Patricio Guzmán, documentalista radicado en Francia: “Dentro de tres semanas voy a ir a Chile. Vamos a filmar el plebiscito”

Desde París el realizador habla de La cordillera de los sueños, que el próximo sábado tendrá su avant première digital chilena. El 25 de octubre, anuncia, “vamos a estar junto a lo que ocurre, a la gran puerta que se abre” en el país.



Cuando se supo que la pandemia imposibilitaría el estreno en salas chilenas de La cordillera de los sueños, prevista para el 12 de abril pasado, Patricio Guzmán le contó a Culto que su vida en París era “como un domingo eterno”: en la ciudad donde ha vivido la mayor parte de su vida, el documentalista veía calles permanentemente vacías, “lo que resulta raro en una ciudad así, donde todo siempre fluye y corre”.

El coronavirus causaba estragos y Guzmán asumía las limitaciones a casi toda actividad humana, incluida la suya. Casi medio año después las autoridades francesas, tras relajar considerablemente las medidas sanitarias, han vuelto a endurecerlas en ciudades donde los contagios se salen de control. Pero en París, cuenta hoy el cineasta, la vida es distinta: “Se ve que la gente está más contenta. Hay un deseo de salir a tomarse un café, de conversar, de quedarse hasta tarde en la noche en algún restaurante”. La vida es como antes, sintetiza, “pero todo el mundo anda con mascarilla”.

Por último está el cine, su cine, que no se ha detenido. La crisis sanitaria no canceló la exhibición de La cordillera de los sueños, que forma una celebrada trilogía con Nostalgia de la luz y El botón de nácar, pero sí a reformularla: el próximo sábado 26, a las 20.30, el filme premiado en Cannes 2019 tendrá su estreno digital en Chile (entradas en Puntoticket.com).

Tiene claro Guzmán que no son términos óptimos para un festín visual como el de las imágenes aéreas que el filme ofrece de unos Andes ignotos y misteriosos, pero le alegra que pueda verse: “En vez de interrumpir completamente el desarrollo del cine y de otras artes, lo mejor es adaptarse a las nuevas posibilidades que se abren, y está muy bien lo que ocurre. No es ideal, pero, bueno, no se puede hacer otra cosa”.

Para todos los efectos su cine, el documental, “es más pequeño, hace más fácil sortear las dificultades, es un cine que se escabulle”, piensa el realizador. Y si en octubre de 1972 abandonó con 31 años el rodaje de Manuel Rodríguez para registrar calles y asambleas en La respuesta de octubre -incluida más tarde en La batalla de Chile-, pronto dejará la seguridad de su vida parisina para salir, a los 79, a rodar de nuevo: “Dentro de tres semanas voy a ir a Chile. Vamos a filmar el plebiscito [del 25 de octubre] y vamos a estar junto a lo que ocurre, a lo que está pasando, a la gran puerta que se abre”.

¿Qué va a hacer con ese material? Dice que aún no lo sabe porque, pero tiene la convicción de que “el gran acontecimiento ya está ahí, y eso es lo que vamos a presenciar”.

“Un lento despertar”

“Mi deseo es que este país recupere su infancia y su alegría”, dice en off el director al cierre de La cordillera de los sueños, y la frase se lee distinto tras el 18-O. No por profética, aun si algo de eso observa Guzmán: “Cuando terminé la película, no había un índice de lo que iba a ocurrir. La película anuncia un poco lo que va a ocurrir, pero de manera tentativa, y no lo digo yo, sino mi personaje principal [el documentalista Pablo Salas]. Hay veces en el documental, y también pasa en el ensayo o la novela, en que uno se puede adelantar a algunas circunstancias sin saber por qué, y eso nos pasó en esta película”.

La cordillera de los sueños cierra una trilogía asociada a la geografía chilena. ¿Cómo concibió originalmente este tríptico y cómo lo lee ahora?

