San José de la Mariquina y la desconocida historia del primer spa de Chile

Santa Elisa 1

Fundado el 8 de marzo de 1932 bajo el nombre de Sanatorio de Santa Elisa, comenzó su funcionamiento bajo la administración de la casa a la Congregación de las Hermanas de la Santa Cruz.




Uno de los tantos vestigios que dan cuenta de la grandeza del imperio romano son sus construcciones, y dentro de ellas, las termas o baños romanos, que siguen cautivando la atención de los miles de turistas que acuden a verlas y admirarlas.

Los romanos desarrollaron estos grandes centros de baños públicos y privados en varios lugares, los que tenían la finalidad de ser un espacio de ocio y placer, pero también reconocían en el agua un poder medicinal y relajante que los llevó a buscar y desarrollar estos grandes baños en sitios cercanos a manantiales de aguas termales.

Las termas romanas tuvieron un gran desarrollo desde del siglo I a.C, a partir de un sistema de calefacción inventado por el ingeniero romano Cayo Sergio Orata, lo que generó la construcción de estas en todo el territorio imperial y al que fueron agregando más espacios destinados al cuidado del cuerpo.

Varios siglos después, este espacio de relajación y salud lo llamamos spa, quizá por la frase latina, "Salus per Aquam", salud a través del agua en castellano; o tal vez -y es lo más aceptado- por la célebre ciudad belga Spa, contemporáneamente conocida por albergar una de las plazas del Campeonato Mundial de Fórmula 1 e históricamente visitada, desde tiempos romanos, por las propiedades curativas de sus aguas termales.

Agua, naturaleza y espiritualidad

Una dieta variada con frutas, verduras y cereales; reducir el consumo de alcohol, el tabaco y el azúcar; regular el ritmo de la vida diaria, economizar energía e insertarla creativamente en un trabajo al aire libre, esparcimiento y meditación; aprovechar las propiedades curativas de las plantas en infusiones, jugos y extractos; menos vida sedentaria y más deporte.

Todo lo anterior no es una lista de un programa de salud estatal o una receta de vida saludable recientemente redactada para ser publicada en centros educativos y difundirla por algún medio de comunicación. No. Es, ni más ni menos, que una breve pincelada de lo que, ya a mediados del siglo XIX, proponía Sebastián Kneipp, "el médico del agua".

Sebastián Kneipp fue un sacerdote católico alemán nacido en 1821 en Baviera. A sus 24 años un cuadro de tuberculosis lo puso al borde de la muerte, situación que lo llevó a buscar curas alternativas a las que le daban los médicos. Así llegó a un libro del doctor Siegmud Hahn que trataba sobre los beneficios del agua fresca.

Motivado por la lectura y no contento con los resultados de las medicinas, decide caminar varias veces por semana hasta el Danubio y darse breves baños en sus aguas para luego emprender su camino de regreso. Al poco tiempo su constancia surgió efecto y recuperó totalmente su salud.

Durante el tiempo de su enfermedad descubre los beneficios del agua, tal cual lo leyó en el libro del doctor Siegmud, como también los bienes que asocia a un tipo de vida que adoptó, de constante actividad física y contacto con la naturaleza.

Kneipp, ya ordenado sacerdote se muda a la Wörishofen como párroco. Es en esa ciudad donde realiza innumerables tratamientos de salud alternativos con agua para combatir enfermedades respiratorias, de insomnio, de estados de ánimo y malestares espirituales. Su fama no tardó en expandirse por la región de Baviera y el resto de Alemania, convirtiendo a la pequeña Wörishofen en un referente de medicina natural y pensamiento ecologista hasta nuestros días.

Los franciscanos de Baviera

El 1 de noviembre de 1895 partían desde Altoetting, un pequeño pueblo de Baviera, hacia Chile, Anselmo, Félix, Sérvulo y Tadeo. Ellos conformaron el primer grupo de misioneros franciscanos capuchinos bávaros que llegaron a nuestro país, precisamente a la Araucanía.

Uno de los misioneros, Tadeo de Wiesent siendo ya franciscano, enferma gravemente de tisis y reumatismo, situación que lo lleva al sacerdote Sebastián Kneipp en Wörishofen, después de ser desahuciado por sus médicos. Tadeo no sólo recuperó su salud, sino que decidió aprender todo lo posible del padre Kneipp y la hidroterapia, convirtiéndose en uno de sus discípulos en ese sentido.

