Un alargador de 3 km, un escenario en San Carlos de Apoquindo y una roca dinamitada: las desconocidas historias de Piedra Roja, a 50 años del “Woodstock chileno”

El mítico festival, desarrollado en octubre de 1970, congregó a más de 5.000 personas durante cuatro días justo donde hoy se emplaza el estadio de la U. Católica. Medio siglo después, organizadores, protagonistas e historiadores desempolvan el legado de uno de los eventos culturales más simbólicos del país.




La mitología asegura que fue un error ortográfico. El festival fue mal llamado Piedra Roja, y debió ser Piedra Rajada, debido a una gigantesca piedra que había en el sector. La roca fue dinamitada en 2008, para construir casas, pero la explosión no logró borrar el más memorables de los conciertos realizados en Chile, que este 9 de octubre cumple 50 años.

Fue la versión criolla de Woodstock, que entre el viernes 15 de agosto y el lunes 18 de agosto de 1969 y que logró congregar 500.000 personas en una granja de 240 hectáreas en Bethel, condado de Sullivan, estado de Nueva York.

Fue el simbólico epílogo del movimiento hippie que nació en la década de los 60 en Estados Unidos.

El Festival de Piedra Roja en Los Dominicos, realizado el 9, 10, 11 y 12 de octubre de 1970, fue organizado, fiel al espíritu de la época, con muchas precariedades y dificultades, por un puñado de estudiantes y de manera bien arcaica. En el momento, no resultó del todo bien, pero con el correr de los años, ha ido creciendo la leyenda en torno al evento.

Se estima que unas 5.000 personas llegaron al evento durante ese fin de semana en octubre de 1970. Crédito: Paul Lowry

Todo comenzó a gestarse en la cabeza de un joven de 19 años, llamado Jorge Gómez, alumno del liceo 11 de Las Condes (hoy colegio Rafael Sotomayor). Con un grupo de amigos tenían ganas de hacer un festival imitando lo ocurrido el año anterior en Woodstock, para reunir fondos para un viaje estudiantil.

Gary Fritz, uno de los organizadores del evento, relata a Qué Pasa, desde Illinois, Estados Unidos, donde hoy vive, cómo se articuló el mítico encuentro. “Yo tenía 17 años, estaba en el colegio Nido de Águilas. Ese año llegó a Chile la película Woodstock, y la fui a ver al cine como todos los demás. En ese tiempo, aún no conocía a Jorge Gómez. Él también fue al cine a ver la película, y la vio como 12 veces según me contó”.

"La junta de estudiantes del curso de Jorge, pensando en la recolección de fondos para el viaje de estudios, tenía la idea de hacer rifas u otras cosas, y a Jorge, como había visto la película, se le ocurrió hacer un festival gratis tipo Woodstock. Él tenía el mismo idealismo contracultural de esos tiempos”, añade Fritz, responsable del documental Piedra Roja, estrenado en 2011, en la octava edición del Festival de Cine y Documental Musical IN-EDIT Nescafé.

Gómez, que había estudiado un tiempo en Inglaterra, empezó a gestionar el desarrollo del festival. En ese entonces, pololeaba con una sobrina de Jorge Rosselot, dueño de la Hacienda Apoquindo. Hace 50 años, la hacienda comenzaba en la iglesia Los Dominicos (San Vicente de Ferrer), y se perdía en los cerros hasta llegar a la cordillera. Lo que hoy está completamente urbanizado, solo era campo, con litres y espinos.

Tuvo que dejar un cheque en blanco de su madre y conseguir un permiso de la Municipalidad de Las Condes para organizar el recital, recuerda Fritz. El festival de Piedra Roja ya era un hecho.

Fritz llegó a Chile en enero de 1970, y un par de meses después conoció a Jorge Gómez, “fue por medio de amigos en común, yo pasaba mucho tiempo en la zona de Providencia, cerca del Santiago College, donde vivía, porque mi papá era el director del colegio", explica.

En la imagen se puede apreciar el Observatorio astronómico de la Universidad de Chile en el Cerro Calán (izquierda). Crédito: Paul Lowry

“Jorge buscaba ayuda en varios temas, con la radio, con distribuir panfletos, y ahí nos juntamos un grupo e hicimos propuestas de lo que cada uno podía hacer para ayudar. Entonces, por medio de mi hermano, que estaba de visita en Chile, hicimos la propuesta de hacer afiches, con las máquinas del Santiago College. El afiche original lo dibujó mi hermano (imagen anterior), lo hicimos con una máquina primitiva antigua, un mimeógrafo. Sacamos los afiches y los distribuimos por las calles", recuerda Fritz.

