Columna de Hervi: Quino y el ceviche

"Lamento no haberlo visitado en estos últimos años, en Mendoza. Adiós querido amigo, hasta la vista, gracias por todo".



Cuando conocí personalmente a Joaquín Salvador Lavado Tejón, él ya era popular en todo el mundo por su seudónimo, con el que firmaba un océano de sorprendentes dibujos humorísticos: Quino. Desde luego, lo conocía de mucho antes por su colaboración en revistas y periódicos argentinos que llegaban a nuestro país. Y, muchos años después, por su participación en la revista El Pingüino, que hacíamos con los hermanos Vivanco y Pepe Palomo. Por ese entonces ya estaba publicando su creación más famosa, Mafalda, en el diario chileno Puro Chile. Entretanto, producía muchos libros con su aguda visión satírico-trágica del mundo. A fines de los años 80, lo contacté para que colaborara en la revista El Humanoide, que hacíamos con el periodista Hernán Millas. Su página de agudo humor y dibujo sorprendente era un lujo.

En uno de aquellos encuentros en Chile organizado por la embajada argentina estuvo en mi casa, invitado a degustar un ceviche, plato por entonces muy apetecido por ellos, especialmente los de Mendoza, tan lejos de los frutos del mar. La charla fluía amena, acerca de todo y de nada en especial, pero sí de su visión escéptica del planeta al que no quiso traer hijos, excepto los dibujados. Era hijo de españoles que habían llegado a la Argentina antes de la Guerra Civil. Mucho después le tocaría huir de otra pesadilla, la dictadura argentina, que prohibió la circulación de Mafalda por subversiva. ¡Cómo se iba a imaginar esa enana alérgica a la sopa que sus comentarios podían ser peligrosos para la estabilidad de un país!

La charla seguía entretenida y apacible entre aperitivos y picoteos, a la espera del ceviche prometido, cuando llegó el chofer de la embajada argentina, apurando al hombre: faltaban 45 minutos para que saliera el avión. Adiós ceviche, para otra vez será, hay que correr. A 140 kilómetros por hora, llegamos justo a tiempo.

Prometimos guardarle el plato para un próximo viaje. Estuvo congelado por un par de años, recordándonos esa conversación interminable. Pasó a ser más que un fetiche, que le comentábamos por teléfono o por correo, mientras vivía en Milán. Nunca se dio la ocasión de descongelarlo. Lamento no haberlo visitado en estos últimos años, en Mendoza. Adiós querido amigo, hasta la vista, gracias por todo.

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.