La depresión postparto (y todo lo demás que no me contaron de la maternidad)




A mis 31 años sentí el llamado. Díganle reloj biológico, instinto, no sé, pero recuerdo perfectamente cuando supe que había llegado mi momento de ser madre. Estábamos de vacaciones con mi pareja, y fue ahí, en una de esas conversaciones, que le dije que no quería seguir tomando pastillas. Él me miró y me preguntó si yo sabía cuáles iban a ser las consecuencias. Asentí.

Dos meses después estaba embarazada. Recuerdo mi felicidad al ver el test positivo y el nerviosismo con el que esperé al futuro papá. Lloramos y nos abrazamos de felicidad. Nuestro hijo, ese con el que habíamos fantaseado, venía en camino.

A partir de ese momento comenzó una historia que no te cuentan: las distintas opiniones, los “consejos” que nadie pide y que, sin embargo, te dan, los mitos en torno a ese niño o niña que está por nacer. Durante los ocho meses que duró mi embarazo (mi hijo se adelantó casi uno) tuve que lidiar con comentarios respecto al aumento de peso, al aspecto de mi guatita, a lo que debía comer o no y escuchar debates tan inverosímiles como si debía mirar o no el eclipse porque mi hijo podía nacer "con manchas”.

Una vez nacido, los consejos no cesaron: que la lactancia no dolía si había un acople correcto, que tomara agua de matico para que me bajara la leche, que evitara los alimentos flatulentos, y un sinfín de sugerencias que no pedí. Comencé a sentir angustia y junto con ello, llegó el primer golpe: debía tomar Sulpilán.

El Sulpilán es un antidepresivo que tiene como efecto secundario el aumento de la producción de leche. Hay férreos opositores a su uso, empezando por la familia. ¿Cómo vas a tomar pastillas si estás dando pecho? Le vas a traspasar todo eso al niño. Pero eso era solo una cosa. Si mi mamá encontraba que mi hijo estaba muy desabrigado, mi suegra pensaba que hacía mucho calor para arroparlo tanto. Me abrumaba no poder complacer a todo el mundo, dejé de preocuparme de lo que a mí me pasaba, dejé de escuchar a mi instinto. Y en ese vaivén mental, comencé a enfermarme, porque el temor a equivocarme era cada vez más grande. Bajé de peso, se me empezó a caer el pelo y tuve dificultades para conciliar el sueño.

Recuerdo con mucha pena cómo miraba por la ventana, con mi bebé en los brazos, esperando ver aparecer el auto de mi pareja de regreso del trabajo o cómo sentía que el reloj avanzaba lento, sobre todo en las tardes. Cómo añoraba tener a mi madre al lado, a pesar de que me atosigaba con consejos.

La maternidad es muy solitaria. He leído en muchas partes que cada mujer tiene su tribu, pero entre el estallido social y la pandemia tuve que aprender a criar solamente con mi pareja.

A esas alturas la depresión postparto estaba diagnosticada. Y a todo lo que había vivido se sumaba la repentina muerte de mi adorada abuelita y la incertidumbre de tener que volver a trabajar ¿Qué era lo mejor para mi hijo, llevarlo a la sala cuna o dejar que alguien lo cuidara en casa? Claramente dejar mi trabajo no era una opción. Nuevamente comenzaron las opiniones que nadie pidió. El estrés fue tanto, que mi psiquiatra me recetó Sertralina y me dio licencia médica. Y ese fue otro drama.

Las mujeres somos muy castigadas en este país. Como si no bastara con trabajar más, ganar menos y pagar casi el doble que los hombres por concepto de salud y por estar en edad fértil, la Isapre comenzó a rechazar sistemáticamente mis licencias. ¿La razón? Para ellos no había antecedentes que justificaran el “descanso”, pese a que estaba en psicoterapia. Me enviaron a un peritaje, donde una profesional, en media hora, determinó que estaba apta para volver al trabajo. Es más, para ella mi presentación personal era impecable, pese a que acudí a la cita sin siquiera bañarme (no alcancé).

Lograr el pago de mis licencias fue otro caos, trámites de aquí para allá con mi hijo a cuestas. Pero ya era momento de volver a trabajar. Decidimos -pese a la férrea oposición de los abuelos- que la mejor opción era que nuestro hijo asistiera a una sala cuna cerca de nuestras oficinas. A sus ocho meses lo fuimos a dejar y por primera vez me separaba de mi guagua. Una angustia gigante recorrió mi cuerpo. Pero no duró mucho tiempo.

Tres semanas alcanzó a estar en el jardín hasta que se decretó la emergencia sanitaria por coronavirus. La sala cuna cerró y como no teníamos con quién dejarlo, me acogí al teletrabajo.

Con mi pareja, como muchas, ya llevamos seis meses bajo esa modalidad. Estar los tres en casa ha sido un tremendo desafío: compatibilizar el trabajo con sus reuniones interminables, las labores domésticas y la crianza ha sido demandante y ha requerido de nuestro mayor esfuerzo. El confinamiento nos ha alejado de nuestros seres queridos, pero nos ha fortalecido como familia. Y ver crecer a nuestro hijo, verlo aprender y convertirse en un niño alegre, inteligente y sano, ha sido lo mejor que nos ha dejado la pandemia.

¿Cuesta? Sí ¿Es cansador? También. La depresión sigue aquí, sigo añorando dormir una noche de corrido o viajar a ver a mis amigas. Sigo siendo cuestionada en cada decisión, comenzando por mi tratamiento farmacológico. Y es que aún nos falta mucho para tomar la salud mental como un tema serio.

Si algo he aprendido es que la maternidad no es como la muestran las famosas en Instagram o en las revistas (aunque quedan cada vez menos revistas). Nunca hice yoga, anduve en pijama todo el primer año de vida de mi hijo y ducharme temprano sigue siendo mi logro diario. Tu cuerpo no es el mismo, tu sueño no es el mismo. Ni siquiera tus deseos son los mismos.

Eres objeto constante de comparaciones y cuestionamientos. Pero tú no eres como la mamá de Juanito o de Rosita. A lo mejor optaste por la papilla en vez del método BLW o destetaste temprano y tu hijo toma leche de tarro. Quizás porteaste o le compraste un andador. Y está bien, nada de eso te hace una buena o mala madre. Sólo eres la madre que tu hijo necesita.

Porque ya no vives para ti, sino para ese ser por el que has postergado mucho, pero que a la vez te lo ha dado todo.

Catherine (32) es periodista y mamá primeriza.

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