Una once heredada

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Sobre vivir a diario y sin excusas una tradición que le inculcó su abuela, y compartirla con su nueva familia habla la dentista Francisca Donoso.




"Vengo de una familia pequeña, tengo un hermano más chico que vive en el sur y unos papás que están separados, pero gracias a la llegada de Bosco, mi hijo y su único nieto, se han unido mucho más y el contacto entre nosotros ha aumentado. Cuando era chica me acuerdo que, todos los domingos, íbamos juntos a la casa de la mamá de mi mamá. Allá almorzábamos y nos quedábamos en una sobremesa eterna que se convertía en once. Casi siempre había café helado, pero no con sabor a vainilla, a ella le gustaba el helado de chocolate. Pero eso duró hasta hace algunos años, porque mi abueli Silvia se enfermó y el año pasado falleció de cáncer. Hoy pienso en ella porque durante su vida me inculcó todo lo que sé sobre la once. No perdonaba su taza de té, era parte de su cultura y por lo mismo, también es parte de la mía.

Cuando empecé a vivir sola, siempre me las arreglé para estar cerca de su casa. Vivía en la esquina de mi departamento y como yo salía todos los días a pasear a mi perro Rayo, nos esperaba a tomar once con un café o un té caliente y unas galletitas para él y para mí. Casi siempre tenía Criollitas en un galletero metálico y cuando se murió yo lo pedí como herencia. Es lo una de las pocas con las que me quedé.

Esa visita era la base de nuestra rutina diaria de acompañarnos, de compartir y mirar en silencio la teleserie "El secreto de Puente Viejo". Es que hablábamos un montón por teléfono, sobre todo desde que se enfermó, entonces cuando yo llegaba no teníamos mucho más que decir. Al final la once se transformó en una excusa para juntarse y compartir, aunque estuviéramos las dos calladas.

De eso ya pasó un año. Ahora, cuando ya son las 5:00 de la tarde, tomo once en mi casa y si la vida no me dejó mucho tiempo libre, empiezo a las 8:00 de la noche. Generalmente es con una leche o un té acompañado de un pan con mantequilla, quesillo y mermelada de mora o algo así, y siempre uso el plato de once que me regaló Clara, mi pareja que es española. Me encanta porque tiene un perro que se parece a Rayo. Ella se ríe cuando me escucha hablar de todo lo que me gusta esta costumbre, pero es algo tan fuerte en mí que goza contando que el primer gesto del chileno para dar la bienvenida a su vida más íntima no es con una cerveza, sino que es con la frase "te invito a tomar once". Con mi familia fue así, la presenté con un tecito y ella se sintió muy acogida.

Es divertido ver cómo mi entorno se ha ido adaptando a mi amor por esta comida. Ahora estoy acostumbrando a Bosco a que tome once, así que trato de darle papa o una compota a media tarde. Y cuando vamos a España, en la casa de mi suegra no hay cosas de once, hay jamón serrano y cosas saladas para la merienda, pero como saben que me gusta, me tienen algunas cositas más dulces. Igual a veces cuando estoy allá salgo a dar una vuelta y busco algún local para comer pan con mermelada y tomar un café con leche. Eso me da mucha paz".

Francisca Donoso (38) trabaja en el Hospital San Juan de Dios y en la Universidad de Chile, y vive en un departamento de Providencia con su pareja Clara, su hijo Bosco y su perro Rayo.

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