Perdidos en Tokio, los espacios desalmados y la vida seriada

El momento en que vivimos nos remece y nos obliga a reflexionar sobre cómo habitamos nuestro tiempo y espacio y cómo nos observanos a nosotros mismos en ese habitar. ¿Qué tan cómodos nos sentimos? ¿Es posible movilizar esos cambios que necesitamos? ¿Podemos salirnos de los patrones? Perdidos en Tokio (2003) nos invita a pensar estas preguntas.




Hace poco Netflix subió a su plataforma la película Lost in translation (Perdidos en Tokio) de la directora Sofia Coppola, protagonizada por Bill Murray y Scarlett Johansson. Este clásico del cine narra el encuentro en Tokio de dos personajes cuyas vidas están marcadas por la soledad y la falta de sueños. Bob, es una estrella de cine con más de cinco décadas encima que viaja a esta ciudad para filmar un anuncio de whisky. Charlotte, una veinteañera que acompaña a su esposo, un reconocido fotógrafo.

El hotel en donde se hospedan, dentro de lo maravilloso que es viajar a una ciudad como Tokio, parece ser un lugar estándar, globalizado, sin esencia propia, que podría estar en cualquier otra metrópolis del mundo. Como diría el antropólogo Marc Augé es un no lugar: un lugar de tránsito, un espacio despojado de identidad y de historia como los aeropuertos, las autopistas, los metros, los malls. Los no lugares resuelven las necesidades de una modernidad marcada por el tránsito acelerado, la falta de tiempo, la circulación de bienes y personas, en donde hay poco tiempo para el encuentro y el disfrute. Las relaciones humanas se homogenizan bajo el código de usuarios y todo transcurre en silencio, sin interacción y de forma repetitiva: lo que importa es su usabilidad, el servicio que presta y nosotros, sus usuarios, devenimos en su uso. Nos convertimos en pasajeros del metro, en consumidores del mall, en huéspedes de un hotel. De alguna forma dejamos de habitarnos a nosotros, escondemos la soledad bajo la alfombra y nos sumergimos a la experiencia de transitar el no lugar, ese espacio útil y confortable.

Los protagonistas de Lost in Translation habitan este no lugar, en piezas estandarizadas y sin alma. Pero al encontrarse, conectar entre ellos y dejar de responder a lo que deberían ser y hacer, algo cambia: el no lugar se llena de recuerdos, de afectos, de sensibilidades particulares. Entonces recordarán ese cuarto en el que se desvelaron durante una semana entera, buscando el calor y la comodidad, como el rincón en donde juntos lograron abrirse y compartir sus sentimientos. Recordarán ese ascensor saturado de usuarios estandarizados la primera vez que cruzaron miradas. Y esa barra de bar la vez en que fueron cómplices de algún pensamiento. Los protagonistas, en su encuentro fortuito sin representaciones y alejado de cualquier cliché, comienzan a convertir esos espacios aburridos en lugares.

La modernidad occidental, en su intento por optimizar tiempo y dinero y ser más eficiente, empuja a la producción en serie y masiva: construcción de condominios, ghettos verticales sin identidad, la ropa de moda, el retail, las transnacionales, las cadenas de servicios. La repetición se nos ha insertado en nuestras cabezas como un chip y reproducimos en nuestras vidas cotidianas las mismas formas de producción industriales: dejamos de mirar las particularidades de las personas, comenzamos a seriar nuestros vínculos, nos importa más encajar en la masa que ser auténticos, nos sumamos a las modas e incluso intentamos estandarizar nuestras relaciones amorosas, bajo concepciones del amor romántico y el cómo debería ser.

Pero eso, a algunas personas nos aburre y nos seca lentamente el alma. Perdemos la capacidad de sorprendernos y de estimularnos con cosas nuevas. Nos convertimos en Bob y Charlotte: con dinero, con oportunidades, pero aburridos y agotados de no poder sentir, de no poder conectar, de tener que encajar, de tener que seriarse y perderse junto a otros en no lugares. ¿Dónde encontramos los lugares? ¿Podemos salirnos del pensamiento serial y de los patrones? ¿Cómo conectarnos con nosotros mismos y con los demás de manera auténtica? ¿Es posible pensar menos en la eficiencia, en lo óptimo y abandonarnos a la experiencia de perdernos en el tiempo y el espacio sin un fin útil?

Tal vez depende de nosotros comenzar a habitar distinto: llenar de afectos esos espacios que creíamos dormidos y aburridos, dejar de ser usuarios y ser más humanos cívicos, darle memoria y recuerdos a los rincones por los que transitamos, dejar de entender a los otros como simples pasajeros y conectar con miradas, con gestos, con complicidad, con confianza. Utilizar el motor de nuestras piernas, caminar más y medir las distancias en tiempo real; permitirnos no ser tan eficientes y abandonarnos en la experiencia simple de habitar un momento; intentar que cada trabajo, plato de comida, obra o texto que hagamos sea auténtico y no parte de una serie interminable; tratar de no encajar todo dentro de ordenadas rutinas.

El momento en que vivimos nos remece y nos obliga a reflexionar sobre cómo habitamos nuestro tiempo-espacio y observarnos a nosotros mismos en ese habitar. ¿Qué tan cómodos nos sentimos? ¿Es posible movilizar esos cambios que necesitamos?

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