Hablemos de amor: la amiga que sigo encontrando en mis sueños
Un sueño recurrente persigue a Ignacia: el reencuentro con quien fue su mejor amiga. Aunque han pasado años desde la última vez que se vieron, su recuerdo sigue intacto y la nostalgia por esa amistad permanece.
Se supone que cuando a una le termina su pololo de varios años debería soñar con él. Con eso que se dijo o no se dijo, con esos abrazos ausentes, con esos besos que no volverán y con las palabras que nunca volveremos a pronunciar. Pero yo sigo soñando con ella.
El sueño siempre empieza igual: Voy a un café del que no retengo ni el nombre ni la dirección. El cielo está rosado, como esos días en Santiago después de la lluvia. Quiero algo dulce. No sé quién me acompaña. Entonces aparece ella, con sus rulitos recogidos en la cola que siempre usaba para sujetarlos y la piel morena y brillante. Es quien atiende el local. Me ve y sonríe. Su sonrisa sigue siendo exactamente como la recuerdo: perfecta.
Es ella. Es mi mejor amiga del colegio.
La última vez que la vi fue en 2006. Es raro porque se ve más mujer, más madura, pero todavía alcanzo a ver a esa niña que conocí en una sala de clases con los zapatos llenos de aserrín. ¿Qué le digo? Me cuesta hablar, pero, como siempre, ella toma la palabra. Entonces me olvido del dulce, de quien estaba conmigo, y la sigo.
Ella me lleva, y en un dos por tres llego a pasillos conocidos: a nuestro colegio, el lugar que nos hizo ser amigas. Y como volando entre esas nubes rosadas, volvemos a nuestros lugares secretos: una esquina del escenario de la cancha, las filas del casino para esperar nuestro desayuno favorito (el cereal con leche); o detrás del árbol donde ella podía fumar libremente mientras yo me comía una sopaipilla con kétchup. Todos esos rincones donde solo ella y yo tenemos historias.
Me vuelvo a preguntar: ¿qué hace en mis sueños? ¿Dónde están los demás? Solo está ella. En el sueño la recuerdo: nunca tenía miedo. Y eso me lo enseñó, aunque fuera a punta de cortacartones y amenazas contra quienes intentaban molestarme. Yo, en cambio, era esa niña tímida y correcta, pero ella sacaba a la luz una parte de mí que todavía no sabía cómo mostrar.
Nos quedamos conversando durante horas. Intento encontrar rastros de la adolescente que fue: algún parche de una banda en la mochila, las uñas pintadas de negro —o alguna blanca, cubierta con corrector—, quizás incluso ese humor tan ácido que siempre fue tan suyo. Pero es extraño: es ella y no lo es. Y yo tampoco soy yo; me veo más niña. Entonces vuelve a tomarme la mano, me clava las uñas sin querer y caminamos juntas. No sé hacia dónde me lleva, pero la sigo, como siempre. Así era nuestra amistad. La habría seguido incluso con los ojos vendados.
Pienso en todos esos años perdidos. Quiero abrazarla, pero termino abrumándola con preguntas. Miro el cielo, miro el colegio y entonces sé que voy a despertar.
Y vuelvo a ser yo, en este cuerpo, en esta vida. La busco por internet y no la encuentro, porque solo me sabía dos de sus nombres. ¿Cómo era posible? Si era mi mejor amiga. Me angustio y vuelvo a buscar las imágenes de ese colegio, pero ya no es ese lugar que recuerdo. Pienso que quiero conversar con ella, que tengo roto el corazón, que quiero que me haga reír para pasar las penas, como lo hacíamos cuando los niños se reían de nosotras. Pienso en Karina, mi mejor amiga del colegio.
En internet no encuentro nada, pero en el viejo baúl de mi pieza de adolescente todavía están las cartas que nos escribíamos para nuestros cumpleaños o para fechas importantes: cierres de semestre, vacaciones de verano e invierno. Las leo e incluso las huelo. La escritura es chistosa, muy “pokemona” y en ocasiones medias “emos”, con muchas mayúsculas y algunas “z” en vez de eses.
Pienso en esas sonrisas y en esas miradas tan cómplices de la infancia. Las cartas dejan entrever algo: cada año escribía como si no estuviera segura de volver a verla. Era una intuición, una de esas certezas que llegan sin explicación. Quizás ella no sepa quién fui yo o quizás me olvidó como lo haría cualquier niña o niño. Capaz que no guardó nuestras cartas; probablemente se les perdieron. No me importa, yo al menos tengo algo de ella.
Y así, cuando despierto de ese sueño repetitivo, me quedo inmóvil y pienso mucho en esa época. Los choques siempre despiertan.
Supongo que, así como ella me rescataba de los tediosos recreos, de los niños que se burlaban de nosotras y hasta de los profesores de matemáticas, de alguna forma sigue haciéndolo. Solo que ahora el lugar al que vuelve a buscarme no es el patio del colegio, sino mis sueños.
Lo último
Lo más leído
1.
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes, por los 3 primeros meses SUSCRÍBETE