El inacabable siglo corto

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¿Qué habría opinado el eminente Eric Hobsbawm del levantamiento social que sacude a Chile? Puede que más de algo.


A juzgar por las reseñas que he leído, la biografía de Eric Hobsbawm que acaba de publicar Richard J. Evans no es tan imprescindible como cabía suponer. El libro redunda en cierta clase de información doméstica que por lo general no le interesa a nadie, aunque también revela aspectos interesantes de la personalidad de Hobsbawm, quien se consideraba desafortunado con las mujeres debido a su físico estrafalario. Tal vez ligado a eso, el futuro autor de The Age of Extremes convivió a principios de los 60 con una prostituta de media jornada que, según dicen, era de lo más encantadora. Eso sí, hasta donde recuerdo, el dato no figura en Años interesantes, su autobiografía de 2002.

Que el libro de Evans sea dispensable no equivale a decir que Hobsbawm, muerto a los 95 años en 2012, haya perdido trascendencia. Por el contrario: en tiempos como los que corren, su presencia resuena con estruendo en el campo de los vivos. Detengámonos por ejemplo en el mencionado The Age of Extremes, obra de 1997 que en castellano lleva el título anodino de Historia del siglo XX. Allí, el autor destaca la extraordinaria brevedad de la centuria pasada. En términos históricos, el siglo XX habría durado apenas 77 años (comenzó el año 1914 con la Primera Guerra Mundial y concluyó en 1991 con la caída de la Unión Soviética).

Desde hace un par de semanas vengo pensando que, bajo pulsiones enervantes, quebradizas e ineludibles, hemos vuelto a vivir en el siglo XX. Y a raíz de ello, en mis desvelos, me pregunto qué habría opinado Hobsbawm del estallido social que hoy sacude a Chile. Además de haber demostrado en sus libros un notorio interés por los procesos revolucionarios latinoamericanos, el distinguido historiador hubiera podido llamar a sus parientes chilenos para requerir información de primera mano, ya que una rama de su familia emigró al país.

Casi todas las demandas que hoy se expresan en las calles provienen de sucesos iniciados y no resueltos durante el siglo pasado. Como esos chicles trashumantes que se fríen sobre el asfalto a la espera de algún despistado que los pise y los transporte a otras latitudes, el siglo XX parece estar siempre al acecho para recordarnos que será imposible despegarnos de él. Un ejemplo de esto es la importancia que últimamente ha cobrado nuestro Partido Comunista. A muchos, tal vez a millones de ingenuos, la existencia de un colectivo estalinista en pleno siglo XXI nos parecía una antigualla pintoresca, una salpicadura curiosa en el espejo del pasado. Hoy, sin embargo, el talante del PC ha cobrado un aire bastante más siniestrón.

Hasta 1956, año en que la URSS invadió Hungría, Hobsbawm defendió con fuerza al marxismo soviético. Pero a partir de entonces, cambió su posición: el otrora admirador de Stalin comenzó a favorecer las alianzas que los comunistas podían forjar con el progresismo y la socialdemocracia, giro que lo convirtió en un traidor para los beatos de su partido. He aquí una posible respuesta a la pregunta que me distrae por las noches. Y es bien probable, pienso ahora de día, que Hobsbawm hubiese terminado concediendo el punto completo: aquí jamás logramos superar el abominable y eterno siglo XX.

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