Pía Montalva: “Somos sombríos para vestirnos”

La diseñadora e historiadora de la moda da su mirada sobre lo que los chilenos reflejamos al vestir. ¿Qué dice de nosotros lo que usamos? ¿Tenemos una identidad o simplemente copiamos otros estilos? ¿Podemos cambiar? Dice Pía Montalva: “La ropa habla de nuestra autobiografía porque no camina sola por la calle, va con un cuerpo, lo viste, lo envuelve, lo toca y forma un conjunto con éste”.


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Para Pía Montalva, la ropa no es sólo un pedazo de tela sobre la piel.

Para Pía Montalva, la ropa es un mundo de significados.

No podría ser de otra manera para alguien que es diseñadora e historiadora y que en su carrera profesional ha unido ambos campos. Existe la idea de que la moda es un espectáculo frívolo sin mucho contenido, pero para Pía Montalva no. Ella es una estudiosa de la moda, desde una orilla seria e informada. “No me interesa dictar norma ni emitir juicios de valor a si nos vestimos bien o mal. Mi preocupación es entenderlo respecto a los contextos, a las coyunturas, a los fenómenos sociales y culturales que ocurren en los diferentes espacios e identidades”, explica.

Ha escrito tres libros: Morir un poco, Tejidos blandos y Apuntes para un diccionario de la moda. Textos en los que mezcla el contexto histórico, la ropa y qué se puede entender de esa relación. Respuestas de por qué nos vestimos como nos vestimos; y cómo la elección de colores, formas o material dice mucho de nosotros mismos.

– ¿Cómo nos vestimos los chilenos?
-Si uno se da el tiempo de ir a distintos lugares y sentarse a mirar, uno podría decir que en general somos bastante sombríos y neutros para vestirnos. Tendemos a usar colores oscuros, salvo en el verano. No tengo claro el porqué de los colores, pero es un rasgo de identidad. Creo que tiene que ver con ser un país pobre y subdesarrollado, un poco con nuestra herencia campesina y la mapuche. Está la idea de que los colores oscuros combinan más y mejor, pero puedes combinar cualquiera. Creo que es una manera también de enmascarar el no querer ser visto y no querer que a uno lo identifiquen de manera muy evidente. También está lo funcional de enmascarar esta pobreza tratando de no verse igual todos los días, comprar ropa más neutra para que no se note tanto que andas con la misma o que la repites. Lo cual no tendría importancia si no fuéramos un país al que todavía le importa mucho la imagen que proyecta.

-O sea, aún no podemos desligarnos de lo que otros piensan de nosotros…
-No, creo que somos un país súper castigador con la diferencia, no sólo a nivel de vestimenta. Cuando una persona entra a un lugar y está vestida diferente, todo el mundo se da vuelta y la mira porque se sale de la norma. Eso es a todo nivel y visibiliza una manera de ser. Cualquier individualidad que se vea mucho, que tenga una identidad clara, que tenga autonomía es castigada. Particularmente en las mujeres.

– ¿Cómo ha ido cambiando con los años este estilo sombrío?
-Hay cambios en la forma, en el acceso a la ropa, probablemente también en cómo se viste la gente con menos recursos. Hay momentos de mayor innovación que viene de los jóvenes, pero no tenemos que olvidar que tuvimos una dictadura de por medio. Cuando las apariencias estaban diversificándose, a fines de los 60 e inicios de los 70, había un mayor sentido de libertad para vestir. La dictadura lo primero que hizo fue intentar homologar las apariencias y ordenar los roles de género en función de su ideología.

– ¿La dictadura cambió la forma de vestirnos?
-Al principio fue más fuerte porque había un control de las apariencias más sistemático. Hay que pensar que la prensa estuvo censurada, no se publicaba nada sin antes ser revisado. Eso incluía las revistas para mujeres que tenían un discurso escrito. Su crítica era el desorden que había, hay imágenes de hombres con pelo largo y mujeres con pantalones y militares cortándoselos en la calle. Debían ser mujeres con pollera de un largo decente y hombres vestidos de pantalón y pelo corto, un modelo donde hay que saber quién es el hombre y la mujer. En los primeros años era más evidente, después con el cambio del modelo económico y la apertura a las importaciones, cambió. Llegó ropa y tela de afuera, y la oferta y capacidad de control se dispersó.

– ¿Cómo ha evolucionado la vestimenta después del regreso de la democracia?
-Al principio hubo algo bien llamativo en la moda nacional, que todavía existe: la nostalgia. Se recuperó el patchwork, los sweaters tejidos a mano con motivos mapuches o andinos y joyas inspiradas en orfebrería mapuche. Algo de nostalgia por el pasado, pero que rápidamente se supera. Eso fue en el 90 y 91. Ahí empieza lentamente la articulación a lo que son las tendencias globales. Los tratados de libre comercio en los 90 que son fatales para la industria nacional, sobre todo por la llegada de la tela y ropa china. Ahí empieza la deslocalización de la industria del vestuario y se empieza a producir afuera. Eso genera más homogeneidad en las propuestas de ropa.

-¿Tenemos un estilo o simplemente seguimos las tendencias?
-Se van generando estilos. Como la adopción de determinadas ropas que resultan cómodas, pero no hay una mayor innovación habiendo una oferta más amplia. Hay una manera un poco estadounidense en la manera de vestirse de los hombres, siguen el modelo pantalón Dockers y la camisa celeste para el fin de semana. De repente se pone una pieza de moda y todos la usan, pero no es un estilo coherente, son ciertas prendas, cierto tipo de zapatos. En las mujeres las plataformas, la típica bota, botín o la sandalia en el verano. Eso es transversal, de mejor o peor calidad, pero transversal. Pero un estilo que les gusta a las chilenas es el hippie-chic, pasó un poco, pero todavía permanece. No estoy segura de que haya sido algo muy chileno, pero quedó en el ADN de una forma de moda autóctona. Eso explica el éxito de Umbrale y Rapsodia. A las chilenas les encanta.

