Una nueva estrategia de desarrollo

Por Luis Felipe Céspedes, Universidad de Chile y Andrés Velasco, London School of Economics



El comité de expertos del Ministerio de Hacienda pronosticaba el año 2013 que el crecimiento de tendencia el año 2018 sería 4,7%. ¿Cuánto fue finalmente en estimación del mismo comité? 2%. ¿Cuánto esperan los expertos que sea el crecimiento tendencial en 2025? Apenas 1,9%.

Las estimaciones de la Comisión de la Productividad señalan que el crecimiento anual de la productividad en la década de los 90 fue de 2,3%, mientras que en la primera década del siglo 21 (excluyendo el sector minero) fue de 1,7%. ¿A cuánto alcanzó en el período 2000-2018? Apenas 0,6%.

La conclusión es insoslayable: Chile tiene un problema serio de crecimiento y productividad. Si queremos lograr mejores salarios, mayores niveles de bienestar y más recursos fiscales para redistribuir ingresos, debemos enfrentar urgentemente el desafío del crecimiento y de la productividad.

La productividad es la forma en que combinamos el capital y el trabajo para producir bienes y servicios. En una economía con muchas distorsiones, donde los recursos productivos no fluyen hacia las empresas más productivas o donde el talento no recibe oportunidades, la productividad es más baja y se crean menos empleos de calidad. Por eso, reducir distorsiones e ineficiencias en materia de asignación de recursos es clave.

Pero la productividad también depende de lo que producimos. Hay solo dos maneras de volverse más productivos. Hacer cada día mejor lo que ya hacemos, o aprender a hacer cosas nuevas. Los productores de kiwis del valle central eran y son muy eficientes, pero cuando empezaron a tocar techo se desplazaron a exportaciones nuevas como las guindas y los arándanos, donde se podía ganar mucho en productividad. Por eso las economías que crecen y se vuelven más productivas constantemente están innovando y diversificando su producción.

En materia de innovación, nuestro país está claramente rezagado. Un punto de comparación es Australia. En 1981, cuando ese país exhibía un PIB per cápita ligeramente superior al de Chile hoy, la inversión pública en I+D era de 0,7% del PIB y la inversión privada era de 0,2% del PIB. En 2006, 25 años después, la inversión del gobierno australiano en I+D era de 0,8% del PIB y la privada era de 1,2% del PIB. Es decir, un esfuerzo relativamente constante de I+D del sector público y reformas claves para la innovación le permitieron a Australia aumentar en un 1% del PIB la inversión que los privados realizan en I+D. Por contraste, nuestra inversión en I+D hoy es apenas 0,35% del PIB, mayoritariamente financiada por el sector público.

Los países que han dado saltos de productividad lo han hecho identificando y potenciando sectores exportadores de alta competitividad internacional. Nosotros ya tenemos sectores claves que pueden ser nuestra plataforma para la innovación: minería, alimentos, turismo y energías renovables no convencionales. En cada uno de ellos podemos aumentar la sofisticación productiva, transformándonos en líderes mundiales en estas áreas.

Ello implica apostar a ciertos sectores. Nuestra propuesta es que Corfo se concentre en dos objetivos: apoyar el emprendimiento innovador y responder a los desafíos tecnológicos de nuestros sectores estratégicos. Para potenciar el emprendimiento innovador, el Estado deberá aportar capital de riesgo en etapas tempranas de los emprendimientos innovadores. Un ejemplo de desafío tecnológico es transformar al hidrógeno verde en una verdadera oportunidad de crecimiento.

Para el desarrollo de las pymes es imperativo modernizar Sercotec y transformarlo en una institución al nivel de Corfo, que apoye el emprendimiento a través de la transferencia de tecnologías disponibles fuera de Chile y que pueden ser altamente productivas al interior del país. Esto debe complementarse con apoyo al acceso del crédito por parte de los emprendedores.

Nuestro país ha logrado atraer cuantiosa inversión extranjera. Es momento de orientarla hacia nuevas prioridades. Proponemos crear un programa destinado a atraer inversión extranjera que genere empleos en áreas nuevas. Para eso hay que abordar las brechas en materia de capacitación, capital humano especializado e infraestructura, que suelen impedir que se materialicen esas inversiones en el país.

Chile tiene profesionales de calidad que podrían exportar servicios. La revolución en curso del Zoom y del teletrabajo brinda una oportunidad nueva y prometedora de hacerlo. No hay razón alguna para que radiólogos chilenos no puedan evaluar radiografías generadas en cualquier país del mundo, o que arquitectas nacionales no puedan diseñar conjuntos habitacionales en China, o que ingenieros de Antofagasta o Concepción puedan diseñar puentes en África o el Medio Oriente. Estas actividades ya ocurren. Potenciarlas implica remover múltiples lomos de toro administrativos, regulatorios y burocráticos.

Todo lo anterior implica nuevos recursos púbicos y eficiencia en su utilización. Es decir, requiere una reforma tributaria y una modernización profunda de las agencias relevantes del sector público. Los jefes de servicios debiesen dejar de ser funcionarios de la exclusiva confianza del Presidente de la República. El desempeño de esos gerentes públicos del más alto nivel podrá ser evaluado por un consejo técnico interdisciplinario, con expertos globales, locales y representantes de la ciudadanía. La puerta de entrada a este servicio debiese ser un examen que todos los que aspiren a pertenecer a este equipo debiesen pasar. Sin excepciones.

En materia tributaria, nuestro país requiere fomentar la competitividad de sus empresas, recaudar más y darle progresividad al sistema tributario. Proponemos una reducción ene el impuesto a las empresas y la creación de un impuesto al dividendo. Todo reparto de utilidades debiese pagar este impuesto. Lo anterior permitiría aumentar el flujo de caja de las empresas y al mismo tiempo evitar la postergación (indefinida) en el pago de impuestos que se produce con el actual sistema. Proponemos establecer incentivos especiales, pero no ilimitados al ahorro, y estímulos especiales a aquellos retiros que sean destinados a la innovación.

Para que una estrategia de este tipo tenga éxito, Chile requiere estabilidad en las reglas básicas. Lo anterior implica que el imperio de la ley, el respeto a los contratos, la estabilidad macroeconómica (incluyendo la autonomía del Banco Central y la responsabilidad fiscal) siguen siendo esenciales. Lo es también seguir profundizando la apertura comercial para un país pequeño y abierto como el nuestro. Sin esos elementos básicos ninguna estrategia de crecimiento podrá tener éxito. Tenemos las condiciones para lograrlo. Y la difícil coyuntura que enfrentamos lo hace más necesario que nunca.

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