Parir días después de la muerte de mi padre




“Tenía 20 años, era mi primer embarazo, esos días a veces se ven borrosos. A mis papás les había costado aceptar mi relación, pues antes de terminar cuarto medio me embaracé del que aún es mi esposo, nos casamos al comenzar el siguiente año.

En medio de todos esos cambios, a mi papá lo despidieron de su trabajo como camionero ya que por un accidente estaba perdiendo la vista. Habíamos vuelto a hablar después del matrimonio por el civil y podía visitarlos, pero sola. Le costaba preguntarme por la bebé que estaba en mi vientre, pero aún así lo hacía.

Él estaba con un resfrío que no pasaba, no tenía energía y varios síntomas muy raros; no quería ir a ver un médico, nunca lo hacía. Mi mamá lo convenció de ir justo un día antes de mi baby shower, faltaba un mes y algo para mi parto.

Lo hospitalizaron inmediatamente. Ese día fue muy raro, acompañé a mis papás para cuidar a mi hermano pequeño que solo tenía dos años y medio. Mientras caminábamos alrededor del hospital, mi mamá hablaba de lo que había que comprar para el ingreso, pero estoy segura que ninguno de los tres estaba allí realmente.

Al otro día tenía que armar una fiesta, venían mis amigas y familiares (la mayoría de mi esposo), pero creo que estaba en modo automático, ese día a mi papá lo vería la oncóloga del hospital. Mi mamá llegó al baby shower con cara extraña, estuvo dos minutos y se fue a una pieza, la seguí, nos miramos y me dijo: es cáncer. Lloramos a ratos ese día, el departamento estaba lleno de gente, salíamos, actuábamos, volvíamos a la pieza a llorar y así estuvimos hasta que acabó.

Ese mes fue sin duda el más largo de mi vida. Las primeras semanas cuidé a mi hermano pequeño mientras mi mamá visitaba a mi papá. Yo no podía subir porque cuando ingresó tenía las defensas tan bajas que se infectó con una bacteria intrahospitalaria.

Mi embarazo pasó a segundo plano, solo quería que él estuviera bien, que hablaran con mi esposo y que todo estuviera bien.

Mi papá podía ser muy serio y estricto aveces, creo que eso era en parte por su difícil infancia, pero la mayor parte del tiempo era muy dulce, era quien me acercó a la música y a Dios, siempre cantábamos y podía pasar horas observándolo trabajar en su taller, siempre creí que teníamos una relación especial.

Las cosas se complicaron, lo trasladaron de hospital, su cuerpo estaba muy débil para la quimioterapia. Esos días acompañé mucho a mi mamá, hasta que de a poco tuve que dejar de hacerlo pues comencé con las primeras contracciones.

La última semana fue muy triste, él estaba confundido la mayor parte del tiempo, los medicamentos eran muy fuertes. El último día que lo vi era el día del papá, pero no le dijimos nada para no ponerlo triste. Ese día estuvo un rato lúcido y tuvimos una conversación sincera, me dijo que hace rato me había perdonado y que me amaba mucho, todo estaba bien entre los dos, pero sentía que me moría con él al verlo tan mal. Solo besaba sus manos y mientras dormía lloraba.

Al otro día era el cumpleaños de mi esposo, aproveché de ir con mi suegra a comprar las cosas para la once ya que ese día lo trasladaban de sala. Esa noche se sintió extraña, recuerdo que me dormí llorando, orando, pidiendo a Dios que lo sanara. Pero al despertar recibí el llamado que nadie quiere recibir, mi papá había muerto en ese rato en que oraba por él.

Se me cayó el mundo esa mañana, estaba con contracciones pero aún así viajamos al velorio. Solo quería ver a mis hermanos y a mi mamá. Había activado mi modo automático, me movía pero escuchaba a la gente a lo lejos como en las películas.

Al siguiente día nos alistamos para el funeral y comenzaron más fuertes las contracciones, tuve que irme al hospital y perderme ese momento. Ya estaba en trabajo de parto, pero aún faltaba. Me tuve que quedar en Santiago para cuando se hicieran más fuertes las contracciones y eso sucedió al siguiente día.

Me quedé sola en preparto y era la primera vez desde que todo pasó y esa soledad se hizo sentir. Recuerdo estar en la camilla con la mirada fija, salían lágrimas cada vez que pestañaba. No sentía mi cuerpo, todo dolía por el parto, pero al mismo tiempo no sentía nada. Jamás había tenido tal sensación. Pasé la noche repasando todo ese mes en mi cabeza, pensando en qué pude haber hecho para evitar todo lo que pasó. En que mi hija no conocería a su abuelo y en qué iba a ser de nuestra vida sin él.

Fue difícil estar conectada con mi cuerpo mientras paría, estaba triste y solo deseaba que fuera un sueño.

Esa noche recibí retos por no seguir las instrucciones y por vomitar, al final lo que debía ser la mejor experiencia de mi vida estaba llena de tristeza, preguntas y culpa por pasar el último tiempo solo llorando.

Aún así, al salir mi hija, la pusieron en mi pecho y sentí algo similar a cuando uno está triste en medio de la lluvia, con los zapatos empapados y de pronto se abre el cielo, la lluvia para por un momento y sale un hermoso arcoíris”.

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