Parlamentarismo en serio



Por Alfredo Jocelyn-Holt, historiador

Se ha estado descalificando gratuitamente al parlamentarismo, asimilándolo a un asambleísmo tribunicio, más propio de la actual degeneración del Congreso que de su supuesto antecesor histórico. La ignorancia sobre nuestro pasado parlamentario, obvia decirlo, es calamitosa, aunque no sorprende; inciden la creciente incultura como el sesgo historiográfico favorable al autoritarismo presidencial.

Que surgiera el parlamentarismo en su momento, y perdurara tanto tiempo, es explicable. Sigue siendo la fórmula política que más ha durado en Chile -desde 1861 (no 1891), según varios historiadores- fundamentalmente porque el presidencialismo y sus constituciones autoritarias nos han llevado a dictaduras, guerras civiles y gobierno bajo estados de excepción prolongados, hasta hoy. Le debemos al parlamentarismo una larga trayectoria de partidos disciplinados y plurales; el haber frenado intervencionismos de La Moneda (empezando por el electoral), y equilibrado ambos poderes, garantizando con ello la paz política. En su período más sobresaliente hasta 1924, el país se expandió territorialmente, accedió a una extraordinaria riqueza (salitre) bien administrada posteriormente, disciplinó a militares, e hizo que una guerra civil, como la del 91, no afectara el ordenamiento político. Fue tal su solidez que se le tuvo que tumbar desde fuera del sistema, doblegado por demagogia y cuartelazos, debiendo el presidencialismo que lo reemplazó sostenerse incluso a punta de militares, caudillos y dictaduras.

Solo el simplismo y cierto afán por etiquetar pueden hacer creer que lo que vemos hoy sea una variante equivalente a su clásico histórico. Éste podrá haber sido oligárquico o partitocrático, pero nunca tuvo aspiraciones soberano populares o populistas. Fue cuidadoso en respetar leyes, no se basó solo en prácticas; en cuanto a éstas, las más diversas corrientes políticas, todas, fueron unánimes en otorgar a las cámaras mayores facultades, sin siquiera objeción del Ejecutivo después del 91. No puso en jaque a la institucionalidad; al contrario, apostó por reformas evolutivas, nunca por acabar con ella. Julio Heise admite que el parlamentarismo pudo desembocar en dictadura o anarquía del Congreso, pero logró evitarse porque se procedió con prudencia y ecuanimidad “procurando no romper la armonía y la colaboración entre los poderes públicos”.

El actual asambleísmo congresista deriva de fuentes muy distintas. De la degeneración del Congreso y de otras instituciones liberales, como también de la antipolítica capaz de hermanar a la izquierda, al centro centrífugo y a la derecha tecnocrática. Pongamos atención mejor en los “Gracos”, en los jacobinos y en las lógicas democrático-plebiscitarias (¿Carl Schmitt?) en juego, con lo que el parlamentarismo por lo demás nunca ha tenido nada que ver.

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