Una tarde con los Barclays

Un relato de Jaime Bayly.



Era un domingo por la tarde. Barclays estaba durmiendo la siesta, desnudo. Su esposa Silvana, veinte años menor que él, lo despertó, acariciándole suavemente la frente:

-Mi amor, ha venido tu hija Patricia.

Barclays dio un respingo y recordó que había citado a Patricia a las cinco en punto de la tarde. Miró su reloj. Eran las cinco y diez.

-¿Ha venido sola o con su novio? -preguntó.

-Con su novio -dijo Silvana.

Barclays no conocía al novio de su hija. Solo lo había visto en unas fotos que su esposa Silvana le había mostrado. Llevaba casi un año sin ver a Patricia. La había visto por última vez en diciembre, en vísperas de las navidades.

-Bajo enseguida -dijo.

Patricia y su novio habían llegado de visita desde Nueva York, donde vivían. Barclays los había invitado, a sugerencia de su hija, quien le había dicho que tenía ilusión de pasar unos días en la isla de Key Biscayne, donde vivían Barclays y Silvana:

-Estoy saturada de Nueva York. Necesito irme unos días. Todas mis amigas están en Key Biscayne. Me gustaría visitarlas.

Encantado de ver a su hija y al novio de esta, Barclays les envió los boletos aéreos en ejecutiva y los hospedó en el mejor hotel de la isla, para darles la privacidad y comodidad que ellos deseaban.

Como era un domingo y acababa de despertar de la siesta, Barclays se puso unos calzoncillos y una bata gruesa de algodón, calzó unas sandalias sin despojarse de las medias gruesas que usaba para dormir, deslizó en los bolsillos de su bata blanca dos o tres cosas furtivas para jugar con su estado de ánimo y bajó por las escaleras a paso lento, distraído.

En una de las salas de su casa, Silvana, su esposa, conversaba con Patricia y el novio de esta, Charles, todos con mascarillas puestas.

-No te has puesto mascarilla -le dijo Silvana a su esposo.

-Mil disculpas -dijo él.

Silvana le colocó una mascarilla a su esposo. Luego Barclays abrazó a su hija Patricia y al novio de esta, Charles. Patricia era alta, rubia, guapísima. Parecía una modelo. Charles era alto, delgado, guapo. Tenía un aire tímido y una mirada inteligente, como de gato sigiloso.

Todos con mascarillas, se sentaron a prudente distancia unos de otros.

-Papá, se te ven los calzoncillos -le dijo Patricia a Barclays.

-Lo siento, mi amor -dijo Barclays-. Quiero estar cómodo. No te olvides que tú has salido de mi bolsa testicular. Allí se originó tu vida. Así que no tengas vergüenza de mis higos secos.

Patricia y Charles se miraron, risueños. Ya Patricia le había dicho a su novio que Barclays, su padre, estaba medio loco.

-¿Y tú a qué te dedicas, papichulo? -le preguntó Barclays a Charles.

Quiso usar esa palabra, “papichulo”, para romper el hielo. Pero Silvana le dijo:

-Mi amor, habla bonito, por favor.

-Soy abogado -dijo Charles.

-¿Dónde estudiaste? -preguntó Barclays.

-En NYU -respondió el joven de veinticinco años.

Barclays se quedó mirando el techo, con aire distraído, y dijo:

-Yo estudié dos semestres en una escuela de leyes. Pero abandoné la carrera. Las leyes en mi país son una ficción. Decidí dedicarme a una ficción más noble, la de escribir novelas.

Patricia miraba a su padre con una mezcla de simpatía, curiosidad y pavor.

-¿Cómo estás, mi amor? -le preguntó Barclays a su hija.

-Bien, papá, todo bien.

-¿Cómo va tu trabajo?

-Bien, todo bien.

Patricia procuraba contarle lo menos posible a su padre porque sabía que luego él usaría todo aquello para escribir sus ficciones confesionales, torturadas.

Mientras Patricia y su novio Charles contaban por qué votarían por el candidato presidencial demócrata, Barclays sintió que la tarde se le hacía pesada, así que sacó un porro del bolsillo de su bata, se despojó de la odiosa mascarilla que no lo dejaba respirar con comodidad y les ofreció el cannabis a los visitantes:

-¿Fumamos?

-Yo paso -dijo Patricia.

-Yo también -dijo Charles.

-Yo sí me apunto -dijo Silvana.

Barclays encendió el porro, dio tres largas pitadas y se lo pasó a su esposa. Enseguida se puso de pie, la bata entreabierta, la barriga sobresaliendo con descaro, los calzoncillos blancos a plena luz del día, y dijo:

-Me muero de sed.

-Papá, estás gordísimo -le dijo Patricia.

-Sí -dijo Barclays-. Gordo y feliz. Gordo, orondo y feliz.

Barclays caminó al bar, sacó una botella de whisky, una de champagne y una de vino helado canadiense y a continuación se ocupó de servir los tragos: Patricia y su novio eligieron champagne, Silvana y él se sirvieron vino helado.

Brindaron.

-Por ustedes -dijo Barclays-. Por el amor. Por la felicidad.

Luego redobló el brindis:

-Solo les pido que no se casen ni tengan hijos.

Silvana se rio. Pero Patricia no se rio en absoluto.

-¿Por qué no quieres que me case? -le preguntó a su padre.

-Por tu bien -dijo Barclays-. Y porque no quiero pagar la boda.

Después le preguntó a Charles:

-Dime una cosa, ¿tú te cuidas, usas un condón? ¿O eres como yo, y lo dejas todo en manos de Dios?