"Además, fuimos con Jorge a la Coca Cola para pedir ayuda con el escenario y casetas con bebidas, fue de ese modo que se iban a generar fondos para el curso de Jorge, porque la entrada era gratuita. Quizás eramos 15 o 20 organizando el festival, no lo tengo claro″.

Sin Whatsapp, ni Facebook o Twitter, la promoción del festival fue de boca en boca y a través de los mencionados flyers. Si bien el evento estaba programado para el domingo 11, las personas comenzaron a llegar al sector el viernes anterior, 9 de octubre.

Finalmente comenzaba el Festival de Piedra Roja

El evento basó sus fuerzas en el entusiasmo, ganas, paz y amor, más que en una organización pulcra y detallada. Gómez había conseguido la extensión de un cable eléctrico, pensando en montar un escenario y disponer de corriente para que los músicos puedan conectar sus equipos. Este cable medía 3.400 metros de largo.

Los asistentes llegaban en micro a Los Dominicos, y luego tenían que caminar cerro arriba para llegar al lugar. Un poco más arriba estaba la entrada de la hacienda. Según relatan asistentes al festival, el cable servía como guía para llegar al recital, ya que no habían indicaciones, ni mucho menos un camino establecido.

El evento ocurrió donde hoy se emplaza el estadio de Universidad Católica en San Carlos de Apoquindo. En la actual cancha estaba ubicada la gente, mientras que en el estacionamiento del sector de marquesina, se encontraba el escenario. En total, la ruta alcanzaba 4,5 kms entre la iglesia y el lugar del recital, unos 50 minutos a pie actualmente (probablemente más en aquel entonces a través de los cerros).

“Fue una cosa pequeña al principio, pero luego cuando comenzó a aparecer en los periódicos, llegó mucha gente. Yo llegué el sábado al festival, ahí pasamos la noche con mi hermano en una carpa, había poco gente aún, unas 100 personas y varias carpas, el viernes ya habían llegado personas. La música comenzó el mediodía del domingo. El sábado cuando llegamos aún estaban instalando el cable de corriente. El domingo se lo habían robado o una sección de él", relata Fritz.

"Esa mañana cuando nos levantamos (domingo), los hermanos Lawry (las fotografías fueron tomadas por ellos) con la ayuda de su papá, que era un misionero, fueron a buscar el cable y lo arreglaron. Eso se completó a las 10 de la mañana, por lo que pudo comenzar el festival. El domingo estaba lleno de personas. Tengo imágenes vivas de ese momento con el escenario lleno de gente”, señala Fritz.

Fritz recuerda que hacia calor, “y empezamos a preguntar cuando venía la música, y algunas personas comenzaron a tocar guitarras y otros instrumentos, personas del público informales sobre el escenario, aún no llegaban los artistas. Eso duró unas dos horas, antes de que comenzara el festival definitivamente".

El propio Fritz recuerda que “llegó una camioneta con el primer instrumento electrónico, que fue un órgano Hamond, a cargo de Víctor Rivera (ver siguiente video), no había mucho control, no se sabía quien estaba a cargo. Algunos hicieron de policías improvisados”.

La locura era tal, que Fritz no recuerda haber visto a Jorge Gómez durante todo el festival, "me imagino que andaba como un loco o una gallina sin cabeza, tratando de resolver problemas con todo el alboroto. Yo estaba con un grupo de amigos del colegio”.

A pesar de las vicisitudes, el escenario y el ambiente era ideal para la época. Grandes artistas en un concierto gratuito, imitando lo acontecido en Estados Unidos. Arribaron los mejores y más influyentes grupos de la época: Los Jaivas (High Bass), Los Blops, Aguaturbia, Lágrima Seca, Los Ripios, Escombros, entre otros.

Afiche original del evento, creado por Gary Fritz y su hermano. Si bien el festival estaba pensado para el domingo 11 de octubre, los asistentes empezaron a llegar el viernes 9.

“Nos invitaron a un festival al aire libre en Los Dominicos. Luego de un buen rato, llegamos pasado el mediodía a una parcela con harto alambre púa, harta gente por varios lados y un cuadrado de pasto más grande donde estaban todos en el suelo”, recuerda Julio Villalobos de Los Blops.

