Nuestras lectoras preguntan: Mi hijo se junta con mucha gente y me da miedo que me contagie coronavirus

La maternidad, al ser un mundo desconocido para quienes se enfrentan a ella por primera vez, viene llena de preguntas e incertidumbres. En Paula queremos acompañarte en este proceso muchas veces complejo, buscando las respuestas a tus inquietudes.




LA PREGUNTA

Un compañero de trabajo está muy grave hospitalizado por Covid. Él estaba trabajando desde la casa y salía muy poco para cuidarse, porque tiene varios factores de riesgo, sin embargo, su hijo de 19 años empezó a salir y juntarse con amigos hace un tiempo, así que creen que fue así como se contagió. Y no es el único caso que conozco. Lo hemos comentado en almuerzos con mi familia, porque tengo dos hijos de 20 y 22 años que viven conmigo y que también comenzaron a salir. No los juzgo, porque sé que ha sido un año difícil para todos, pero vivo con miedo pensando en que puedan traer el virus a la casa y con mi marido ya tenemos nuestros años y algunas enfermedades. Me gustaría recibir algún consejo sobre cómo abordar el tema con ellos para que se cuiden y nos cuiden a nosotros.

Graciela Pérez, 68 años.

LA RESPUESTA

Después de casi ocho meses de medidas más estrictas, en algunas ciudades del país y en Santiago, específicamente, comienzan a disminuir las restricciones. Todos hemos bajado un poco la guardia y es posible ver plazas y espacios públicos con más gente. Pero a pesar del avance del plan de desconfinamiento, las autoridades siguen siendo enfáticas en que debemos seguir cuidándonos y tener en cuenta que el virus aun está presente. Y justamente este es el argumento que debemos transmitirle a nuestros familiares y en este caso a los jóvenes y adolescentes. “Es normal que a esa edad las chicas y chicos se quieran divertir, especialmente después de un año tan intenso como éste. Y aunque es entendible que imágenes que circulan en redes sociales de jóvenes ‘carreteando’ provoquen rechazo, preocupación y miedo, no creo que lo correcto sea apuntarlos con el dedo. Primero, porque todas y todos de alguna manera hemos soltado un poco el elástico, esto no es exclusivo de la juventud, pero también porque está comprobado científicamente que el cerebro de los adolescentes no está aún lo suficientemente maduro como para dimensionar riesgos, como lo hacemos los adultos”, explica la psicóloga infanto juvenil, Isidora Miranda.

Dice también que la rebeldía a esa edad es tan normal como lo son las pataletas en las niñas y niños de dos a cuatro años. “No por nada se dice que la adolescencia es una de las etapas de crianza más complejas. En ese sentido las madres y padres tienen un reto difícil en este periodo en que las señales son ambiguas: por un lado recibimos mensajes de una vida más “normal”, se abren centros comerciales y las plazas otra vez comienzan a estar llenas los fines de semana, pero por otro lado las cifras de contagios se mantienen”, agrega. Y aunque esto último considera que el riesgo sigue presente, no todos lo percibimos de la misma manera. “Los adolescentes no son personas maduras todavía. Su cerebro, y específicamente la parte de la corteza prefrontal, no está completamente desarrollada y recién a los 20 o 25 años las personas somos capaces de tener autocontrol, regular la impulsividad y tomar decisiones más maduras”, explica Miranda.

Además, en la etapa de la adolescencia y hasta iniciada la juventud las personas nos caracterizamos por querer transgredir las normas y comenzamos a ser más autónomas. En ese sentido un castigo no es lo que funciona de mejor manera. “En todas las edades la conversación con argumentos es la mejor forma de comunicarse con las hijas e hijos porque cuando abrimos el espacio para argumentar, les entregamos la señal de que su opinión nos importa y que el objetivo es llegar a acuerdos”, dice Isidora. Y añade que otro punto importante es el modelamiento. “El ejemplo es parte fundamental en la crianza desde edades tempranas. Es complejo que las madres y padres esperen que sus hijas e hijos respeten las normas si ni ellos mismos lo hacen. Porque a veces se ve como una situación riesgosa una junta de jóvenes que bailan, por ejemplo, pero si pensamos en el almuerzo familiar del domingo, que es algo que varios adultos ya comenzaron a hacer, ambas son situaciones que podrían representar un riesgo y los jóvenes pueden entenderlo así”.

Lo mismo ocurre con el uso de mascarilla y el lavado de manos. “Si queremos generar consciencia en nuestras hijas e hijos debemos también nosotros como madres y padres ser consecuentes. Hablar constantemente de los riesgos, pero no con la idea de prohibirles que de a poco retomen algunas de sus actividades, sino que reforzando la convicción de que somos una familia, vivimos bajo el mismo techo y es responsabilidad de todos cuidarnos”, aclara la experta, quien cuenta que le ha tocado ver en consulta a padres que reclaman porque sus hijas o hijos no siguen las pautas de cuidado, pero no usan mascarilla o alegan, delante de ellos, porque las medidas del gobierno son malas.

Tener un discurso coherente es clave, así como lo es no intentar obligar, pero sí concienciar. “Hay que entender que las y los jóvenes, además de su rebeldía natural, se caracterizan por la falta de conciencia de riesgo. “El famoso ‘a mí no me va a pasar’. Por eso lo mejor es abrir espacios de conversación, ojalá diariamente, en los que se hable del tema y en ellos no solo mencionar los riesgos, sino que también las posibilidades. Así, si deciden verse con amigos, que lo hagan pero en espacios abiertos, con grupos reducidos, ojalá manteniendo la distancia y usando mascarilla. Y por último, hablar sobre la experiencia de otros, como en la pregunta inicial, porque a ese joven efectivamente no le pasó nada, pero contagió a su padre y ese peso emocional es muy fuerte. Y estoy segura de que ningún joven o adolescente lo querría llevar”, concluye la experta.

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