Ascanio Cavallo

Ascanio Cavallo

Periodista

Reportajes

Columna de Ascanio Cavallo: Historia de una minoría

02 de AGOSTO de 2018 / SANTIAGO La ex presidenta, Michelle Bachelet, durante la presentación de su nueva fundación, Horizonte Ciudadano. FOTO: HANS SCOTT / AGENCIAUNO

Es preciso dejar de lado esa naïveté para observar que no hay un solo momento de la vida de la Nueva Mayoría donde la hegemonía no haya sido decidida, en forma única y exclusiva, por la expresidenta Bachelet.


Por lo general, no es la voluntad, sino el azar el que gasta las bromas más pesadas a los políticos. Esta semana, con pocos días de diferencia, se presentaron en sociedad la fundación de la expresidenta Michelle Bachelet, donde aspiraría a sobrevivir el hálito de la Nueva Mayoría, y el libro del expresidente de la DC Ignacio Walker acerca de la defunción de la Nueva Mayoría. Uno fue un acto desbordante de optimismo, con mucha gente alegre tratando de entrar a la encarpada casa de la calle Del Inca; el otro, una reunión más bien seria, con gente gravemente preocupada por el raro rumbo que ha tomado la política chilena. El cumpleaños era en Las Condes; el velatorio, en la comuna de Santiago.

Por supuesto, estas son exageraciones, caricaturas. La Fundación Horizonte Ciudadano no pretende ser el último tablón de la Nueva Mayoría, sino el lugar desde donde se desarrollen las ideas que la expresidenta considere necesarias para el progreso del país y, si es posible, para recuperar el sitial que el centro y la izquierda perdieron este año. El libro La Nueva Mayoría. Reflexiones sobre una derrota (Catalonia, 2018) es sobre todo un gesto intelectual, el primer esfuerzo por explicarse qué fue lo que condujo a esa pérdida con cierto aire de irreparable.

El libro de Walker lleva la ventaja de ser el primer texto autocrítico de ese proceso, lo que le confiere una importancia propia. Hay otra: Walker fue el presidente de la DC en el período en que se creó y se dio forma a la Nueva Mayoría; dicho de otra manera, fue quien rubricó la entrada de su partido a la coalición con la que rompería en abril del 2017, cuando decidió no participar en las primarias para elegir a un candidato presidencial de unidad. También fue el dirigente a cargo del partido cuando Claudio Orrego anticipó en las primarias del 2013 el destino que tendría Carolina Goic el 2017: sufrir el abandono de por lo menos la mitad de los votantes DC.

De modo que le tocaron los “tiempos interesantes” que en las reyertas chinas se desea a los adversarios. Su relato muestra a una DC continuamente acorralada antes y durante todo el segundo gobierno de Bachelet: por el programa, el lenguaje, el revisionismo histórico, la exclusión, la indiferencia, la crítica del pasado, la falta de conducción, los diagnósticos, el mal hacer, en fin, por todo. De no ser por algunas alusiones a las fracturas internas del propio partido, mucho más graves de lo que el libro describe, parecería que la DC fue la víctima de una fabulosa conspiración de sus aliados para meterla en un cajón donde realmente no cabía.

Los que recelan de las conspiraciones podrán aceptar que lo que ocurrió fue algo distinto: un escoramiento de la alianza de centroizquierda hacia la izquierda, motivada no únicamente por el Partido Comunista, pero muy bien fraseada por este, en clave gramsciana, como “la disputa por la hegemonía de la dirección del proceso”.

