Mis padres se separaron en pandemia… ¿qué hago con mi papá?

Todo pasa. Nadie tiene algo para siempre. Así es como tenemos que vivir (Haruki Murakami).




A las 12:00 llegó Benjamín a la terraza de un café acordado, y nada más verlo, confirmé que era el hijo de Samuel, sujeto al que anteriormente había atendido por su separación en medio de la pandemia. Si bien Samuel me anunció que iba a hablar con su Benjamín para que viniera a verme, nunca imaginé que esto se iba a concretar tan pronto.

Torpemente me levanté de la mesa para saludar a este hombre de al menos ciento noventa centímetros de altura. Mi primer reflejo fue estirar la mano para estrechársela; inmediatamente me arrepentí, retiré la mano y ahí vi como Benjamín, al igual que Samuel, apoyaba su mano derecha sobre su pectoral izquierdo y se inclinaba en una breve reverencia. Atiné a sonreír de vuelta y me senté.

La mascarilla de Benjamín, chillonamente amarilla, mostraba a un Rafael Nadal -pintado en negro- dando uno de sus clásicos golpes. Frente a él, al igual que con su papá, me sentí diminuto. Ya no por sus canas, su elegancia o experiencia, sino por su figura atlética, el tamaño de sus manos y el de su reloj. Eran gigantes.

Y así, sin sacarse la mascarilla, empezó a hablar este hombre que, calculaba yo, oscilaba entre los treinta y los treinta y cinco años.

Hola Sebastián. Gracias por aceptar mi invitación. Te confieso que mi padre me había hablado de ti meses atrás y me dijo que viniera a verte. Por supuesto no le hice caso, sobretodo después de las últimas experiencias que pasé con sus recomendaciones. Ya te contaré de ellas. Si te llamé fue porque de verdad no sé qué hacer con mi papá y hablando con Mariano, uno de los abogados que trabajan en el estudio de mi viejo, volvió a salir tu nombre. Él me habló maravillas de ti, me dijo que lo ayudaste a adaptarse a Chile y a nosotros. Me cae bien Mariano, me parece que es el único sujeto sensato de la oficina, así que te escribí nada más terminar de hablar con él. ¿Te incomoda que te hable de mi viejo?

No… para nada… simplemente me intriga saber para dónde vas…

Mira, la última vez que mi viejo me recomendó un psiquiatra, terminé conversando con un señor medio chiflado sobre Goethe. De hecho, me regaló una biografía psicológica y sesión a sesión me hacía controles de lectura. Todo era muy bizarro. Hablaba de cosas muy elevadas e interesantes, pero al final me aburrí de escucharlo. Y creo que eso mismo me pasa con mi papá.

¿Qué te aburría?

Que hablan de ellos todo el rato. De ellos y su trabajo… que vendría a ser prácticamente lo mismo. 24x7. Agotador. Ahora, independiente de lo tedioso y caro, ir al psiquiatra me dio muchas luces sobre mi papá y sobre mí.

¿Cómo cuáles?

Me llamó la atención que Goethe fuera un ser apasionado. Un hombre lleno de proyectos y ambiciones en todos los planos. No pudo ser solo poeta. Fue abogado, se codeó con la realeza alemana, conoció a Napoleón, dirigió ministerios y varias cosas más. Entre medio tuvo mujeres, amantes reales y ficticias. Tuvo hijos, la mayoría murió. Vivió a altas y a bajas intensidades y todas estas descripciones me hacían pensar en mi papá. Algo me imagino que lo conociste, pero yo nunca le había visto la faceta más artística. En fin… es un ser inquieto, trabajólico, adicto al deporte, a las mujeres, a los negocios y a los desafíos y supongo que tenemos más cosas en común de las que me gustaría reconocer. Sin embargo, hasta ahora, nunca había visto los bajones de mi viejo. Tal vez siempre los tuvo, pero ahora que está solo, son evidentes.

¿Qué se ha hecho evidente?

Mira, mi viejo todo este año se ha metido en grandes negocios y eso lo ha mantenido arriba, pero a diferencia de otros años, no ha podido pegarse sus viajes… sus clásicas escapadas… pero supongo que sin mi vieja en casa ya no tiene sentido esconderse fuera…

No entiendo…

Mi viejo después de prolongados esfuerzos o de grandes negocios, siempre se inventaba un viaje y desaparecía por varios días, hasta semanas. De esas escapadas volvía renovado, con nuevos bríos y arrancaba con entusiasmo. Ufff… tal vez demasiado pronto comprendí todo.

¿Qué quieres decir?