“El festival se acabó la noche del domingo cuando tocaron Los Blops, fueron los últimos en tocar hasta que se cortó la electricidad. El lunes en la mañana aparecieron los Carabineros, con algunos padres buscando a sus hijos. Yo me quedé hasta el lunes. Para mí fue una pena que llegaran los Carabineros, pero lo tomamos con calma, no hubo peleas ni nada violento", señala Fritz.

"Pasamos la mañana con los hermanos Lawry tocando algunos instrumentos, hablando mientras la mayoría de la gente se comenzó a ir. Me imagino que en la mente de Jorge la situación era muy diferente, él era el responsable de todo”, relata.

Punto de vista social, su valor y trascendencia para Chile

El festival tuvo un impacto, mucho más allá de lo musical. Enrique Lafourcade en su novela Palomita Blanca, publicada en 1971, hace mención al festival. Dos años después, Raúl Ruiz la llevó al cine. En la década de los 90, surgió un grupo llamado Piedra Roja, en honor al evento. Mientras que en 2011, el periodista Antonio Díaz Oliva publicó el libro Piedra Roja El mito del Woodstock chileno.

Máximo Quitral, historiador y académico de la Universidad Tecnológica Metropolitana, señala que “la inspiración del evento estuvo en Woodstock, festival que tuvo una atmósfera adicional, ya que se desarrolló en plena Guerra Fría y ante una profunda división social sobre la intervención norteamericana en Vietnam”.

En 2011, tras estrenar el documental Piedra Roja, Fritz se vio asombrado, al notar el valor que tenía el festival en el país. “Casi todos sabían algo, o habían visto algo del festival, sobrevivió. El valor que tiene el festival Piedra Roja, al igual que Woodstock en Estados Unidos, es el de un idealismo de la juventud contracultural. Y parte de este idealismo es comunidad, diversidad, tolerancia y otros modos de vivir, que no están basados simplemente en cosas materiales", analiza uno de los organizadores del evento.

Eduardo Parra, miembro de Los Jaivas, en el festival. Crédito: Paul Lowry

Los movimientos de los 60 y 70, "están encapsulados en este festival. Muchas personas opinan que fue una cosa maravillosa y muy distinto en la historia de Chile, ver a personas de todos los sectores socioeconómicos, en el mismo lugar compartiendo comida, discusiones, amistades, abrazos. Eso no se veía mucho en Chile, por lo menos en esos tiempos. Eso fue un sabor adicional del festival, además de ser gratis, las personas lo pasaron bien. El festival tuvo una trascendencia social, más que musical y de un idealismo”, analiza Fritz.

"Las ideas y la cultura hippie tuvieron eco en Chile. Con todos sus bemoles, sin duda algo de lo ocurrido en Woodstock, es posible encontrarlo en el festival de Piedra Roja”, señala Quitral.

El académico de la Utem argumenta que “existieron grandes cambios a escala global centrados en ese movimiento cultural: mayor libertad, menos belicismo y estilos de vestir, entre otros”.

Paul Lowry fue el autor de las únicas fotografías que existen del evento, tenía 17 años cuando se realizó el festival de Piedra Roja. Llevó dos cámaras. una con filme en colores y la otra con blanco y negro.

Tras el desenlace del evento, vino la catástrofe, la prensa fue lapidaria con el festival. Sexo, drogas y alcohol eran el encabezado de muchos artículos y portadas. Además, aparecieron muchos padres buscando a hijos e hijas, muchos menores de edad.

La Tercera, sin embargo, se refirió a lo estrictamente artístico. “Un festival de música beat y soul, al estilo del que presenta la película Woodstock, que se exhibe en algunos cines de la capital, organizan los hippies chilenos del Parque Forestal”.

Para Gómez la situación fue aún peor. Fue expulsado del colegio, demandado y se tuvo que ir de su casa. Decidió fundar una comunidad hippie en el camino a Farellones.

Qué Pasa intentó comunicarse con Jorge Gómez, quien vive en Isla de Maipo, para poder entrevistarlo, pero no fue posible, ya que hoy vive sin señal de celular e internet, alejado de los medios.

A pesar de todo, 50 años después el festival sigue vivo en el recuerdo colectivo de las personas, tanto los que estuvieron esos días en los cerros de San Carlos de Apoquindo, viviendo la experiencia del Woodstock chileno, como quienes posteriormente, se fueron sumando a esta leyenda.

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