– ¿Ha ido mutando con el tiempo?
-Claro y van cambiando los colores, si las flores son más grandes o chicas, si los motivos son más mexicanos o más hindú. Elementos nostálgicos, pero hoy no tiene que ver con eso. No sé si tiene que ver con que las piezas son más anchas, más cómodas u ocultan mejor el cuerpo. Es muy playero también, hay un sector que le gusta el hippie-chic para la playa.

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-Otra crítica es que en Chile tampoco se usan muchos accesorios, que la gente se viste fome. ¿Ha cambiado?
-Sí, las marcas de accesorios masivos venden mucho. En Chile se usan mucho los aros, pañuelos, bufandas. No sé si eso significa ser fome o no. A mí me gusta mucho la ropa, pero no uso accesorios.

-Los hombres también están atreviéndose más, ¿por qué?
-La moda, el mercado y este deseo de imitación que es tan fuerte. También hay personas que necesitan individualizar su apariencia dentro de esta uniformidad. Personas que innovan mucho en los calcetines de color fuerte, pañuelos en el bolsillo, corbatas coloridas. Es el elemento donde puedes significar tu deseo de individualidad. El traje masculino es estructurado y modela el cuerpo de cierta forma, pero también lo neutraliza. Lo otro importante con los colores oscuros es que es neutro, pero también neutraliza el cuerpo: lo hace desaparecer un poco, lo hace más inmaterial. Eso es un rasgo interesante en términos de la identidad nacional.

– ¿Por qué todos queremos pasar desapercibidos?
-Creo que porque es más cómodo. Se ensucia menos, te genera menos esfuerzo el pensar con qué me lo pongo. Creo que no tenemos ultradesarrollado el sentido estético por esta comodidad. Hay otras culturas que son mucho más estéticas. Para comer, para vestirse, independiente de la condición social.

– ¿Cómo se puede desarrollar esa estética?
-Es una expresión y también construye identidad. Tiene que ver con cómo somos. Si somos personas que en general buscamos la aprobación de los demás o de nuestro grupo de referencia, que no nos atrevemos a mezclar, que no sabemos convivir con la diferencia y que nos asusta todo. Si pertenecemos a un determinado grupo, no nos movemos de ahí. Vamos generando pequeños guetos, que son súper endogámicos y no se vinculan con el resto del mundo.

-También se dice que copiamos mucho y mal…
-No, hemos copiado súper bien. Parte de nuestra identidad se construye en la manera en cómo copiamos. Tenemos el original y la copia, quizás hoy son más difíciles de distinguir por la globalización. Esta forma en que adaptamos siempre tiene un componente precario. Creo que en Chile en la década de los 50 se hicieron grandes copias de diseño de alta costura. Había mujeres que viajaban y traían trajes que reproducían. No la estoy legitimando, pero creo que se estigmatiza más de la cuenta en este falso mito del gran diseñador. Hoy las casas de moda no tienen grandes diseñadores porque son unos tremendos equipos creativos.

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-Has dicho que creamos una autobiografía con la ropa, que vamos contando quiénes somos con ella. ¿Qué podemos saber de alguien por la ropa que usa?
-A pesar de que nos uniformamos, la ropa habla de nuestra autobiografía porque no camina sola por la calle, nunca es ropa abstracta, va con un cuerpo, lo viste, lo envuelve, lo toca y forma un conjunto con éste. Lo denomino cuerpo-indumentaria, como una sola materialidad, un todo indisoluble, no es una segunda piel, sino que es la última capa del cuerpo. Es otro tejido blando más. Tenemos una gestualidad, códigos de comportamiento, usamos el espacio de una manera distinta según cómo nos apropiamos de él. Sentimos de manera diferente, tenemos percepciones que son propias de las cosas, del mundo, del entorno. Eso hace que la ropa se ve diferente. Nuestros cuerpos de alguna manera nos determinan, en ese vínculo es donde construimos nuestra autobiografía. ¿Qué podemos saber del otro respecto de su ropa?, todo.

-Da un ejemplo.
-Podemos saber su condición económica, una persona que sabe de ropa puede distinguir la marca del pantalón, la forma, si está o no dentro de las últimas tendencias y lo puede asociar a un costo. Puedes saber cuán conservador o innovador es alguien por su ropa. Puedes entender a qué se dedica. No sólo por el tipo de ropa; tiene que ver con el desgaste de la ropa, la renovación, cuántas veces te cambias, si son puros blue jeans rotos, pero todos distintos, eso va marcando muy fuertemente tu condición. Si una persona se ve ordenada, pero con ropa súper vieja, podrías pensar que es alguien que trabaja en terreno, un constructor civil, si es más cool o tiene más estilo podrías pensar que es un arquitecto. Son muchos códigos, la forma cómo combinas, cómo sigues las normas.

– ¿Qué tanto influye la moda en una cultura?
-Tiene influencia porque las personas nos movemos en el espacio público. Tenemos que hacer trayectos súper largos para llegar a nuestro trabajo. Nos subimos al metro a las 6 u 8 de la mañana, muy cansados y vemos una masa oscura y sombría; eso a mí me afecta el ánimo. Claramente no estimula, no da energía e influye en la sensación anímica que encuentras a tu paso por la ciudad. No es lo mismo si salgo y me encuentro con rojos, verdes y amarillos, aunque el día esté a punto de llover, a si me encuentro con puros azules, negros y grises. Hay algo sombrío, homogéneo y como que nada se distingue: eso influye en tu imaginario, en tu concepción de ciudad, en todo.

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