Columna de Ernesto Ottone: El esperpento en la política

Donald Trump

Foto: Reuters

Sin duda, Trump lleva la batuta; dirige la mayor potencia del mundo, pero pareciera que no lee ni escribe, salvo furiosos Twitters. Las recientes grabaciones de sus conversaciones telefónicas muestran un lenguaje primario y amenazante propio de jefe de banda, carece de escrúpulos, sus ideas están marcadas por una simplicidad mezquina y sus posiciones son volátiles y provocadoras, lo que deja a su país convertido en un gigante con su capacidad estratégica menguada.



Cuando hablamos de esperpento nos viene a la mente el género literario creado por Ramón del Valle Inclán, autor español de la generación del 98, que deforma la realidad agrandando sus aspectos grotescos. Pero en la definición que hace el diccionario de la lengua española de la Real Academia se incluyen otras dos definiciones, una dice "hecho grotesco y desatinado" y la otra señala "persona o cosa notable por su fealdad, desaliño o mala traza".

Ambas tienen que ver, parcialmente claro, con el tema que queremos abordar, las carencias de la política en los tiempos que corren en nuestro magullado planeta.

Es evidente que en el plano de la política a nivel mundial "algo anda mal", como señala el título del estupendo libro de reflexiones políticas de Tony Judt, el historiador británico, dictado poco antes de su temprana muerte.

Si bien algo anda mal, no todo anda mal. La globalización ha resultado ser un proceso muy paradójico y de efectos muy ambivalentes

Millones de seres humanos en los últimos decenios han abandonado la pobreza, sobre todo en Asia y, a la vez, en los países más desarrollados; sectores medios y medio-bajos han disminuido en forma severa sus niveles de bienestar. De otra parte, el centil más rico a nivel mundial se ha apropiado de una parte mucho mayor de la que solía tener de los beneficios del crecimiento.

Si bien la brecha de desigualdad entre los países más desarrollados y los países emergentes se ha acortado, al interior de los países, tanto desarrollados como emergentes, ha crecido la brecha de desigualdad con muy pocas excepciones.

El crecimiento económico en un clima de inseguridad producido por el conflicto comercial entre Estados Unidos y China tiende a ser mas lento -algunos ven incluso un horizonte recesivo- y nadie es optimista en relación a una rápida recuperación. Las disputas geopolíticas no se calman, apenas se desplazan de un conflicto a otro y presenciamos un reforzamiento de las tendencias nacionalistas y autoritarias en detrimento de la expansión democrática .

Todo ello se produce en el marco del cambio climático, cuyos efectos negativos ya están en curso y donde la existencia de eventos catastróficos, incluso en un futuro no lejano, solo pueden ser ignorados por intereses muy metálicos y particularistas.

¿Estamos entonces en una lógica de la tragedia griega, donde el destino ya está trazado?

No lo creo. La historia de la humanidad está llena de visiones apocalípticas, provenientes de profecías religiosas o de pensadores ilustres.

Sin embargo, hasta ahora, la humanidad ha sido siempre resiliente. Basta mirar las predicciones económicas, sociales y políticas de los años 60 del siglo pasado planteadas por estudiosos respetables . La mayoría de ellas anduvieron muy lejos de los que sucedió después.

En verdad, nuestra capacidad de predicción es muy baja, casi nula frente al desarrollo de los fenómenos sociales. Nadie previó el derrumbe de la Unión Soviética, tampoco se pensó que China se convertiría en la segunda economía capitalista del mundo, tampoco que India se pondría a la cabeza del crecimiento económico.

Menos aún que un personaje como Trump sería elegido Presidente de los Estados Unidos de América.

Si bien no está trazado un destino trágico, para evitarlo se necesita un enorme trabajo para comprender los cambios en curso y dirigirlos en la buena dirección. Ello requiere un esfuerzo de racionalidad política mayor para regular la competencia política y económica, para mitigar y adaptarse al cambio climático y para prevenir los impactos sociales que tendrán las innovaciones tecnológicas en curso, digitalización, robótica e inteligencia artificial.

Desgraciadamente, hoy las cosas no parecen ir por ese camino, ello se expresa, entre otras cosas, en una acumulación de jefes de Estado con poco sentido de su responsabilidad histórica, que tienden a jugar con fuego, algunos de ellos parecieran tener una ética e incluso una estética esperpéntica.

Sin duda, Trump lleva la batuta; dirige la mayor potencia del mundo, pero pareciera que no lee ni escribe, salvo furiosos Twitters. Las recientes grabaciones de sus conversaciones telefónicas muestran un lenguaje primario y amenazante propio de jefe de banda, carece de escrúpulos, sus ideas están marcadas por una simplicidad mezquina y sus posiciones son volátiles y provocadoras, lo que deja a su país convertido en un gigante con su capacidad estratégica menguada.

Todo ello con una estética insólita, una gestualidad arrogante, un peinado indescifrable y un tinte facial naranja, único en el planeta tierra.

Su amigo Boris Johnson no lo hace mal tampoco, con su antieuropeísmo insensato para su propio país, adornado él también con un corte de pelo estilo Moe, el gruñón de Los tres chiflados, pero con un colorido vikingo.

En América Latina debemos conformarnos con Bolsonaro, quien bajo su soberanismo y patrioterismo amazónico se ha transformado en un "Trump de los extramuros".

Pero la lista de "hombres fuertes" es muy amplia. Entre ellos están Putin, de Rusia; Orban, de Hungría; Duterte, de Filipinas, y Maduro, de Venezuela. La lista completa es más larga.

Esta aglomeración de personajes esperpénticos parecería una coincidencia tragicómica si la necesidad de dar al mundo un nivel de gobernanza más alto no fuera urgente para enfrentar la densidad de los desafíos antes señalados.

Desde nuestro largo rincón de fin de mundo, nuestra capacidad de influir para una mejor convivencia global puede parecer muy lábil, pero más de algo podemos hacer.

Nuestra influencia solo puede ejercerse a través de las llamadas "buenas prácticas", sean ellas respecto de la calidad de nuestra construcción democrática o de la manera como enfrentamos en Chile los problemas globales desde el cambio climático al fenómeno migratorio, y en los asuntos internacionales por nuestro empeño en impulsar el respeto a las reglas, el reforzamiento del multilateralismo y la preservación del planeta.

Solo si nuestra realidad nacional se torna ejemplar en lo político, en lo económico y sobre todo en la generación de una sociedad más justa se podrá escuchar con más fuerza nuestra voz.

Se requiere entonces buscar buenos acuerdos para superar nuestras deficiencias y canalizar los desacuerdos a través de una política de más altura de lo que hoy vemos en el debate político.

Solo una política donde prime un pensamiento largo capaz de construir un futuro compartido más allá de las enriquecedoras diversidades podrá hacer de Chile una tierra donde los esperpentos políticos no crezcan ni se multipliquen.

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