Patricia miró a su padre con furia asesina. Charles se rio de buena gana y respondió:

-Nos cuidamos.

-Más te vale -le dijo Barclays-. Más te vale. Si dejas embarazada a mi hija, irán a buscarte mis matones.

-¡Amor, deja de hablar huevadas! -se indignó Silvana.

Pero, por suerte, Charles se rio: parecía disfrutar del humor ácido del anfitrión.

Tras beber su vino helado, Barclays sacó del bolsillo de su bata un gotero de Rivotril y se administró cuatro gotas en la lengua, a vista y paciencia de los visitantes. Luego se puso de pie, la panza prominente, los calzoncillos largos, y le dijo a su hija:

-Saca la lengua, Patricia.

-Papá, eres un papelón, por Dios.

Sin embargo, ella obedeció y Barclays le dejó caer cuatro gotitas en la lengua. Lo mismo hizo con Charles. Silvana no quiso administrarse el Rivotril.

Poco después, Barclays les preguntó a Patricia y a Charles:

-¿Cómo están de plata?

Patricia se apresuró en responder:

-Muy bien, papá. No te preocupes.

Pero Barclays, incorregible, tenía que hacer su exhibición de poder: sacó su chequera y un bolígrafo, le escribió un cheque a su hija y se lo entregó, con un beso en la frente: a esas alturas, ya todos se habían quitado las mascarillas para beber champagne y vino helado.

-¿Tú cómo estás de fondos, papichulo? -le preguntó al novio de su hija.

-Ningún problema -dijo Charles-. Todo bajo control.

Barclays le preguntó su apellido, le escribió un cheque generoso y le dijo:

-Acá te dejo un dinerillo para que compres tus condones, tu maquillaje y tus toallas higiénicas.

Todos soltaron una carcajada. Charles recibió el cheque con agrado.

-Me has caído bien -le dijo Barclays al joven abogado-. Espérame. Voy a bajarte unos regalitos.

Silvana miró consternada a su esposo:

-Y ahora, ¿qué carajos le va a regalar? -pensó.

Barclays subió a su habitación, entró en su closet y sacó tres prendas para Charles, que le había caído muy bien: una camisa Tom Ford que ya no le quedaba porque había engordado mucho, una chaqueta de cuero negro Saint Laurent que había comprado en París y una campera liviana Burberry que le quedaba apretada. Bajó, sintiéndose muy generoso, casi un filántropo, y le entregó las prendas a Charles, al tiempo que le dijo:

-Pruébatelas, a ver si te quedan, a ver si te gustan.

-¡Cómo le vas a regalar ropa usada a Charles! -protestó Silvana.

Patricia, por su parte, miraba todo con absoluta perplejidad.

-¡No está usada! -dijo Barclays-. ¡Está como nueva! ¡Y me costó una fortuna!

-¡Mentiroso! -le dijo Silvana-. ¡Yo te compré esa camisa y esas casacas!

Patricia se relajó, riéndose, mientras su novio se probaba la ropa de Barclays y sentenciaba:

-Me encanta. Me queda todo perfecto.

-Te queda perfecto porque eres flaco. Y eres flaco porque tienes veinticinco años -observó Barclays.

Luego prosiguió:

-Espérate a que tengas cincuenta y cinco, como yo. Ya verás que seguir siendo flaco es imposible.

Patricia comentó:

-Quizás si no fumaras tanto cannabis, no comerías tanto, papá.

-Puede ser -dijo él.

-¡Cómo se te ocurre regalarle ropa usada a Charles! -le dijo Silvana a su esposo-. ¡Eres un desubicado, eso no se hace!

-Relájate, mi amor -dijo Barclays-. Estás muy tensa. Échate unas gotitas de Rivotril.

Pero Silvana odiaba el Rivotril porque la deprimía y le daba temblores.

Barclays se puso de pie, sacó la panza enhiesta y anunció:

-Voy a hacer el salto Charly García.

-Oh no -dijo Silvana-. Va a saltar de su balcón a la piscina.

-¿Es peligroso? -preguntó Patricia.

-No, en absoluto -dijo Barclays.

Luego subió al segundo piso, mientras su esposa, su hija y el novio de esta salieron a la terraza, para presenciar el salto intrépido del dueño de casa, quien lo llamaba “el salto Charly García”, en alusión al músico argentino del mismo nombre, que, veinte años atrás, en un hotel de Mendoza, Argentina, había saltado desde el piso nueve hasta la piscina, sin lastimarse: en el caso de Barclays, solo tenía que saltar desde su balcón del segundo piso, lo que parecía bastante menos arriesgado.

Encantado de que todas las miradas se posaran sobre él, sintiéndose un divo incomprendido, Barclays se despojó de la bata, las medias, las sandalias, se persignó, pronunció una plegaria por su alma y gritó:

-¡Adiós, mamagüevos! ¡Adiós, soplapollas!

Enseguida saltó con las piernas abiertas y cayó en el centro mismo de la piscina, mientras su esposa, su hija y el novio reían a carcajadas.

Barclays salió de la piscina, sintiéndose un héroe.

-Papá, se te han salido los calzoncillos -le dijo su hija Patricia.

Barclays soltó una risotada impúdica al verse desnudo, orondo y desnudo, y volvió a la piscina, sumergiéndose para buscar sus calzoncillos.

-Mejor ya nos vamos -le dijo Patricia a su novio.

-¡Nadie se va! -dijo Barclays, tras ponerse los calzoncillos-. ¡Tenemos una torta de chocolate exquisita! ¡Vamos a atacarla!

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