Roberto Brodsky: "Araña me dejó un gusto agrio"

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Roberto Brodsky. Foto: Ana Portnoy.

El autor —radicado en Estados Unidos— reedita su novela El arte de callar, la cual recientemente se convirtió en una serie (Berko, sobre el tráfico de armas durante la transición) protagonizada por Daniela Ramírez y Benjamín Vicuña. Acá habla sobre eso y lo que no le gustó de la última película de Andrés Wood, con quien escribió Machuca.


Era 1990 y Roberto Brodsky (Santiago, 1957) trabajaba para la revista Hoy.

Eran los años de la transición, del secuestro de Cristián Edwards, de la desarticulación del Frente Patriótico Manuel Rodríguez, del asesinato de Jaime Guzmán, del tráfico de armas a Croacia y de los Pinocheques, entre otras cosas.

Fue entonces cuando a Brodsky le tocó reportear el caso del periodista inglés Jonathan Moyle, el cual, la madrugada del 31 de marzo de 1990, amaneció colgado en la barra del clóset en la habitación 1406 del desaparecido Hotel Carrera de Santiago.

"Casos como ese se prolongaron en el tiempo y hoy forman como una sombra de los años de transición", dice Brodsky desde Nueva York, donde actualmente vive luego de una temporada larga en Washington DC. "Son violencias que vivimos en voz baja, entre asustados y entusiastas de salir a reportear bajo la alfombra".

El caso de Moyle, entre otras cosas, inspiró El arte de callar, su novela del 2004 que Random House Mondadori reedita por estos días.

"La clase política no nos quería nada porque según ellos no cuidábamos la democracia", recuerda Brodsky. "¡Pero ellos cuidaban a Pinochet! La transición había hecho de Pinochet un factor clave de la estabilidad democrática, y reportear esa vuelta de carnero retórica resultaba muy atractivo", continúa sobre esos años en la revista Hoy, años que le dieron el material base para escribir El arte de callar. "Fueron cuatro o cinco años en que disfrutamos del espacio que se nos ofreció, la verdad. Aunque nunca nos pagaban a tiempo."

En 1990 tenías 33 años. No habías publicado todavía. ¿Escribías ficción en tu tiempo libre?

Siempre he estado escribiendo. Cuentos, notas personales, cartas, diálogos, lo que se me venga en ganas. A los 33 me embarqué en una novela que no sabía hacia dónde iba, entré en crisis y el trabajo periodístico me ocupó entero, incluso como aprendizaje de escritura. La literatura seguía funcionando a su manera.

¿Y qué leías en ese tiempo?

De hecho, leía más que escribía; estaban de moda Kundera y La conjura de los necios, pero yo seguía más interesado en releer a Onetti. Me dejé caer un par de veces en el taller de Donoso pero no me gustó. En Chile yo era viudo del partido de Lihn y la nueva narrativa me tenía sin cuidado. Entonces escribía fragmentos de esa novela difícil que no sabía hacia dónde iba, y que muchos años después reapareció en Bosque quemado, y ya con libertad para contar. Mientras eso no ocurriera, la crónica y el reportaje fueron mi alimento diario.

Dices en el epílogo de esta novela: "La ficción busca llegar hasta allí donde la realidad no podría desmentirla". ¿Por qué usaste la ficción como herramienta exploratoria en este libro? Digo, podrías haber usado la no-ficción, a secas, así como Truman Capote y tantos otros novelistas lo han hecho.

El género de no-ficción ha sufrido de abusos deshonestos desde que se popularizó en los años 60 del siglo pasado, y eso me hizo eludir la fórmula. Además, no me servía; se supone que si hay un asesinato debe haber un asesino, lo que exige evidencias, pero con Moyle el caso está abierto, suspendido de su propia fantasmagoría, entonces es la especulación lo que se abre como imaginario, no el encuentro con un supuesto yo que dice su pretendida verdad bajo la máscara de una narración. En la no-ficción el acento está puesto en la verdad revelada o confesional de lo que se cuenta, más las técnicas narrativas que se utilizan para hacerlo. Pero aquí es al revés: yo apelo a las técnicas del relato para desarmar la verdad, ponerla en tela juicio y vaciarla si se quiere de su carácter absoluto. No me interesaba la verdad, sino contar la mentira.

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Hace doce años que Roberto Brodsky vive fuera de Chile. Y por eso, asegura, no se siente escritor chileno. Ni tampoco un escritor latinoamericano, a secas. "Me siento un escritor post chileno, sin territorio definido, con ciudades, familia y amigos, con libros que leo y releo, y libros que escribo y publico, pero sin una identidad fija como la que se me propone en cada adjetivo", cuenta. "La identidad de un escritor es algo móvil, impreciso, que se construye a cada rato, y más hoy en día en que, al decir de Roger Bartra, somos como esos murciélagos que cuelgan boca abajo en las vigas de las viejas construcciones en ruinas, observándolo todo de día y de noche, en posición vertical y sin incomodarse".

La carrera de Brodsky ha sido oscilante en cuanto a eso: parte de su infancia sucedió en Venezuela, donde su padre estuvo exiliado; entonces aterrizó en Chile y formó parte de la escena cultural de esos años o, como asegura, del "partido de Enrique Lihn"; y de ahí vino una larga temporada en Santiago, donde publicó su primera novela a los 40, trabajó de periodista y escribió el guión de Machuca junto con Andrés Wood.

