Erradicando a la machista: Me gustan los piropos




Cuando el movimiento feminista puso sobre la mesa la discusión en torno el acoso callejero y especialmente los piropos, debo reconocer que mi primera reacción fue pensar que se trataba de una exageración. Me gusta que me digan piropos en la calle. Siempre he adorado a los maestros de la construcción con sus gracias y por tanto encontré una estupidez esta idea de que somos víctimas de todo. Además, creo que son gestos de galantería muy propios de nuestra cultura, e incluso una manera de legitimar nuestra belleza como mujeres. No había nada mejor para el ego que pasar por una calle y que un hombre me hiciera un comentario simpático respecto de mi belleza.

Sin embargo, hace poco, mi hija de 26 años, que es feminista, me contó que una de sus compañeras sufrió un agarrón por parte de un desconocido en la calle y eso dio pie para que habláramos respecto del acoso callejero y los piropos. Ella me explicó que es una forma de violencia contra las mujeres que está tan normalizada, que cuando alguien alza la voz expresando su rechazo, suele pasar que la tildan de exagerada. Que es justamente lo que yo estaba haciendo.

Pero me sugirió profundizar más en el tema. Porque efectivamente que alguien te diga algo lindo no podría definirse como un acto de violencia, el problema de los piropos se relaciona con el derecho que sienten los hombres de opinar del cuerpo de una mujer sin que ella se lo pida. Esto –me decía mi hija– es una manifestación de la cosificación a la que somos sujetas las mujeres, fomentando que se nos vea como objetos de placer del hombre, lo que perpetúa los roles de género poco equitativos y abre el camino a la violencia.

Y creo que tiene toda la razón. El piropo, a pesar de tener su lado divertido, nunca deja de ser acoso ni agresión para quien lo recibe. Primero, porque es un acto unilateral, ya que el hombre aborda a la mujer con comentarios sobre su aspecto físico o frases de índole sexual y muchas veces pasa que si las rechazamos nos arriesgamos a reacciones agresivas. Y claro, ahora que soy una mujer adulta me olvido un poco de esas experiencias, pero sí recuerdo cuando era niña o una lola, muchas veces me sentí incómoda con algo que me gritaron o con alguna mirada muy penetrante.

Todas las mujeres en algún momento de nuestra vida hemos recibido un piropo de alguien que no conocemos y eso demuestra que es algo que está demasiado naturalizado. Y se entiende que en la mayoría de las veces la aceptación que nosotras mismas tenemos a esos gestos se debe a la forma en que fuimos educadas, pues desde pequeñas nos enseñan o acostumbran a recibir comentarios acerca de nuestro cuerpo y nuestra belleza, la que pareciera que tiene que ser reconocida por los demás.

El problema es que se parte con un piropo, pero en la misma línea están los silbidos, los susurros, las llamadas insistentes, los toqueteos y manoseos y de ahí al abuso y la violación. No digo que todos los hombres lleguen a esto último, pero finalmente validar un piropo es aceptar una parte –quizás la menos violenta– de la misma dinámica que pone a la mujer en un lugar de subordinación y al hombre en una posición de poder y control.

Mi conclusión después de esa larga conversación con mi hija es que los piropos no son un halago. Menos si son en la calle o de un desconocido. Porque admito que me sigue gustando que mi marido de vez en cuando me piropee, pero esa es otra cosa. Cuando se hace en la calle, un espacio que desde la infancia se establece como un lugar peligroso para nosotras, de cierta manera se está vulnerando nuestro derecho a transitar libremente, con tranquilidad y seguridad. Basta con preguntar cuántas alguna vez cruzamos la calle para no pasar cerca de un grupo de hombres por miedo. La respuesta probablemente es que todas.

Estoy muy de acuerdo con muchas de las demandas que las chiquillas hoy exigen en las calles. Hay algunas que son evidentes y que las apoyo desde el comienzo, pero otras como éstas, me cuesta mñas verlas. Quizás de eso se trata el concepto de deconstrucción del que tanto hablan, y no es un trabajo fácil. Seguramente hay varias otras cosas en las que puedo estar equivocada, pero lo importante es que las estoy aprendiendo. Y respecto de los piropos, aprendí que aunque en otro momento histórico se lo pudo entender como algo positivo, en verdad es otra expresión más del acoso callejero.

María Isabel Castillo tiene 62 años y es dueña de casa.

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