Atenas, la peste y la crisis en la polis

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Si las costumbres sociales se habían mantenido durante la guerra, la peste las alteró. De tal modo que las personas, angustiadas y agobiadas, "pasaron a faltarles el respeto a los dioses y a los difuntos por igual", escribe Tucídides.



En el Cementerio del Cerámico, en Atenas, Pericles pronunció uno de los discursos más célebres de la Antigüedad. Era el año 431 a.C. y el general ateniense despedía a las víctimas del primer año de la Guerra del Peloponeso. Homenaje a los caídos y a sus antepasados, el discurso es sobre todo un elogio de la democracia y los valores que la sostenían: "Disfrutamos de un régimen político que no imita las leyes de los vecinos; más que imitadores de otros, en efecto, nosotros mismos servimos de modelo para algunos".

Bajo la guía de Pericles, la ciudad había prosperado comercialmente y había alcanzado un esplendor cultural sin paralelo en el mundo antiguo. En su discurso, el gobernante se enorgullecía del sistema que él mismo había empujado, donde "todos gozan de iguales derechos en la defensa de sus intereses particulares" y donde los ciudadanos accedían a los cargos públicos "por sus méritos". En Atenas, la ciudad abierta y tolerante, se respetaba la libertad, se valoraba el debate y se obedecían las leyes, aun sin estar escritas, "en particular las dictadas en favor de los que son víctimas de una injusticia".

Sin embargo, al verano siguiente, Atenas sería atacada por un enemigo que provocó acaso más daño que la guerra contra Esparta y que trastornó la convivencia: en el 430 a.C. una peste se propagó por la ciudad, causó una enorme mortandad y afectó profundamente la moral de los ciudadanos.

El discurso de Pericles, así como el testimonio de la gran plaga de Atenas, lo conocemos gracias a Tucídides. En su Historia de la Guerra del Peloponeso, proporciona un relato estremecedor de la peste y sus efectos en la vida política y social. Originada probablemente en Etiopía, la enfermedad cruzó desde Egipto, según cuenta, mató a un tercio de la población (unas 100 mil personas), sembró el pánico y facilitó la anomía.

Tucídides comienza la narración precisamente después de recrear el discurso de Pericles, quien moriría víctima de la enfermedad. Considerado el padre del realismo político, eventualmente Tucídides buscó ese contraste para enfatizar el modo en que la peste alteró la vida cívica y exhibió las debilidades humanas. "Lo daré a conocer, habiendo estado yo mismo enfermo y visto a otros sufriendo", dice.

Cuando la enfermedad entró en Atenas, la ciudad se encontraba asediada por Esparta y acuartelada entre sus muros. "Siguiendo la estrategia concebida por Pericles, los atenienses abandonaron el campo a los invasores y permanecieron encerrados, durante buena parte del caluroso verano griego, detrás de las murallas (unos 30 km en total) que rodeaban Atenas, el Pireo y un corredor entre ambas ciudades", observa el filósofo Roberto Torretti en su libro Desastres de la guerra, aún inédito. Tras publicar Por la razón o la fuerza, sobre el Diálogo de Melios, ahora ofrece una traducción anotada y comentada del episodio de la peste.

Los historiadores y la comunidad científica no logran acuerdo para identificar el patógeno que atacó a los atenienses. Tifus, influenza o alguna forma de ébola, los síntomas que describe Tucídides no coinciden con ninguna en forma exacta. Enrojecimiento de la piel, ardor de ojos, fiebre, ampollas y úlceras, vómitos, deshidratación severa. En cualquier caso, la enfermedad se contagiaba rápidamente, "de modo que la mayoría perecía por la fiebre interior al sexto o séptimo día".

En lo que sí hay acuerdo es que la estrategia de Pericles, que buscaba empujar a los enemigos al mar, donde los atenienses eran invencibles, propició el desastre: el hacinamiento facilitó el contagio y generó un estado de insalubridad pública, especialmente entre los refugiados.

Si las costumbres sociales se habían mantenido durante la guerra, la peste las alteró. De tal modo que las personas, angustiadas y agobiadas, "pasaron a faltarles el respeto a los dioses y a los difuntos por igual", escribe Tucídides. Los muertos se apilaban en los templos, que servían de refugio. Las familias temían sepultar a sus difuntos o ya habían enterrado a muchos, y "perpetraban entierros desvergonzados". Otros arrojaban sus deudos en cualquier pira.

"Ni el temor de los dioses ni la ley de los hombres cohibían". El respeto de los derechos de los demás fue sustituido por el egoísmo y la autosatisfacción. "Por un lado, juzgaban equivalente ser piadoso o no, porque veían a todos perecer del mismo modo; por otro, nadie esperaba llegar vivo al juicio de los delitos y pagar la pena".

Tucídides subraya que la crisis desnudó males que estaban ocultos. La enfermedad persistió durante tres años, en los cuales la vida ateniense se deterioró y la autoridad de ley fue severamente erosionada. Para algunos, la democracia de Atenas nunca se recuperó de la epidemia y esta, lentamente, precipitó su colapso.

Roberto Torretti piensa lo contrario: "Antes bien, la peste puso de manifiesto la resiliencia de Atenas", anota, y su capacidad de asimilar profundas conmociones.

De todos modos, tras la muerte de Pericles, la ciudad fue gobernada por una seguidilla de líderes populistas e ineficaces. Con el fin de la guerra, diezmada y derrotada, Atenas fue dominada por el régimen de los Treinta Tiranos. La polis, que había sido el centro del mundo antiguo, comenzaba su decadencia definitiva.

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