Opinión

Scruton y el silencio

Scruton

Sir Roger Scruton, el filósofo inglés fallecido en 2020, se hizo mundialmente famoso por su posición de minoría conservadora en distintos debates morales, sociales y políticos. Editorial Katankura acaba de publicar una recopilación de textos de ocasión bajo el título de “Defensa del Estado nacional” (en la traducción de Felipe Torrealba y con un prólogo de M. E. Orellana Benado, su alumno en Londres).

El Estado-nación es un tipo de organización política y territorial que se multiplicó en los siglos XIX y XX. Podríamos decir que la colección de banderas es también un sobrevuelo sobre la caja de bombones que es el mapa político de la humanidad. Al mundo protagonizado por religiones o por familias (léase casas dinásticas), le siguió uno en el que la confianza alcanzó a otros seres humanos distintos de los cercanos por fe o sangre. Este sería el del Estado-nación: la mayor capacidad aglutinadora en libertad y vecindad: más allá de este óptimo, ella se malograría en imperio.

La confianza recíproca de su pluralidad de vecinos permitió incluso que las sociedades se entendieran a sí mismas como hijas de un contrato; es decir, de grandes acuerdos colectivos. Hoy este formidable logro —siempre según Scruton— estaría amenazado por comportamientos de grupos pertenecientes a otras tradiciones organizativas, cuyos códigos de conducta son incompatibles con los del Estado-nación. Y en una de sus páginas más controversiales, califica de meras “reivindicaciones” a los derechos sociales y económicos contenidos en el artículo 22 de la Declaración Universal de la ONU. En el fondo, los cree basados no en la virtud, sino en una dignidad honorífica —propia de regímenes monárquicos, comentaría aquí el barón de Montesquieu— que operaría, en la práctica, como un sistema de privilegios de clase, etnia o religión.

Scruton diagnostica que la “oikofobia” —el odio al hogar propio (“xenolatría”), con Slotedijk— ha sido la causa de este trastorno de la sociedad occidental y, en particular, de la europea. Estados Unidos aún sería un Estado-nación; por eso Europa, avinagrada en imperio burocrático, lo detestaría. Así, Occidente debe ser rescatado desde cada una de sus realidades territoriales nacionales, transformando la fobia en filia. Es preciso retornar a casa y amarla.

Las organizaciones de tufo imperial, como la Unión Europea, no podrían cumplir ese papel. Han convertido, dice Scruton, los contratos sociales nacionales en un metacontrato que se asemeja más a una ley divina, lo cual retrotrae la situación al Occidente pre-Westfalia.

Tengo mis dudas, especialmente en un punto. Scruton sostiene que Europa ha establecido una política de silenciar este tipo de críticas y se ha abierto al debate demasiado tarde. Posiblemente Europa ha hecho eso porque conoce las consecuencias de exacerbar las diferencias: las del nacionalismo que ensangrentó el siglo XX. Esa especie de metaética del silencio habría, en las últimas décadas, desescalado una inmensa variedad de conflictos. Como decía mi abuelo: “Que ni se toque el tema”. Sin ir al grano crece menos el problema.

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Casi nadie tiene claro qué es un modelo generativo. El resto lee La Tercera.

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