Caliente, picante, rojo y en ácido: las memorias de Flea

flea

Flea.

Acid for the children, el libro del bajista de los Red Hot Chili Peppers, comienza y acaba con música. Pero a diferencia de Scar tissue —las memorias de Anthony Kiedis publicadas en 2004—, Flea narra su infancia, adolescencia y apenas esboza los comienzos de la banda californiana.




"Mis primeros recuerdos se arraigan en una sensación de que algo anda mal conmigo, de que todos los demás son parte de una conciencia grupal de la cual estoy excluido", escribe Flea al inicio de Acid for the children. "Siempre la misma sensación, como si algo dentro de mí estuviera roto".

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Era mediados de los setenta y Michael Balzary (todavía no era conocido como Flea) tocaba la trompeta. Era parte de la orquesta de su colegio en Los Ángeles. Y tocaba bien. Tanto que prontamente comenzaría a recorrer el país para competir con otras orquestas juveniles.

Ese, dice Flea, fue el momento clave.

El momento en que la música se volvió una válvula de escape. Aunque no toda la música. A Flea no le gustaba el rock. El jazz, sí. El jazz era la música que, como dice en sus memorias, lo hacía sentir que había "una fuerza que une a las personas y que les da poder".

Y así fue como Flea llenó esa sensación de que dentro de él había algo roto. Sensación que reemplazó, asegura, por otra: "algo ardiente que en el interior me mantiene siempre curioso, siempre buscando, anhelando algo más, siempre en la búsqueda interminable de fusionarme con el espíritu infinito".

Y sigue: "Esto me ha llevado a situaciones salvajes en mi vida, incluyendo, cuando no he podido entender o controlar esa sensación, extraños y autodestructivos lugares".

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Acid for the children es un anti-libro de rock. Esto no es The dirt, la historia oral de Motley Crüe que salpica testosterona y te deja tan horrorizado como con ganas (secretas ganas) de poner "Girls, girls, girls". Flea, quien siempre ha sido un lector atento ("Me enamoré profundamente de los libros de Kurt Vonnegut Jr. Me criaron y me dieron una idea de lo que era ser una persona decente, sin ninguna de las retóricas hipócritas habituales") sabe que escribir un libro como este, personal y reflexivo, significa dejar entrar a mucha gente a su mundo interior. Y que ese mundo interior es un mundo lleno de complejidades y caminos que a veces muestran lo peor de sí. Como en este párrafo, cuando Flea cuenta cómo es fumar angel dust o PCP:

"Es como fumar la muerte. A medida que se inhala esta mierda siento que mis células cerebrales mueren en tiempo real, importantes cosas celulares explotan y burbujean. La luz de mi corazón se está atenuando, nunca volverá a ser tan brillante".

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A diferencia de Scar tissue, donde su colega de banda Anthony Kiedis más o menos escribe el libro prototípico de un rockstar (adicciones, cameos de otros rockstars, anécdotas), Flea busca acercarse al espectro literario, incluso cuando cuenta sobre drogas.

De hecho, el bajista surge de estas páginas como un ratón de biblioteca: "Mientras leía, toda mi confusión y dolor se disolvieron, y cuando entré en la realidad", dice, "fui un poco mejor persona, un poco más capaz de aprender de mis pasos en falso". Y hasta nerd: "Leí y releí El hobbit de J. R. R. Tolkien. En medio de la santidad de este tiempo tranquilo desaparecía en un mundo de tés, pasteles y así superaba los límites autoimpuestos que restringen a cualquier espíritu aventurero".

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Las memorias y libros sobre rock, o música en general, se dividen en dos. O por lo menos así ha sucedido en estas últimas décadas.

Por un lado, Vida de Keith Richards, libro que más o menos cubre toda la historia del debilucho y pirata guitarrista de los Rolling Stones, y el cual escribió con la ayuda del periodista James Fox. El título lo dice todo: Vida. Son páginas que cubren eso mismo: la totalidad de una carrera. "Siempre quise una vida tranquila", anota Richards. "El problema es que no me tocó una". Y se dedica a narrarla.

El otro modelo: Éramos unos niños, de Patti Smith, el cual no es tanto unas memorias como un libro con destellos autobiográficos sobre momentos cruciales de una vida. Smith escribe como solo alguien que lee mucho lo hace, como alguien que ama los libros tanto como ama a la música puede hacerlo. En su caso Smith lo hace inventándose un cuento de hadas punky: "Tal vez no tenía lo necesario para ser una artista", escribe, "pero sí tenía las ganas de convertirme en una".

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Acid for the children, el libro del bajista de los Red Hot Chili Peppers, cabe en la segunda categoría; y no solo porque de hecho Smith escribe el prólogo, sino porque Flea comienza la narración también como un cuento: el de sus abuelos, quienes emigraron desde Irlanda a Australia escapando de la pobreza. Flea se mete en la cabeza de su abuela: "Solo puedo imaginar la vulnerabilidad de su situación, una mujer, completamente sola después de la Primera Guerra Mundial, que se sube a un barco con destino al otro lado del mundo, viaja en dirección a un lugar que, por lo que ella sabía, podría así ha sido la luna". Busca comprender sus miedos y algunas de sus razones porque sabe que el viaje de su abuela desde Irlanda a Australia terminaría por llevarlo a él, más adelante, de Australia a California.