Fue en el 2004, a los 47, cuando volvió a salir del país: esta vez cayó en Washington DC, donde estuvo un tiempo de agregado cultural y también de profesor en la Universidad de Georgetown.

Ahora vive en Nueva York "desde hace un par de meses, después de doce años en DC, y estoy contento con la mudanza", dice. "Washington DC tiene muy buena calidad de vida, pero si la comparas con NY encuentras toda la diferencia que hay entre una ciudad internacional y una ciudad cosmopolita. La primera habla todas las lenguas para decir lo mismo, siempre, y la segunda te dice mil cosas diferentes en un solo idioma, que es el de la ciudad nerviosa, impredecible. Me gusta ese cambio."

El arte de callar se reedita porque se estrenó la adaptación, aquella serie protagonizada por Daniela Ramírez y Benjamín Vicuña. ¿La viste?, ¿qué te pareció?

Participé activamente de la adaptación y soy parte del resultado. En la novela hay un imaginario de la sospecha y el tiempo muerto del desencanto que queda un poco perdido en la serie, porque el acento está puesto en la intriga, en no saber qué está ocurriendo, en los dobleces de cada personaje y las traiciones que los definen. En parte es inevitable que esto ocurra porque el código es otro, y se marca todavía más en las series de tv donde la narración en planos cerrados manda sobre las imágenes. El trabajo de Nicolás Acuña logra algo que a mí me gustó ver, porque a pesar de ser muy narrativa y de tener una voz en off súper activa, la serie se mantiene siempre en estado de suspensión, reteniendo las verdades de lo que se narra y exigiendo algo del espectador. En este sentido, es leal al arte de callar.

¿Y por qué ese caso te quedó dando vueltas?, ¿qué fue lo que sobrevivió al paso del tiempo para hacerte que escribieras un libro varios años más tarde?

Es que hay episodios que miden una época. En Hoy se reunió un grupo muy bueno, con Mónica Blanco, Axel Piquett, Pancho Mouat, Carola Robino, Lucy Dávila, Mauricio Gallardo, Antonio Martínez, en fin, todo lo que Marcelo Rozas, nuestro director de entonces, pudo juntar. De todos ellos salió Garrafita, el personaje de la novela que sueña con una aristocracia de los vencidos, y Bobe, que se lanza a la calle en busca de historias anónimas que lo ayuden a olvidar el mundo conocido. Ellos son los que habitan la historia, porque el lugar donde en verdad ocurre El arte de callar no es el Hotel Carrera sino la redacción de la revista donde cada día se discute, se especula, se revive y se resuelve ese y otros casos con una intensidad absoluta. Es decir que, y para volver a la pregunta, no es Moyle quien se transforma en una obsesión literaria, sino ese momento único de sospecha política, camaradería y entusiasmo periodístico el que me urgía contar como ficción.

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La relación de Brodsky con Chile (por lo menos a partir de sus entrevistas y de, claro, sus libros) es de tensión. De alguna forma es un lazo que afloja y tira y que es muy propio de los escritores que escriben sobre un territorio sin estar presentes (físicamente) en este. Aunque siempre lo recuerdan. Y hasta modifican en sus libros y ficciones.

No por nada, claro, en una de sus últimas novelas, Veneno, salda cuentas con la endogámica escena literaria local (e invoca al fantasma de Roberto Bolaño, a quien Brodsky conoció).

¿Viste Araña? De alguna forma Wood regresa al territorio que ustedes exploraron juntos con Machuca. Y le da una vuelta de tuerca para encajar esos ecos de pasado en el presente chileno.

Vi que acaban de nominarla como representante nacional a los premios Goya y Oscar, así que felicitaciones al equipo y ojalá les vaya bien. Dicho esto, Araña me dejó un gusto agrio. Sería largo de argumentar, pero creo que es una película equivocada, con todo el respeto que tengo por el trabajo de Andrés. Pienso que no se puede filmar ni narrar de la misma manera la inocencia que la culpabilidad, las víctimas que a los victimarios. Lo que sirve para Machuca no sirve para Araña. Ese espíritu ecuménico no conviene al arte, y menos al arte político, que es punto de vista, opción interpretativa, ampliación del entendimiento sobre episodios del pasado. Patria y Libertad fue un grupo terrorista de ultraderecha que no estaba formado por jóvenes idealistas y equivocados, sino por los hijos de la burguesía armada contra un gobierno elegido en democracia. Si se va a hacer una película sobre las camisas pardas en la Alemania del 33, pero sin complicarse el mate con la política antisemita de los nazis, y centrado sólo en el hecho sorprendente de que los fascistas también se enamoran, entonces no veo diferencia con la banalidad del mal. Me enoja pensar además que profesionales de excelencia como Calderón y Altunaga no advirtieran estos temas en el trabajo de guión.

¿Es Roberto Bolaño una suerte de fantasma hamletiano?, ¿sigue rondando?

Esperemos que no, porque entonces jamás veríamos la obra. Lo peor de las imágenes demasiado cristalizadas y de los mitos ya solidificados es que nos dejan sin diálogo posible, casi vencidos de antemano por la fuerza de su fantasmagoría, precisamente. Estoy por el camino inverso: dejar de lado las mitologías de autor y establecer una relación más productiva con lo que fue el esfuerzo más real y tangible, ir a los libros y releerlos y discutirlos, así no sea más que con el propósito de que el fantasma pueda descansar de su vagabundeo hamletiano. Me acerco a esa idea en el libro Adiós a Bolaño, y espero haber transparentado bien esa intención.

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