La pregunta que se sigue es si existió tal disputa. A Walker le disgusta tanto este lenguaje, que pretende que la Concertación se caracterizó por no hablar de hegemonía. Es preciso dejar de lado esa naïveté para observar que no hay un solo momento de la vida de la Nueva Mayoría donde la hegemonía no haya sido decidida, en forma única y exclusiva, por la expresidenta Bachelet. Walker confirma que, como ya se sabía, ni él ni ninguno de los otros presidentes de los partidos de la coalición conocieron el programa de gobierno, que quedó bajo la solitaria responsabilidad de Alberto Arenas. Y es iluminador advertir que la caída de Arenas -la primera de un ministro de Hacienda en 25 años- suscita el único momento en que “la hegemonía” se debilita, hasta el punto de que del PC advierte sobre su posible salida del gobierno.

¿Quién restaura el imperio de “la hegemonía”? Ni el PC, ni el PS, ni menos (ni nunca) la DC: solo la presidenta, con el ya célebre oxímoron del “realismo sin renuncia”, que debió ser suficiente para que el PPD Rodrigo Valdés y el DC Jorge Burgos no aceptaran los cargos de Hacienda e Interior, a los que desde ese momento quedaban condenados a renunciar. Ambos son testimonios de esa extraña combinación de autoestima y fragilidad que se ha vuelto tan frecuente en la polis nacional y que la astuta “personalización” del gobierno (es extraño que Walker no emplee la más adecuada expresión “personalismo”) seguramente detectó desde un principio. Tanto, que los involucrados se asustan. Se habla de la dupla Burgos-Valdés: huye Valdés de esa idea como de la peste. Se habla de Burgos excluido del primer viaje a La Araucanía: huye Burgos culpando al entorno de la jefa de Estado. Se habla del “cambio de rumbo”: huyen Burgos y Valdés, por separado, de esa frase peligrosa. ¡Qué espectáculo, visto a la distancia!

Otra cosa es notoria: el libro de Walker vuelve una y otra vez sobre la calidad de la gestión en las reformas “estructurales”, la improvisación, el amateurismo, la desprolijidad. No llega a plantearse la opción de que la desprolijidad fuese un propósito más que un error, una actualización del antiguo “avanzar sin transar”, porque el entusiasmo estructuralista de, digamos, Quintana, Andrade, Eyzaguirre (no todos en el mismo grado), debe al menos sugerir una cierta idea sobre voluntades y responsabilidades. Walker ve mala gestión donde otros ven proyectos. En otras palabras: la desprolijidad puede ser el resultado de la incompetencia (técnica), pero también del exceso (político). Y ¿no es acaso el estructuralismo el que condujo a la licuación de la Nueva Mayoría en la polifonía de una sociedad más líquida, invertebrada y movediza, que terminó por castigarla con dureza en las urnas?

Por último, la explicación, que es la forma invertida de la autocrítica: ¿Por qué la DC llegó a aceptar la idea de la Nueva Mayoría? Walker acude a una fórmula de lenguaje gentil, pero vacía: “Intereses político-electorales”. Hay que leer: cargos de gobierno y cargos en el Congreso. La DC del 2013 se entrega sin hacer muchas preguntas para no perder las pegas (algunos lo llamarán gravitación política) y desde entonces deriva sin conciencia. Walker habla de la “absoluta ignorancia de las lógicas y los procesos que se desatarían desde marzo de 2014”, como si a partir de entonces hubiese alguna forma de traición o una sorpresita. Pero no hay ni una ni otra cosa: es el partido el que no sabe lo que hace, el que no se da cuenta de que puede ser una “minoría dirimente” en lugar de una “minoría subordinada”, el que se paraliza con sus “dos almas” internas en el medio de las “dos almas” de la coalición. En el libro no hay ni siquiera un momento en que se vea a la DC dirimiendo algo. (Para ser exactos, tampoco se ve a ningún otro partido dirimiendo algo, excepto ese instante raro del “realismo sin renuncia” que Walker atribuye al PC).

Lo que vino después ya se conoce. Desgarrada y dividida, la DC intenta retener algo de la relevancia que tuvo antes del 2013. No se sabe si lo logrará. Pero ahora se sabe que sufre de la patología de los cargos, que ya no es la enfermedad infantil de los partidos. Es la enfermedad senil.

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