Cómo preguntarle a tu hijo por su día en el colegio sin obtener monosílabos de respuesta

NINO-CULTO

Seguro has probado diversas alternativas y variaciones, pero el resultado no cambia: siempre es "bien". ¿Cuántos misterios, maldades y bondades, se esconden detrás de ese "bien" desabrido? ¿Será que nuestras aburridas interrogaciones cohiben sus tímidos deseos de expresarse, y que en vez de abrir estoy clausurando la entrada a su intimidad?




Todos los días es igual. No importa con cuánto énfasis, cariño o entusiasmo formule la pregunta, la respuesta siempre es la misma cuando le pregunto a mi hijo de once años cómo le fue en el colegio: bien.

He probado diversas alternativas y variaciones —cómo estuvo el día, qué onda las clases, cómo lo pasaste hoy, qué tal el cole, tío (intentando el español insular que se le ha pegado de youtube)— pero el resultado no cambia. Bien. Y ni siquiera es un “bien” que posea alguna convicción, al menos un misterio, un bien que por último suene a mal, que dé una mínima posibilidad de interpretarlo. No: es neutro como Suiza, amarillo como la DC, ni fú ni fá. El cierre de una puerta tiene más profundidad que su lacónico bien.

¿Qué secretos se guardan después de un día de colegio? ¿Cuántos misterios, maldades y bondades, se esconden detrás de ese “bien” desabrido? ¿Será que mis aburridas interrogaciones cohiben sus tímidos deseos de expresarse, que en vez de abrir estoy clausurando la entrada a su intimidad?

De todas formas, tampoco lo puedo culpar demasiado. A su edad, siendo el segundo de cuatro hermanos, yo solía responder con menos energía que esa cuando me hacían la fatídica pregunta. A veces ni siquiera respondía, porque muchas veces ni siquiera me preguntaban. Además, tampoco es que hubiera mucho que contar: matemáticas, fome como siempre; la profe de historia, pinochetista como siempre; el recreo, demasiado corto, como siempre.

Aunque es posible, por otro lado, que si me hubiesen preguntado más seguido, habría tenido la confianza para contarles de esos meses en que me hacían bullying a la salida del colegio, en cuarto básico, cuando día tras día me escondían la pelota hasta las lágrimas. O de los incómodos besos en la mejilla que repartía el profesor de biología.

La pregunta, por lo tanto, es: ¿cómo hago esa pregunta?

"Los niños son hábiles para detectar las intenciones de los padres", dice Valeska Woldarsky, psicóloga infantil del centro médico Cetep. "Y entienden que la pregunta de cómo les fue en el colegio trae casi siempre implícitas las ganas de saber si hubo algo negativo en el día: una mala nota, una pelea, una anotación". O sea, que ellos ahí nos ven como sabuesos, ansiosos perros del SAG tratando de oler y rastrear problemas. "Entonces los niños suelen pensar: si les digo lo que pasó, me reta, así que mejor que se los cuente la profe".

Para evitar esta situación de sospecha mutua, me explica Valeska, debe haber una disposición del padre o la madre a una conversación genuina, más allá de un fisgoneo en busca de conflictos. "Tienes que estar atento a cuando los hijos están dispuestos a contar algo, a abrirse sobre sus experiencias, y no sólo conversar cuando tú tienes el tiempo y las ganas", dice.

¿Cómo saberlo? La mayoría de las veces, cuando quiere hablar algo, es de la última actualización de Fortnite y no de lo bien que lo pasó en el recreo ni de sus problemas con el compañero que se sienta detrás de él. Y en las pocas ocasiones en que sí pasa, siempre elige los momentos momentos menos oportunos para uno: cuando estoy cocinando o respondiendo un correo fuera de horario o eligiendo el filtro preciso para una historia de Instagram. “No necesariamente hay que abandonar todo lo que uno esté haciendo para escuchar al niño”, apunta la psicóloga infantil, “pero sí prestarle atención y decirle que apenas termine la tarea”, —escoger el filtro apropiado no es tarea fácil, muchacho—, “escucharlo y darle la respuesta o el espacio que merece”.

Además, ella recomienda indagar en sus sensaciones a partir de las señales que muestran: si está risueño, preguntarle por lo mejor del día; si es está cansado, quizá no es el mejor momento para decirle nada; y si se ve cabizbajo, consultarle por lo que hace siempre: si sigue jugando a la pelota, yendo a la biblioteca o intercambiando cartas. "No se trata de transformar las tardes en un interrogatorio, sino al contrario: de ampliar la conversación", me cuenta Valeska.

Googleo: preguntas + niño + colegio + monosílabos. Hago clic en un sitio para padres ineptos, cuyo logo es un fácil puzzle de cuatro piezas, que muestra un listado interminable de opciones para saber cómo le fue a tu hijo en la escuela. La 12 llama mi atención: "Si apareciera una nave espacial en tu sala para llevarse a alguien, ¿a quién querrías que se llevara?". Una elegante manera de saber si tu niño es un secuestrador en potencia.

Valeska prefiere darme otros tip: ocupar experiencias propias para empatizar e iniciar una conversación. Por ejemplo: "cuando yo iba al colegio también me costaba la biología". O, en mi caso, y al igual que mi rechoncho preadolescente, que yo también sacaba los peores tiempos en el test de Cooper.

Ayer, eso sí, probé preguntándole la pregunta de otra forma. “¿Con quién te gusta más jugar Fortnite?”, le dije. Sus ojos abandonaron el pan con queso que lo tenía hipnotizado, se abrieron y me miraron. No sólo supe quiénes son sus mejores y peores amigos: también me enteré de que pasado mañana tiene prueba de historia, que en los recreos se aburre un poco y cuál es la niña que le gusta.

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