativas que se conformen las que resuelvan. Si no logramos un acuerdo en este sentido, seguiremos como hasta ahora, más parecido a un viejo y humedo taca taca de playa, siempre inclinado, donde da lo mismo cómo se juegue porque la pelota rodará a favor de quíen eligió el lado, en este caso, de quién fijó las reglas al inicio del juego. 

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