Columna de Tomás Casanegra: Ley de gravedad, restablecida

"En un mundo sin sentido económico estábamos: gobiernos y bancos centrales dispuestos a regalar los veranos de su población sin compensarla por aquello, es más, haciéndola pagar por aquello (inflación mayor que tasas nominales es el mecanismo). Esa situación absurda creó todo tipo de comportamientos absurdos."


Las leyes financieras no son como las leyes físicas que se aplican siempre y en todo lugar de manera instantánea, bastando que fallen una sola vez para que dejen de ser leyes. Las financieras son caprichosas, y por lo mismo menos útiles para predecir el futuro, especialmente cuando alguien le quiere poner fecha. Mientras los físicos pueden lanzar naves espaciales no tripuladas a un satélite a cientos de miles de kilómetros de distancia, a lo más “errando” el momento de llegada por fracción de segundo, los economistas solo pueden decir generalidades y asignar probabilidades “de guata” respecto a la inflación o recesión que se avecina. Pero no es culpa de los economistas, es culpa de su ciencia, hay que decir. Richard Feynman, uno de los más importantes físicos del siglo XX, reconocía lo difícil que sería su actividad si los electrones tuvieran sentimientos.

Los sentimientos hacen que las leyes financieras se suspendan o incluso se contradigan, pero eso no quita que tarde o temprano, al igual que un péndulo que es empujado en una dirección, el efecto no se revierta. Bajo las leyes financieras somos dibujos animados que pueden seguir corriendo por el aire sin sustento hasta que miran hacia abajo y toman conciencia que deben caer como plomo. Mientras eso no ocurra tendremos especialistas proclives a explicar una “nueva normal” en que la ley de gravedad ya no aplica.

Lo que vivimos hasta el año pasado en los mercados financieros fue eso, la suspensión de la ley física que separa el presente del futuro usando una artimaña financiera. El reloj que mide el tiempo económico, la tasa de interés, había dejado de marcar. Los traumas y sufrimientos de la crisis subprime primero, y el Covid después, habían llevado a los bancos centrales a usar la ilusión de tasas en cero para borrar el amargo presente trayendo de manera inmediata un futuro económico ya libre de esos males. Ni la Teoría de Relatividad ni la Física Cuántica habían logrado acabar con la “flecha del tiempo” (entropía), pero los banqueros centrales parecía que sí.

Una tasa libre de riesgo marcando más que cero no es más que el reconocimiento de la realidad: somos seres temporalmente finitos, no vampiros que pueden vivir eternamente. Por lo tanto, el tiempo vale. Si decido postergar una gratificación personal como comprarme una lancha de pesca para que usted, no pudiendo hacerlo hoy, tenga la suya, le solicitaré que me compense por el verano de pesca que me perdí, y usted pagará por el que ganó. La tasa libre de riesgo debiera ser mi piso para aquella compensación, piso que no puede ser cero ni mucho menos negativo (además de perder el verano, con lo recibido después no puedo comprar la misma lancha). Obviamente, el precio de ese sacrificio mío, beneficio suyo, se va a incrementar si además prestarle dinero a usted me causa cierta ansiedad. Usted sabe, pasan cosas y no me paga. Premio por riesgo se le llama a esto último que se suma a lo anterior.

En un mundo sin sentido económico estábamos: gobiernos y bancos centrales dispuestos a regalar los veranos de su población sin compensarla por aquello, es más, haciéndola pagar por aquello (inflación mayor que tasas nominales es el mecanismo). Esa situación absurda creó todo tipo de comportamientos absurdos. Dinero infinito (lo que equivale a tasas en cero) convierte en un sinsentido cualquier valorización, y el proceso de asignación de recursos reales, materiales y humanos, va indiscriminadamente a lugares que no generan un real beneficio. Algo inútil como un Exchange de criptomonedas llamado FTX, por ejemplo, que hizo desaparecer en 24 horas todo lo que se invierte en Chile en un año.

Lo único que sabemos de las leyes financieras es que cuando las cosas se llevan de manera extrema en una dirección, de la misma manera regresan. Aterrizaje forzoso vamos a tener.

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