El verdadero Prosur y su imagen

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Mucho se ha polemizado en torno a la iniciativa de Prosur, su oportunidad, alcances en relación a nuestra política exterior tradicional, si reemplaza o no a otras instancias integradoras, si tiene una determinada orientación ideológica, y varias otras interrogantes que han creado un clima de oposición a este nuevo espacio de colaboración sudamericana. Con algo más de perspectiva y una vez establecido recientemente en la reunión de Santiago, se puede analizar con mayor objetividad, por sobre las diversas posiciones enunciadas, según la óptica utilizada, porque no es un proceso más entre los tantos que subsisten en nuestra Latinoamérica. Lo deseable, es comparar Prosur con los que ya existen, más desde el punto de vista del Derecho de la Integración regional y sus avances, que analizados según la orientación de política exterior de sus impulsores, pues ninguno ha dejado de reflejarla según el momento de la creación respectiva. Latinoamérica ha cambiado y los predominios son otros.

Todos ellos, desde sus orígenes hace ya decenios, han tenido por objeto diversos objetivos de la integración regional o subregional, dependiendo de lo que, en su momento, se creyó conveniente para procurar unir en un determinado proceso, los ideales de una libre circulación de bienes, servicios y factores productivos, que por largos años, habían sido protegidos individualmente, o intentado corregir por sustituciones de las importaciones, y otras medidas similares. Muchos sin los resultados esperados, y en franca contradicción, con el ejemplo Europeo que por esos años, se iniciaba, y que debía servirnos de inspiración.

Con distintas prioridades se sucedieron en el tiempo, la ALALC por la ALADI, que ha dado buena parte del fundamento jurídico a los procesos, en particular, por los Acuerdos de Alcance Parcial, en la primera de las etapas integradoras, como es la de los Acuerdos Preferenciales. El Pacto Andino, que se sustituyó por la Comunidad Andina de Naciones (CAN), buscando dar una cierta supranacionalidad a los demás procesos eminentemente Intergubernamentales. Luego apareció el MERCOSUR, que acordó pasar, de la creación de una Zona de Libre Comercio, a la segunda etapa integradora de Unión Aduanera, con miras a constituir la tercera etapa, la de un Mercado Común, con órganos dotados de poder decisorio e incorporación, mediante un sistema simultáneo, de las normas adoptadas por dichos órganos. Etapa alcanzada de manera imperfecta, pese a los muchos esfuerzos de hacerla una realidad, y que ha derivado hacia acuerdos más políticos que integradores propiamente económicos, como por ejemplo, la valiosa Cláusula Democrática. Vigente, aunque de escasa aplicación efectiva. En Centroamérica, se creó el Caricom, con similares propósitos e irregulares resultados.

Al constatarse que dichos procesos principales llegaban a un límite en sus logros, se intentó revitalizarlos, priorizándose crear nuevas organizaciones, más que profundizar las existentes y sortear los obstáculos que habían encontrado. De esta manera, proliferó una multiplicidad de proyectos integradores de todo tipo, como por ejemplo, el ALCA, con Norteamérica, prácticamente inefectivo; el ALBA, subregional y en contraposición al anterior; el SELA como Foro de consulta; la Alianza del Pacífico, con propósitos comerciales y no solamente regional; la Asociación de Estados del Caribe, junto a la Comunidad del Caribe, subregional y con fines comerciales; la CELAC, subregional con el Caribe y Latinoamérica, más reuniones con la Unión Europea, y vínculos con el Parlamento Latinoamericano; el Mercado Común Centroamericano y la Organización del Caribe Oriental, ambos subregionales; el ACTO o Tratado de Cooperación Amazónica; el Proyecto Mesoamérica; y el desprestigiado Unasur. Por citar los más conocidos.

Con esta gran cantidad de organizaciones, proyectos, organismos subregionales, y tratados específicos todavía en funcionamiento, es claro que los ambiciosos propósitos integradores Latinoamericanos y Caribeños, no han alcanzado todas sus expectativas, y en muchos casos, se han superpuesto unos a los otros, tanto en sus membrecías como en sus objetivos fundamentales, todavía pendientes o logrados de manera parcial. Un gran costo para sus miembros, burocracia que crece y se torna ineficiente, creando frustraciones. Prácticamente todos, aún teniendo como ejemplo la evolución de la Comunidad Económica Europea y su etapa de Unión Política, la más avanzada dentro de las integradoras, no han podido emularla ni menos alcanzar la debida coordinación y posibilidades de supranacionalidad efectiva de la UE. Lamentablemente la propia Unión, hoy sometida a fuertes desafíos internos, con el Brexit todavía sin resolver, y muchos países y ciudadanía desencantada con ella, ya ha dejado de ser un ideal a seguir. Más bien, se ha transformado en un ejemplo que debiera no ser buscado en aquellos aspectos no positivos, y que deben corregirse.

En este contexto aparece Prosur, intentando no repetir ineficiencias anteriores, o tratando de superar sesgos ideológicos determinados que, claramente, están en algunos procesos pasados, y que han condicionado muchos de sus logros. Esa ha sido la idea de la convocatoria inicial, así como buscar una nueva oportunidad para superar muchos niveles de ineficiencia y estancamiento, de casi todos los procesos existentes. Un nuevo impulso no burocrático, liviano, no ideologizado o al servicio de un único ideal político, y por sobre todo, mas eficiente y menos costoso. No son objetivos indeseables, y por el contrario, podrían transformarse en un nuevo impulso renovador.

Si tenemos a la vista la Declaración del 22 de marzo último, podemos extractar la voluntad de construir y consolidar un espacio regional de coordinación y cooperación, sin exclusiones; creado para que sus Ministros de Relaciones Exteriores profundicen el diálogo; implementado gradualmente, con reglas ágiles, programas concretos de integración; flexible y con prioridades en infraestructura, energía, salud, defensa, seguridad, crimen y desastres naturales; plena vigencia de la democracia, separación de poderes, plena protección de los derechos humanos, soberanía, integridad territorial y respeto del derecho internacional. Chile servirá de Presidencia Pro-témpore, hasta que dentro de un año, lo releve Paraguay.

Siete Presidentes Latinoamericanos, fueron sus fundadores, y tres altos representantes, sus  adherentes no oficiales, que podrían integrarse. No está mal para una región que desde hacía años no lograba una Cumbre integradora. Tampoco hay elementos negativos según lo acordado en la Declaración respectiva. Sin embargo, se han elevado críticas, aunque mucho más internamente en Chile que en los demás países que componen Prosur.

No ha logrado desvincularse su creación de la eliminación o inactividad progresiva de Unasur. Por lógica, quienes todavía lo apoyan, con toda su carga ideológica, no toleran Prosur, si bien uno no suplanta, ni ha sido creado, en vez del otro. El caso de Venezuela y su crisis generalizada, si bien formó parte de las conversaciones de quienes asistieron, no figura en su Declaración ni hay acuerdos al respecto. Aunque los partidarios del régimen venezolano de Maduro, son quienes mayoritariamente siguen sustentando Unasur. Tampoco son meras coincidencias, aunque se intentara separarlos.

Tal vez los términos reflejados en sus instrumentos originarios, que nos dan cuenta de una realidad objetiva, así cómo el desarrollo futuro de esta iniciativa, serán determinantes para poder distinguir entre la verdad de lo ocurrido y la imagen un tanto distorsionada, para algunos contrarios, que ha dejado la creación de Prosur.

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