Por Pía Mundaca. Directora ejecutiva de Espacio Público

Lo acontecido en las primarias nos confirma que el escenario político chileno está abierto y fluido. Los apoyos no se heredan y los que se consiguen se pueden perder rápidamente. A todo esto, se suma también aquello que depende de la suerte y de variables que una candidatura no puede controlar. Dentro de esta incertidumbre, pareciera ser claro, eso sí, que hoy la calidad de la discusión puede ser crucial en los resultados finales: no hay perdedores definitivos ni tampoco carreras corridas. En este contexto, tiene sentido hacer un balance tanto de las potencialidades como de los desafíos de los ganadores del domingo. Esto nos puede dar luces, por un lado, de las razones de su éxito reciente y, por otro, de los riesgos que corren hacia adelante.

Gabriel Boric pasó de esforzarse por demostrar similitud con su contendor, a atreverse a proponer ideas y puntos diferenciadores, como el rechazo sin vacilaciones a regímenes autoritarios de cualquier signo. En este tránsito a una segunda etapa de su campaña, que ya de por sí hizo su candidatura mucho más interesante, se vio además dispuesto a escuchar y a asumir errores cometidos en el pasado. En esto, como en otras cosas, ha ido a contracorriente con al menos parte de su sector político, lo que es señal de solidez en sus convicciones. Y es precisamente aquí donde asoma su principal desafío, pues algunos de los que lo acompañan en su candidatura, junto con haber hecho en ocasiones un uso poco ecuánime de la institucionalidad, han mostrado una adhesión más bien frágil a algunos principios democráticos intransables.

Por otro lado, Sebastián Sichel emerge como un actor renovador para la derecha chilena. Para comenzar, no carga con la pesada herencia de la dictadura. Además, su trayectoria vital -infrecuente en los liderazgos de ese sector- le hizo sentido a una parte muy significativa de dicho electorado. Por ello, no puede negarse que, aun con todas las críticas normativas que dicho ideal pueda merecer, el relato meritocrático sigue inspirando a millares de personas en el Chile post estallido. Ellas ven en Sichel un ejemplo creíble de éxito personal y en su liderazgo mayores posibilidades de que su propio esfuerzo sea reconocido. En el ser capaz de explicar convincentemente cómo pretende llevar a cabo dicha promesa descansa, eso sí, la mayor fragilidad de su candidatura, pues más allá de algunas generalidades, ésta ha sido escasa en ideas.

El cuadro está incompleto, pues aún falta por saber qué liderazgo llevará la centroizquierda tradicional a la primera vuelta presidencial. Sea quien sea, tendrá fortalezas que ofrecer y debilidades que superar. Con todo, puede suponerse que deberá mostrar algunas características innovadoras, distintas a las que han distinguido a ese sector, si pretende competir exitosamente con los ganadores del domingo. No hay que ser adivino para aventurar que la próxima presidencia no solo estará poblada de desafíos enormes, sino que quien la ocupe será sustancialmente diferente a quienes lo han hecho hasta ahora.

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