Para inicios del siglo XX y radicado en Chile, el padre Tadeo ya gozaba de una fama por los buenos resultados de sus tratamientos con agua y la inclusión de plantas típicas del sur de Chile en sus terapias. Su constante contacto con las comunidades mapuches lo hizo heredero de buena parte del conocimiento ancestral sobre las propiedades medicinales de plantas propias de la zona. Esta fama lo llevó inclusive a ser contactado por el presidente Pedro Montt y diversas familias santiaguinas.

El conocimiento que el misionero capuchino recibió del mismo Sebastián Kneipp, lo fue heredando a los otros religiosos de su congregación, ante la alta demanda de personas que acudían a recibir una hidroterapia según el método Kneipp. Así nace la idea de generar un lugar donde poder brindar este método de medicina alternativa, primero de forma exclusiva para clérigos y después para estar al servicio de quién lo solicitara.

El primer spa de Chile, un viaje en el tiempo

No fue Tadeo de Wiesent, sino un discípulo suyo, Guido Beck de Ramberga quien propuso crear una casa en el pequeño pueblo de San José de la Mariquina para ofrecer el método en todas sus dimensiones: alimentación, hidroterapia, actividad física, meditación, contacto con la naturaleza, entre las varias otras más; teniendo como objetivo la sanación integral de los pacientes.

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El sanatorio de San José de la Mariquina, considerado el primer spa del país.[/caption]

En ese momento, allá por los años 30 y sin querer, el padre Beck estaba creando y fundando el primer spa de Chile, un concepto que demoraría unas tres décadas más en instalarse en Santiago; y que tenía detrás la noción que, siglos atrás, los romanos desarrollaron en Spa, Bélgica.

Este centro de "salus per aquam" se inauguró el 8 de marzo de 1932 bajo el nombre de Sanatorio de Santa Elisa, en honor a la Sra. Elisa Mendoza de Exss, donante de los terrenos. Se entregó la administración de la casa a la Congregación de las Hermanas de la Santa Cruz, de origen suizo, aunque con varias integrantes alemanas que hoy son particularmente recordadas en la zona por sus labores en el sanatorio.

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Interior del sanatorio.[/caption]

Entrar hoy al Sanatorio Santa Elisa es toda una experiencia. Es ingresar a un espacio que, aunque ha ido adoptando los beneficios que da la tecnología, aún mantiene ese encanto de quienes disfrutan de la historia y el patrimonio que guardan sus muros de madera.

La historia se percibe tanto en la arquitectura, la decoración, como también en los oficios e historias humanas. Hoy el sanatorio ya no está a cargo de las monjitas alemanas, como las recuerdan los habitantes de San José de la Mariquina, pero entre los pasillos y las conversaciones con antiguos trabajadores es posible descubrir detalles de su presencia, como una antigua grabadora comprada  en la desaparecida RDA que hoy adorna una de las salas de espera, o la historia de Lucila Rodríguez, quien se mudó de su natal Valdivia a San José después de un viaje en 1973, en la que inicialmente sólo tenía como objetivo acompañar a una amiga suya que pretendía trabajar en Santa Elisa.

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Aún es posible visibilizar equipos tecnológicos antiguos en el recinto, como esta radio alemana.[/caption]

Una de esas monjitas alemanas se le acercó y la convenció para trabajar. Lucila aceptó y con el paso de los años repitió, sin saberlo, la historia de los sacerdotes Kneipp, de Wiesent y Beck de Ramberga; es decir, hacerse heredera de este reconocido método alemán, pero enriquecido con el legado propio de sabiduría de nuestros pueblos originarios.

Si de los franciscanos capuchinos bávaros se trata, nos comentan que es común encontrar en el comedor, los jardines o la capilla a don Sixto Parzinger Foidl, capuchino y obispo emérito de Villarrica, quien, de cierto modo, es una biblioteca viviente de la muy perceptible herencia capuchina bávara en el sur de nuestro país.

Ya no es posible observar a las monjitas alemanas sacando agua del pozo del jardín trasero, pero la alta e imponente copa de agua cumple esa función desde que dejaron de hacerlo.

Hoy las dos calderas que suplieron a la antigua, quizá dejada como testimonio del paso del tiempo en el jardín trasero, se mantienen encendidas 20 horas al día gracias a la labor de un paciente oficio que en San José de la Mariquina se resiste a desaparecer.

Hoy antiguas botellas de agua son purificadas y dejadas en tradicionales mesas de estilo alemán moderno que se encuentran a cada ciertos metros entre los pasillos del hospedaje, para que quien quiera tomar una refrescante infusión de hierbas medicinales, lo pueda hacer mientras observa las pacíficas aguas del Río Cruces, pariente lejano del Danubio, que vio llegar a unos barbudos jóvenes alemanes de capucha para usar sus aguas y sanar dolencias.

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