No sé si todos conozcan la fábula de la cigarra y la hormiga, de Jean de La Fontaine: una cigarra cantaba alegremente durante el verano, sin más afán que disfrutar del presente y sin pensar en lo que vendría. Mientras, una hormiga iba desde el campo hasta su hormiguero cargando granos, hojas y provisiones sin cesar. La cigarra le decía constantemente: “¿Por qué trabajas tanto? Ven y aprovecha este hermoso día conmigo”. Pero la hormiga respondía sin detenerse: “Estoy almacenando comida para el invierno. Te aconsejo que hagas lo mismo”. La cigarra, despreocupada, siguió cantando todo el verano, y luego el otoño, hasta que un día el viento se volvió frío y la tierra se cubrió de escarcha. Ya no había qué comer, ni razón para cantar. Desesperada, la cigarra fue al hormiguero a pedir alimento y refugio. La hormiga la miró con sorpresa y le preguntó: “¿Qué hiciste durante el verano?” —“Cantaba”, respondió la cigarra con tristeza. La hormiga entonces replicó: “¿Cantabas? Pues ahora baila”. Y cerró la puerta.
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