Es difícil hablar de mi viejo. Es una mezcla admiración, rechazo, agradecimiento y rabia. Piensa que a los 13 años, contra la voluntad de mi madre, apoyó mi decisión de convertirme en tenista. Odiaba el colegio, odiaba estar en la casa. Esa fue mi infancia y de repente encontré el ticket de salida pegándole duro a la pelota. Piensa que prácticamente nací con una raqueta bajo el brazo y que acompañé a mi viejo toda mi infancia al club. Ya a los cinco años era bueno para el tenis y mi viejo se lucía conmigo y pronto aparecieron los interesados, las ofertas y a los 13 me fui a vivir a Estados Unidos. Si lees la biografía de Agassi, ahí está todo. La mayoría fuimos como él. Chicos medio perdidos, desordenados, solitarios, salvados por un único talento. Yo sentía que no tenía más o mejores opciones en mi vida y mi viejo se lo tomó como su desafío personal. Me quería llevar a la cumbre y no escatimó en nada. Al principio, lejos de casa y del colegio, todo parecía perfecto. Y como tengo nacionalidad y familia americana, las cosas se dieron muy fácil y pude competir en muchos torneos locales como un gringo más. Mi viejo viajaba constantemente a verme, pero mi vieja no, pues no estaba de acuerdo con mi decisión. Y después de pasar meses solo, llegaba… estaba días con él y de repente desaparecía y reaparecía en la mitad de un partido importante con una mujer…

Silencio

Yo era un niño, pero comprendí rápido, sin hablar una palabra con mi viejo ni con nadie. Entendí sus viajes, sus desapariciones, sus rabias antes de partir, su felicidad al volver, su entusiasmo porque uno de sus hijos hiciera una carrera deportiva fuera. A mis 13 años, aunque ahora suene exagerado, sentí que mi mundo se venía abajo. Una parte mía murió ahí y nunca dije nada. Simplemente seguí jugando, medio muerto, sin norte, pero igual ganando.

En este punto Benjamín se saca la mascarilla para tomar su coca cola light y en un par de segundos solo quedan unos hielos y la rodaja de limón.

Nunca pensé que veinte años después de eso mis papás se iban a divorciar. ¡Se debieron separar a mis 13 años y no esperar tanto! Yo juraba que iba vivir con esto toda mi vida. Jugué tenis quebrado. A los 17 años deseché el profesionalismo y entré a la universidad en Estados Unidos gracias al tenis. Entré destruido, pero seguí jugando, ganando y aprobando ramos. Finalmente… con mucho esfuerzo y ayuda logré sacar la carrera de Administración y ya de vuelta en Chile me puse a trabajar con mi viejo. Y lo hice quebrado por dentro. Y así me casé y me separé a los dos años. Y supuse que era cosa de seguir no más, pero esta navidad y este año nuevo, al ver a mi viejo tan frágil, tan solo, me fui a la mierda. Me tuve que hacer el fuerte con él. Acompañarlo a pasar la navidad donde su hermano menor… mi tío… celebrar con sus sobrinos… mis primos… personas que apenas conocemos y tuve que invitarlo a pasar el año nuevo con un par de amigos. Por fuera el hombre es una fiesta, pero se apagan las luces, se cae el telón y parece un muerto viviente. Y ya no hay viajes ni mujeres que lo salven y en esta soledad se tiene que tragar la noticia de que mi vieja lo dejó finalmente por un pendejo con el que vive en Estados Unidos. Sé que tal vez se lo merece. Siempre se la cagó. Pero verlo así… no sé Sebastián… no puedo ayudarlo, apenas me la puedo conmigo. Mi papá está viejo, mi vieja y mis hermanas viven en Estados Unidos y mi hermano Samuel lo único que va a lograr es que le dé un infarto. Pelean todo el día en la oficina. Y cuando no, pelean por zoom o por teléfono. Es de locos y ya no engaño a nadie. Al menos no pude engañar a mi ex mujer. No soy feliz y no quiero terminar como mi viejo.

¿Y qué te gustaría que pasara?

Siempre quise que mis viejos se separaran y rehicieran su vida, pero ahora que eso está pasando, entiendo mejor porqué tantas parejas nunca se divorcian. Considera que te estoy contando la mitad de la historia, la de mi viejo, pues la de mi vieja da para otra sesión. Hoy, como soy el único de la familia que lo apoya, no me queda otra que sostenerlo, pero cuando el imbécil de Samuel y las ingenuas de mis hermanas tengan la película completa, se van a morir y yo en algún punto necesito descansar. No descanso desde los 13 años y ya estoy pronto a cumplir 35. No quiero más.

Tras pagar su coca cola y mi café, Benjamín se puso de pie y nuevamente volví a sentirme diminuto. Nos despedimos con una venia y ágilmente mi cliente desapareció tras doblar en una esquina y yo, nada más llegar a mi casa, busqué La pasión: el camino de Goethe hacia la creatividad, la psico-biografía que me comentó Benjamín. La abrí y me detuve, quebrado por dentro, en el credo poético de Wolfgang, según Rainer M. Holm-Hadulla:

“La soledad, la tristeza y la renuncia son necesarias para desarrollar posibilidades personales y artísticas y agotar los poderes celestiales de la creatividad. Ahí la persona no sigue siendo un niño inocente, sino que es arrojado hacia la vida y se lo hace ser culpable. Tiene que superar con la acción las tensiones de la vida con todas sus alegrías y dolores y al final saldar la cuenta por sus actos con la muerte: pues toda la culpa se paga aquí en la tierra”.

Continuará…

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.