Luego de eso viene primera infancia en Australia, donde su padre trabajaba para el gobierno. Al igual que Kiedis (quien creció en Michigan, en una familia "relativamente normal"), la vida de Flea es "relativamente normal". Por lo menos hasta que su padre es designado a Estados Unidos.

Ahí es cuando su segunda infancia comienza. O su segunda vida.

Ahí es donde realmente comienza Acid for the children.

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Los Balzary viajan de Australia a Nueva York.

Y de ahí —una vez la madre de Flea se separa y se empareja con un músico/drogadicto— sucede el otro gran viaje: de Nueva York a Los Ángeles.

Luego de Nueva York Flea y su madre y hermana terminan en Los Ángeles. Su madre ahora tiene un novio músico. También drogadicto. Y terminan viviendo en la casa de los padres del nuevo novio de su madre.

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Flea y su hermana.[/caption]

Así lo describe: "¡Jesús, habíamos pasado de vivir con un padre australiano conservador en una casa grande y bonita llena de reglas, regulaciones y horarios, a vivir con un beatnik en el sótano de sus padres!".

Este momento la vida de Flea da vuelta. Puede que su padrastro es quien lo marcó. De por vida. Fue su padrastro quien lo llevó a la música. "Walter era mi amigo. Un adulto que no me juzgó ni me humilló. Vio algo hermoso en mí, algo esperando salir".

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Flea escribe de Hillel Slovak: "Millones de recuerdos poderosos fluyen a través de mí, y me pierdo en un espeso bosque de sentimientos cuando escribo su nombre. Soy incapaz de dirigir la tinta de este bolígrafo para describir al joven profundo y complicado que era Hillel".

Escribe del momento en que se da cuenta que será compañero de Anthony Kiedis, para siempre: "Anthony vivía con el mismo miedo que me hizo de mí un antisocial. Aunque él le dio una vuelta. (…) Anthony era duro y desafiaba al mundo externo. Yo era duro hacia el otro lado, hundiéndome más en un mundo interior. Éramos los dos lados de la misma moneda".

Y escribe sobre Alain Johannes: "Alan Moschulski, el cantante principal y otro guitarrista en Anthym, era un tipo interesante. Era de una familia chilena del mundo del espectáculo, un niño seguro, un hogareño, uno que había pasado mucho tiempo en su habitación perfeccionando sus habilidades con la guitarra".

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Más allá de momentos así, Acid for the children es un libro sobre la temprana adolescencia de Flea. Una temprana adolescencia que pasa de los libros y el jazz al punk y a las drogas.

Aunque también a un machismo que Flea intenta deconstruir. Eso cuando busca un equilibrio entre el quinceañero alocado e irresponsable versus la persona que hoy, un poco avergonzado, mira hacia atrás ("Hay varios grabados en mi memoria, y siento una vergüenza profunda y ardiente al recordarlos"). A sus 57 años, Flea necesita encontrar un significado a ese comportamiento que, por ejemplo, lo llevó a robar varias veces: "No vi ninguna luz de guía, ningún padre que me ayudara a comprender que todos somos uno, que robar a alguien era robarme a mí mismo".

En otras palabras: Flea sabe que ha herido gente, robado, abusado, etc. Por eso mismo, puede ser, el libro se acaba justamente cuando Flea y Kiedis llevan un par de años juntos.

"Este libro", escribe el bajista, "se acaba cuando realmente comienzan los Red Hot Chili Peppers".

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Ahora que Josh Klinghoffer salió de la banda, y que John Frusciante regresó para su tercer acto, queda por ver si estas memorias causan algo en lo musical. Los Red Hot Chili Peppers son una banda que siempre ha podido reinventarse, es cierto; aunque tal vez sus últimas reinvenciones hayan sido low-fi y algo dispersas, como las señales de una banda que todos dicen ha sobrevivido a mucho, pero que todavía no sabemos si una vez más podrá sobrevivir a su longevo legado.

https://culto.latercera.com/2020/01/23/habla-josh-klinghoffer-red-hot-chili-peppers/

"Me gustaría que este libro fuera una canción", escribe Flea al final de un capítulo de Acid for the children. Y esta sección no es tanto un segmento en prosa, sino un verso poético. Una advertencia a sí mismo de lo que puede suceder al escribir estas memorias.

Una punzada de tristeza me frunce el ceño cuando me pregunto si heriré los sentimientos de alguien al contar mi historia. Sé que tengo que expresar los movimientos que me dieron forma.

Me gustaría que este libro fuera una canción.

Eso me gustaría.

Ser famoso no significa una mierda.

https://culto.latercera.com/2019/12/25/mejor-disco-red-hot-chili-peppers/

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