Llegan al streaming las películas de Cristián Sánchez, el cineasta de la chilenidad surrealista

Asomado a los entresijos de la identidad local y alejado de las salas comerciales, el cine del guionista y director se ofrece casi completo en la web de la Cineteca Nacional. "Me adapto a los medios de los que dispongo. Espero que esa circunstancia no haya afectado la forma artística de las películas”, señala este discípulo de Raúl Ruiz.


No es la idea descubrir recién ahora a Cristián Sánchez Garfias (Santiago, 1951). Cuarentaisiete años después de su primer largometraje, un filme colectivo realizado como trabajo de egreso de la Escuela de Artes de la Comunicación de la U. Católica (la semiterminada Esperando a Godoy), su trayectoria es una de las más trascendentes y consistentes en la historia del cine chileno. Una carrera que nació al alero de Raúl Ruiz, su maestro en la EAC-UC y a cuyo cine dedicó un libro (Aventura del cuerpo), pero que desde temprano supo recorrer vertientes propias, como revela el largo camino que va de Vías paralelas (1975, en codirección con Sergio Navarro) a Date una vuelta en el aire (2018-20, el primero de sus “Cuentos del aire”), cinta que ya está lista y será exhibida, cuando la situación sanitaria lo permita, en la Cineteca Nacional.

No es la idea, entonces, pero debe pasarle a la mayoría, tratándose de un cineasta que nadie va a encontrar en Netflix ni en salas comerciales. Un realizador más bien subterráneo, en torno al cual se ha desarrollo un fandom entusiasta -un cierto “culto”-, pero que no es ajeno al Chile de a pie ni al Chile popular (más bien lo contrario). Mucho menos al Chile profundo, a ese país leve y poético, a ratos naturalista y/o surreal, donde las cosas pueden o no querer decir lo que están diciendo.

Pero en tiempos de encierro, ya no hay excusas: en copias de calidad que dan cuenta de muy diversos materiales de filmación, hoy está disponible en la web de la Cineteca (ccplm.cl/sitio/el-cine-de-cristian-sanchez/) una oncena de títulos de Sánchez. Cortos y largos. Casi toda su filmografía, incluyendo filmes como El zapato chino (1976-79), Los deseos concebidos (1982, seleccionada en la Berlinale), Cautiverio feliz (1998, el primer largo hablado mayoritariamente en mapudungún) y Tiempos malos (2008-2013). Hasta hay inéditos, como el cortometraje Susana, una “volada” que se grabó en video el año ’78, sobre un jovencito bien que fuerza su entrada nocturna a la pieza de una joven empleada puertas adentro. Ahora, 42 años después, permite descubrir un mundo que se fue, aunque nunca del todo.

Los deseos concebidos (1982) fue seleccionada en el Festival de Berlín.

El atractivo del encierro

La web que alberga hoy estas películas incluye, además de un documental ad-hoc, un video introductorio donde el guionista y director –también académico y téorico- invita a los cibernautas a pasear por su filmografía, así como a cuidarse y a cuidar al resto del coronavirus. Por eso, termina poniéndose una mascarilla.

Sánchez hizo la grabación en su casa, donde el encierro que hoy permite a miles descubrir su cine parece dialogar con los encierros que él mismo ha convertido en tema o trasfondo de sus películas. Por de pronto en El zapato chino, donde un taxista encarnado por Andrés Quintana –su desaparecido “actor fetiche”- llega a enclaustrarse en la maleta de su propio taxi.

“Me han rondado algunas sensaciones que, al contrario de muchas personas que sufren por el encierro, me resultan extremadamente atractivas, diría que hasta placenteras”, comenta el cineasta. “Quizá sea un impulso de aceptación de los límites, los más estrechos incluso, para encontrar una forma de felicidad impensada”. Estar confinado, añade, “inevitablemente abre tu percepción a aspectos habitualmente imperceptibles, donde es posible descubrir afectos desconocidos para ti mismo”.

¿Qué significa para usted el haber sido de los pocos que hicieron largometrajes en Chile durante la dictadura?

Hice las películas que pude hacer sin pensar en sus repercusiones. Fue un acto de resistencia artística, más allá de la circunstancia política, pensando en que pudieran sobrevivir en el tiempo. Al parecer, eso ocurrió.

Considerando lo que tienen en común, ¿cómo conecta su filmografía con la de Ruiz (la chilena, al menos)? ¿Ve ahí un hilo antropológico-ladino?

Hilo es la palabra: hay un hilo secreto que permite conectar los fragmentos de un cuerpo desperdigado que va componer un espacio de lo propiamente chileno. Pero esa composición se efectúa de manera distinta. El hilo es el mismo, pero los fragmentos cambian porque se conectan de forma diferente. Para Ruiz, es la imagen-simulacro, determinada por las potencias de lo falso. Para mí, que estoy en la otra cara de la moneda, es la imagen-fantasma, dominada por un devenir imperceptible.

Que sus producciones hayan sido realizadas con pocos o muy pocos recursos, ¿en qué medida condiciona los resultados?

Me adapto a los medios de los que dispongo. Espero que esa circunstancia no haya afectado la forma artística de las películas. Susana se grabó en ¾ Umatic con un equipo técnico mínimo, en un día y medio. Date una vuelta en el aire es el resultado de un taller de dirección para actores. También existe La promesa del retorno, grabada a mediados de 2018 [en el Museo de Arte Colonial de San Francisco] y posproducida en 2019.

Sebastián Lelio, un admirador de sus películas, dijo hace un par de años que temía la muerte del erotismo en el cine. ¿Qué piensa al respecto, considerando las vueltas que sus películas dan a temas como el deseo?

Quizá Lelio tenga razón, o quizá el erotismo ya murió. El erotismo ligado al éxtasis y a lo sagrado, tal como lo piensa Bataille, por ejemplo. No lo sé. Sin embargo, el deseo como acontecimiento esencial de mis películas implica la afirmación de una potencia de vida, la de colmar la capacidad de afectar y de ser afectado. El erotismo, incluso el vinculado al éxtasis o a lo sagrado, es una parte del deseo como potencia.

¿Cómo instalaría su propuesta en el marco del cine chileno? ¿Qué relación tiene con el medio?

Creo que ya estoy instalado en el cine chileno. Mi relación es de fraternidad y colaboración, en tanto sigo, también, haciendo clases y escribiendo ahora un tratado de dirección cinematográfica que explica métodos de puesta en escena y découpage que, espero, sirva a muchos cineastas talentosos que no puedan pagar estudios regulares de cine.

¿Cómo le parece que lo ven?

Muchos cineastas de las nuevas promociones consideran enormemente mi cine y me han hecho saber que constituyo una inspiración y un ejemplo para desarrollar sus propios trabajos. Es algo que me emociona y me llena de orgullo.

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