Con qué aprendizajes me quedo del confinamiento




Esta semana entramos a una nueva etapa de transición del desconfinamiento, y así como se define esta palabra, nos encontramos en un lugar desconocido y de tránsito. Aquel tránsito implica “una acción y efecto de pasar de un modo de ser o estar a otro distinto”. Es en esta etapa de transición, tan única e irreal, que necesitamos detenernos a mirar con perspectiva qué han implicado estos meses. Porque así como nos tuvimos que adaptar a la vida en cuarentena, ahora necesitaremos adaptarnos al desconfinamiento.

No me cabe duda de que esta etapa de transición nos pondrá desafíos tan grandes o incluso tanto más grandes que cuando nos tuvimos que adaptar a estar en nuestra casa. Si bien existe una necesidad innata de volver a la vida que conocíamos, existe también una ambivalencia presente y un pequeño nudo en la garganta de pensar que volveremos a lo mismo que ya conocíamos. ¿Tendremos que volver a lo mismo o seremos capaces de escuchar ese nudo en el estómago y elegir una vida distinta a la que conocíamos?

Sin duda nuestra manera de estar con otro y vivir se verá impactada por lo que pasó, y es que realmente tengo la esperanza de que podamos cuestionarnos cómo queremos volver a esta nueva realidad. Así como el confinamiento trajo innumerables desafíos, también nos regalo nuevas oportunidades y, por sobretodo, mucho más tiempo.

Durante estos meses hemos logrado estar con nuestros seres queridos y por primera vez poner esos vínculos como prioridad. Y aunque fue forzado en un inicio, poco a poco se volvió más natural. E incluso cómodo. Nuestros hijos disfrutaron nuestra presencia y nosotros la de ellos. Aprendimos a conocerlos, aceptarlos, conversar y a pasar horas conectados entre nosotros. Al mismo tiempo nos empezamos a dar cuenta de que no necesitábamos estar 24/7 haciendo actividades familiares para mantenernos “entretenidos” o “felices”.

Poco a poco fuimos encontrando la manera de ser y hacer familia, respetando los espacios del otro, valorando los momentos de encuentro y conversando, algo que tengo mis dudas de cuánto estábamos realmente haciendo antes de esta pandemia. En este tiempo tuvimos la oportunidad de mostrarnos vulnerables frente a nuestros hijos para poder pedirles ayuda, así como ellos encontraron ese lugar de contención en nosotros. Quizás por primera vez estuvimos más disponibles que nunca como padres, logramos aceptar nuestras imperfecciones buscando lugares comunes y de unión para contenernos entre todos.

Y es que tuvimos el regalo del tiempo sin apuros. No he dejado de escuchar a mis pacientes adolescentes agradeciendo el tiempo en familia. Y aunque a veces pensamos que nuestros hijos nos ven lo suficiente o que estamos lo suficientemente presentes, sería bueno preguntarse si lo estamos realmente y cuánto tiempo real y sin distracciones les dedicamos. ¿Cuánto le dediqué en este tiempo de confinamiento? ¿Cómo quiero que eso cambie o sea en el futuro?

Soy una convencida de que perderíamos la oportunidad de cambio que trae cada crisis si no somos capaces de cuestionarnos, ya sea en nuestra cabeza o incluso abrirlas en una instancia familiar. ¿Qué es lo que menos quieren que cambie una vez que volvamos a la vida “normal”? ¿Qué rito, espacio, conversación, momento o rutina adoptamos como un regalo de esta cuarentena? ¿Estamos poniendo nuestra energía en lo realmente importante?

En esta pasada, yo me di cuenta de que el tiempo nunca es suficiente y que siempre puedo invertirlo más y mejor en mis vínculos para estar y hacer familia. Aprendí que podemos pedir ayuda y estar abiertos a recibirla. Aprendí que como familia somos equipo, y que como en todo equipo hay momentos altos y bajos, pero que estamos todos juntos remando este barco. Aprendí a crear momentos y tener conversaciones incómodas. Aprendí a pedir perdón y a dar infinitos abrazos. Logré valorar andar en “cámara lenta”, y desde ahí poder disfrutar un momento del sol de invierno, de una canción cantada a todo pulmón o de una conversa cotidiana. Antes “no tenía tiempo” y ahora me doy cuenta de que era yo la que estaba eligiendo no tenerlo. Hoy tengo la convicción que yo elijo dónde y cuánto tiempo quiero dedicarle a cada opción que se abre en la vida.

Necesitamos detenernos a mirar qué ganamos para poder conectarnos con aquello que queremos que siga siendo. Si queremos un cambio, tenemos que intencionarlo, y para que eso ocurra necesitamos tener claro el significado y valor que entregará ese cambio a nuestras vidas. Es desde ese significado y valor que encontraré la fuerza para trabajar y mantener ese ansiado cambio.

No dejemos que nos coma de nuevo en monstruo del consumismo, del exitismo, de la competencia, de la tecnología, de la vida rápida, de la vida sin pausa y sin reflexión. Elijamos cómo queremos salir, porque esta, más que una crisis sanitaria, ha sido una crisis humana que nos puso en el incierto de la vida y nos llevó al cuestionamiento profundo de hacia dónde, cuándo y cómo queremos seguir viviendo.

Como dijo Socrates: “El secreto del cambio es enfocar toda tu energía no en la lucha contra lo viejo, sino en la construcción de lo nuevo”. Desde ahora ¿qué queremos empezar a construir?

María José Lacámara (@joselacamarapsicologa) es psicóloga infanto juvenil, especialista en terapia breve y supervisora clínica.

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