La vida en la remota e inhóspita cordillera norpatagónica

El libro “Habitar: diversidad biocultural en la cordillera norpatagónica”, del arquitecto y especialista en conservación Tomás Gárate, revela detalles sobre la identidad y la forma de vida de las familias de arrieros y campesinos que habitan en los valles cordilleranos en el norte de la Patagonia chilena.




Hace 200 años, cuando Chile apenas iniciaba su vida independiente, los valles que atraviesan Los Andes patagónicos aún eran habitados por comunidades indígenas mapuches, tehuelches, picunches y huilliches, quienes impulsaban un fuerte intercambio comercial y ganadero entre ambos lados de la cordillera. Sin embargo, este desconocido y aislado territorio sufriría grandes transformaciones económicas, políticas y sociales en los siglos venideros.

Cómo se produjo ese proceso y qué hace a los actuales habitantes de la cordillera norpatagónica una cultura tan particular, es lo que aborda el libro “Habitar”, del arquitecto especializado en conservación y cofundador de Fundación Legado Chile, Tomás Gárate.

“Las personas que viven en estas apartadas zonas subsisten en base a una dependencia directa con el entorno que ha sido modelada desde hace miles de años, donde el rigor de los bosques y las montañas han jugado un rol predominante. Esto, sumado a un extremo aislamiento geográfico, configuró una manera colectiva de habitar este mundo cordillerano y fronterizo, el cual hemos ignorado por décadas”, explica el investigador.

Patagonia de Chile.

Los orígenes

El libro da una mirada a las investigaciones antropológicas existentes sobre el poblamiento de dicha zona previo a la época de la conquista. “Existen rutas entre Chile y Argentina que tienen por lo menos 1.300 años de antigüedad, en el Holoceno Tardío, y que, gracias al efecto de la deglaciación que fragmentó la cordillera, habrían servido como corredores humanos para el intercambio cultural y mercantil entre comunidades indígenas de las pampas orientales de Argentina y la depresión intermedia de Chile”, sostiene Gárate.

Además, hace un repaso por las distintas expediciones religiosas y científicas que intentaron adentrarse en el territorio desde el siglo XVII, y hasta la desaparición de los pueblos indígenas precordilleranos producto de la ocupación militar argentina en tierras patagónicas.

Posteriormente, señala la investigación, tras la consolidación de los Estados Nacionales de Chile y Argentina, las rutas transcordilleranas se reactivaron para comunicar las nuevas colonias que se asentaban en Puerto Montt, el lago Llanquihue y Bariloche, facilitando el traslado de ganado ovino y bovino. Así, entre una creciente incertidumbre política sobre los límites fronterizos, comenzaba a emerger un inédito circuito productivo binacional, que, mediante una compleja red de caminos ganaderos y rutas lacustres, conectaba la producción agropecuaria entre ambos países.

La vida en la montaña

“Habitar” ofrece una detallada investigación de carácter etnográfico acerca de la vida en las montañas. A través de la experiencia del autor, conviviendo con una familia que habita en la ribera del lago Vidal Gormaz, el libro se adentra en el tipo de alimentación, las técnicas de construcción, el lenguaje, las actividades de subsistencia y las dinámicas de los ecosistemas forestales, todos elementos que constituyen una diversidad cultural y natural única.

Una identidad que ha sobrevivido a pretensiones de conquista, peregrinaciones religiosas, proyectos nacionales de colonización, campañas militares, conflictos fronterizos e imperios ganaderos binacionales. “Todas estas transformaciones sociales, políticas y económicas confluyeron en un territorio que, pese a los esfuerzos por convertirlo en un mero límite fronterizo, nunca dejó de tener una centralidad propia”, plantea el texto.

Y agrega que “este es el origen del habitar rural de montaña, el cual es sostenido en la actualidad por familias de colonos, campesinos y arrieros que fueron empujados hace ya más de cien años a los confines de lo desconocido en búsqueda de tierras donde prosperar”.

El futuro

El trabajo también reflexiona sobre los cambios que se han producido en las últimas décadas, en el contexto de una globalización que tiende a homogeneizar las formas de vida incluso en el plano rural.

“Es necesario reconocer y valorar estas formas alternativas de vida, por sus cualidades específicas y su riqueza biocultural. Estamos hablando de una identidad que trasciende a los límites de un país y que tiene un fuerte vínculo con su entorno natural, es decir, con los ecosistemas forestales cordilleranos”, plantea Tomás Gárate.

Además, releva la importancia de conservar de manera sostenible este territorio ante procesos emergentes. “Estos territorios están expuestos a nuevos fenómenos, como la conectividad, la crisis climática, la actividad turística desregulada, que lleva miles de visitantes cada año, y la demanda de terrenos para condominios y parcelaciones de agrado”, explica el autor.

Y a ello agrega la migración de las nuevas generaciones desde la cordillera hacia las ciudades. “Las condiciones de subsistencia extrema en invierno, el aislamiento y la falta de oportunidades laborales hace que muchos jóvenes migren hacia los centros poblados más cercanos tanto en Chile como Argentina”, dice Gárate.

“Es triste pensarlo, pero si estas tendencias demográficas y territoriales continúan, el habitar rural de montaña está condenado a desaparecer”, finaliza.

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