Claire Underwood, amada villana mía




Desde su primera aparición en House of Cards, Claire Underwood se robó la película, o la serie, en este caso. Alta, delgada, con su corte pixie rubio y sus looks siempre perfectos, la mujer y brazo derecho del líder del congreso de Estados Unidos del thriller político norteamericano de Netflix que rompió los ratings luego de su estreno el 2013, capturó las miradas de las audiencias en todo el mundo. Personificada por Robin Wright, la esposa del corrupto político Francis J. Underwood, acaparaba mi atención en cada capítulo de House of Cards porque era una mezcla irresistible de elegancia, femineidad e inteligencia. Pero Claire era de esas mujeres que, al mismo tiempo, era capaz de ser sagaz e implacable sin caer en el exceso. Y siempre parecía tenerlo todo bajo control.

Mi fascinación con Claire Underwood fue tal que, durante unas vacaciones mientras visitaba a una amiga en Estados Unidos, planifiqué un viaje a Washington D.C. solamente para recorrer –y correr– pors las mismas calles por las que mi personaje trotaba en las mañanas o transitaba en su rutina como embajadora de Naciones Unidas, vice presidenta o el cargo que le tocase ocupar en esa temporada bajo el alero de Frank. Porque en un principio parecía ser que Claire era de esas mujeres que, al igual como ocurre muchas veces en la vida real, estaba destinada a vivir a la sombra de su marido y a someter sus deseos y su carrera a un segundo plano para darle prioridad a él. Pero como toda buena trama de ficción, Claire se guardaba varios ases bajo la manga.

Mis temporadas favoritas junto a los Underwood fueron las primeras, porque allí todavía se podía ver una mixtura de la mujer real y el personaje de la dama de hierro. En esos primeros capítulos mi personaje favorito todavía se dejaba llevar por su lado romántico y rebelde. Se rehusaba a someterse por completo a esa versión de ella misma racional y calculadora que la comprometía al proyecto político de Frank y la ataba su matrimonio.

Porque la relación entre Claire y Frank era una simbiosis casi perfecta, pero nunca amor. Y lo que yo quería para Claire era romance y un final feliz. Muchas veces me vi pegada a la pantalla cruzando los dedos esperando un giro en la trama que sabía que no llegaría: Claire huía con su amante artista o con el guardaespaldas o con el escritor, y se radicaba en una isla paradisiaca para vivir su romance lejos de Washington, de Frank Underwood y de la política. Pero esa no habría sido realmente Claire. Ella tenía ambiciones y el amor romántico no estaba dentro de su lista de prioridades. Claire tenía sed de poder y estaba dispuesta a conseguirlo a cualquier precio. Por eso, a pesar de que salté de alegría cuando tras un bullado escándalo Kevin Spacey fue sacado de la última temporada de la serie y Netflix anunció que la temporada final de House of Cards seria protagonizada por nadie más que Claire Hale, tras la trágica muerte de su marido en la ficción me desilusioné profundamente del final que recibió mi personaje.

Lejos de la gloria que deseaba para ella, le tocó, o le escribieron, un desenlace mucho menos sofisticado pero más ad hoc a sus propios actos. Y es que Claire no entendió nunca que perseguir un objetivo, cueste lo que cueste, puede terminar costándote todo. Fue así como terminó aislada, continuando con el legado criminal de su marido y sentada –como tanto había soñado– en la silla presidencial del despacho oval en la Casa Blanca, pero al mando de una presidencia que se hunde en picada.

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