Al principio, lo que más me llamó la atención fue la cordillera, no sólo frente a Santiago, sino sobre todo en el norte: siempre me pareció que el paisaje del norte, con los grandes volcanes, era un tema apasionante de filmar, muy hermoso, y por ahí comenzó la primera parte de la trilogía: filmando en el desierto las montañas y sobre todo los pequeños detalles que ofrece el desierto. Uno avanza por la tierra, por la arena, por esa especie de costra de humedad y de sales que hay ahí, y es extraordinario lo que uno encuentra como objetos fotogénicos para poder filmar. Después vienen las ciudades, las tumbas, las huellas de los hombres y, finalmente, uno se encuentra con los observatorios astronómicos, que son espectaculares.

Filmar en ese territorio amplio, enorme, es un tema documental espléndido porque las cosas son una gran metáfora de Chile, de su historia. Del mismo modo, el agua que rodea prácticamente todo Chile es también el centro de la gran tragedia de haber lanzado cuerpos al mar por parte de Pinochet. Todo eso va conformando una historia.

Y está la cordillera…

Es la pared que tiene Chile, es la muralla que hay a un costado de Chile, y siempre llama la atención: ¿Qué habrá detrás? ¿Será muy gruesa? ¿Cuándo tardaría uno si la atravesara a pie? Y este misterio, esta especie de parapeto que tiene Chile por un costado, que lo defiende y lo aísla a la vez, siempre me gustó, pero es el más difícil. Es una repetición constante de lo mismo. Por eso era más complicado estructurar un documental.

El 11 de septiembre de 1973 juega un rol muy importante en su cine, pero pocas veces ha sido tan transparente respecto de lo que significó para Ud. ¿Qué lo llevó a ahondar en este punto?

Tal vez sea una cuestión de edad o de madurez, o simplemente un cambio de actitud: mientras más tiempo pasa, se me hace más presente el golpe de Estado. Lo que pasó y lo que significó. Lo que hoy está pasando en Chile, esta especie de volcán que explota, que estalla, que hace que el gobierno esté completamente desprevenido frente a la situación general, esta búsqueda que Chile hace por sí solo, no es más que un eco profundo y lejano de aquel golpe de Estado.

Digamos que hoy se persiguen otros propósitos, hay otros caminos que seguir, que abrir, pero en el fondo está la rebeldía de un pueblo que no se deja llevar completamente por un régimen caduco, desequilibrado, que es el neocapitalismo a fondo: la gente se da cuenta, se rebela y descubre que el futuro es más luminoso que lo que nos han dicho. Y, bueno, seguimos en lo mismo, pero hay un lento despertar, un lento camino hacia la libertad, hacia un futuro mejor que Chile se propone continuar. Eso me parece estupendo.

Con excepción de un vulcanólogo, los entrevistados de su película son del ámbito de la creación (entre otros, Francisco Gazitúa, Javiera Parra). ¿Qué lo llevó a ellos? ¿Una coincidencia entre esas visiones y la suya?

Tal vez. No estoy seguro. Yo me acerqué a ellos porque tenían relación con los cerros, porque viven alrededor o porque son escaladores, y en el caso de Pablo [Salas] es alguien que ha pasado la vida filmando al pie de la cordillera. Entre todos logramos una aproximación a Chile y a esta montaña que nos mira.

¿Tiene hoy más claro que en abril pasado el rumbo que seguirá su trabajo?

La verdad es que no tengo nada claro. Lo que sí está claro es lo que pasa en Chile: el proceso que se ha iniciado, que es espectacular, es el que voy a tratar de filmar a mi manera, mientras esperamos que se abra la cortina para entrar al escenario y empezar. A veces el documental inventa anécdotas o pone en escena paisajes, pero otras veces la realidad es tan fuerte que engulle al documental, se lo traga. Y creo que lo que hay que hacer ahora es filmar este proceso insólito que está ocurriendo. Cuando se pueda votar, va a explotar una nueva dimensión chilena que va a llamar la atención de todo el mundo. Ahora todos están preocupados de la pandemia, pero cuando venga lo de Chile va a ser extraordinario: un momento de lucidez en el continente.

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