Columna de Óscar Contardo: El fantasma de lady Violet

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En otras circunstancias puede resultar cómico que personas que se dedican a la política y que evidentemente pertenecen a una élite declaren públicamente una supuesta raigambre mesocrática que les permite conocer por osmosis lo que "la gente quiere" y, por lo tanto, anunciarlo vicariamente. Pero ese súper poder invocado hasta el hastío ya parece truco añejo. Sobre todo cuando se transforma, más que en una estrategia, en un gesto vacío que luego se desmiente con cifras patrimoniales que contrastan de manera brutal con el ingreso medio de los chilenos



Una de las frases más recordadas de la serie Downton Abbey es una pregunta que plantea Violet Crawley durante una comida familiar. Lady Violet participa de una conversación sobre los planes del varón más joven del clan, que le anuncia a la familia que pretende conseguir un trabajo. La distinguida mujer, una condesa nacida y criada en el siglo XIX, escucha la expresión "fin de semana", dicha al pasar. Es algo nuevo que desconcierta a la matriarca -el gesto de perplejidad del rostro de la actriz Maggie Smith es delicioso- y la lleva a interpelar sorprendida al resto de los comensales buscando una explicación: ¿Qué es un "fin de semana"?, pregunta.

La duda parece divertida desde la perspectiva del siglo XXI, pero totalmente normal para alguien como ella, una aristócrata inglesa nacida en el siglo XIX, en cuya familia nadie había trabajado nunca, al menos no del modo en que uno entendería una labor remunerada como forma de subsistencia. Ella vivía totalmente distanciada de los cambios acontecidos más allá de sus dominios. La idea de que existía un "fin de semana" y que durante ese lapso de tiempo específico las personas que solían trabajar -es decir, gente como su servidumbre- se divertían o hacían planes de ocio era algo nuevo para ella. La frase marcó tanto a la audiencia de la serie, que el London Review of Books se dio el trabajo de explicar a sus lectores que hasta la década del 20 la idea de un "week-end" era novedosa y que existía una entrada en un diccionario de dudas que explicaba con detalle su significado. Eran años en los que las jornadas laborales de los obreros solían incluir, incluso, el día domingo.

Lady Violet no era ignorante, solo vivía en donde le había tocado nacer. Ella jamás hubiera pensado averiguar qué era lo normal y corriente para su servidumbre o para ese hormiguero humano que se entremezclaba en las grandes ciudades; Lady Violet no pretendía hacer política. De hecho, tal vez si la matriarca hubiera fingido conocer esos códigos o imitar una normalidad que le era ajena, el personaje no habría resultado divertido, sino francamente antipático, artificial o agresivo.

Luego del derrumbe de las expectativas económicas sembradas durante la campaña, el gobierno ha debido dar cuenta de muchas declaraciones que recuerdan a Lady Violet, solo que en este caso dichas por políticos profesionales que parecen confundir su experiencia de "normalidad" con la del resto. Un ministro de la Vivienda que, por ejemplo, aseguró que la gran mayoría de los chilenos "somos propietarios" de una casa de residencia, otra de descanso y dos departamentos; un subsecretario de Salud que sostuvo que para los ancianos madrugar para encontrar hora en un consultorio es una manera de hacer vida social, o un ministro del Trabajo que intentó convencer a una audiencia de un programa matinal que cualquier trabajador puede sentarse de igual a igual con su jefe a discutir sus horarios laborales, como si se tratara de un acuerdo entre amigos. Tres ejemplos que tal vez podrían pasar por anecdóticos en un escenario diferente, uno en donde el crecimiento prometido fuese efectivo. Pero no es así. Lo que aparece ante la opinión pública es un discurso, no solamente distinto a su propia experiencia diaria, sino totalmente contrario a ella. Es decir, además de frustración, lo que se percibe de parte de la autoridad en el gobierno es burla.

En otras circunstancias puede resultar cómico que personas que se dedican a la política y que evidentemente pertenecen a una élite declaren públicamente una supuesta raigambre mesocrática que les permite conocer por osmosis lo que "la gente quiere" y, por lo tanto, anunciarlo vicariamente. Pero ese súper poder invocado hasta el hastío ya parece truco añejo. Sobre todo cuando se transforma, más que en una estrategia, en un gesto vacío que luego se desmiente con cifras patrimoniales que contrastan de manera brutal con el ingreso medio de los chilenos, según constatan los datos oficiales que esas mismas personas deberían manejar. ¿Es un delito tener un buen pasar económico, ser rico o derechamente millonario? ¿Los inhabilita? Claro que no. Pero fingir tener calle, o haber atravesado similares dificultades que cualquier hijo de vecino, es un truco arriesgado que no atrae popularidad política, sobre todo cuando no hay ningún plan B que marque un horizonte distinto que convoque a la ciudadanía a algo más que al desengaño.

A estas alturas deberíamos estar escuchando de los políticos locales -gobierno y oposición- respuestas a preguntas fundamentales, como qué tipo de trabajo tendremos las próximas décadas y qué tipo de producción moverá al país. Hasta el momento, el reflejo que tenemos es el de una sociedad que sigue viviendo básicamente de las mismas actividades que nos mantenían hace un siglo, los años en que Lady Violet se enfrentaba al fin de un modo de vida y el comienzo de otro en el que ella parecía no tener un sitio que ocupar.

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