Mínimo conocimiento de París: un relato de Jaime Bayly

Nada obliga a Barclays a viajar, salvo que es agosto, hace un calor insufrible y tiene unos días de vacaciones. Pero bien podría quedarse en casa, con su familia, con su perro, con su gata. A riesgo de infectarse de la plaga, elige viajar.



En vísperas de partir, Barclays se pregunta: ¿Estaré siendo temerario, imprudente? ¿Será este un viaje suicida? ¿Viajaré a la enfermedad, a la agonía, a la muerte, cuando bien podría quedarme en casa?

Nada obliga a Barclays a viajar, salvo que es agosto, hace un calor insufrible y tiene unos días de vacaciones. Pero bien podría quedarse en casa, con su familia, con su perro, con su gata. A riesgo de infectarse de la plaga, elige viajar. Consciente de que podría contagiarse y entonces no poder volver a casa mientras el virus colonice su cuerpo y monte pérfido campamento en sus pulmones, elige viajar.

Barclays no ha conseguido ser feliz en París y tal vez por eso persevera en el empeño, a ver si hay suerte esta vez. Quiere sacarse el clavo: quiere demostrarse que no es imposible ser feliz en esa gran ciudad.

Fracasó con su primera esposa en París, a pesar de que ella era medio francesa, venía de un novio francés que se cortó las venas (pero no se mató) cuando ella lo dejó para estar con Barclays y hablaba perfectamente la lengua francesa. Fracasó porque estaban de luna de miel y las expectativas de felicidad eran demasiado elevadas. Fracasó porque él quería ser un artista (incluso un artista fracasado) y ella quería que él fuese un político. Fracasó porque él quería llevarla a discotecas gays para seducir juntos a mancebos de belleza afeminada y ella decía que aquello era depravado, inmoral (“¡pero todos los placeres franceses son inmorales!”, decía él). Fracasó, en suma, porque estaba condenado a fracasar.

Como volvió a fracasar cuando regresó con un novio que no hablaba francés, que era víctima de la moda, que se quejaba de todo y no quería salir a caminar porque era marzo y hacía mucho frío, un novio que odiaba ir a los museos porque decía que había mucha gente que olía mal y que detestaba ir a los campos de fútbol pues decía que eran una vulgaridad, una grasada, y que tenía alergia a hacerse fotos en los lugares turísticos más obvios porque le parecía una costumbre ordinaria, plebeya.

Como siguió fracasando Barclays en París cuando viajó a solas, por razones literarias, o por razones sentimentales (confundirse con una francesa-argelina que había conocido en Nueva York, en el hotel Plaza, y que le hacía el amor sin que él se moviera, como una odalisca sibilina haciendo contorsiones sobre él), y comprendió que, sin sicotrópicos, sin narcóticos, sin hipnóticos, y sin la posibilidad de conseguirlos legalmente o con la ayuda de algún conserje, le resultaba imposible ser feliz en París, porque no podía dormir lo que merecía dormir un buen hombre.

Barclays llegó entonces a la triste conclusión de que no había nacido para ser feliz en París, para enamorarse en París, para iluminarse en París. Esta es una ciudad que me deprime jodidamente, se dijo, descorazonado, así que no volveré más, ya estuvo bueno de darme golpes contra ella: en la ciudad de las luces se me apagan todas las luces, sufro un apagón.

Pero ahora, sin que nadie lo obligase, estaba abordando el vuelo de Air France, acompañado de su esposa y su hija, encantadas ambas de arrojarse a la aventura. Esta vez, sin embargo, Barclays viajaba con un pequeño maletín de visitador médico, una suerte de botica en miniatura, una miríada de pastillas de toda índole para jugar con su estado de ánimo y dormir profundamente a cualquier hora, todo por supuesto recetado por su médico de confianza, el doctor Fernández, que sabía que Barclays estaba loco de atar y por eso había que doparlo como a un caballo de carrera antes de la competencia.

Mientras las mujeres de su vida dormían plácidamente, sin mascarillas, como dormía casi toda la cabina del avión, amotinada contra la opresión de las mascarillas, Barclays veía una película tras otra, cuatro películas en total, dos de ellas francesas, y la mejor de todas, argentina, inspirada en el asalto a un banco de Buenos Aires, robo que ocurrió cuando Barclays vivía en esa ciudad, en ese barrio, Acassuso, a pocas cuadras del banco.

En el taxi camino al hotel, después de los tormentos inevitables en el aeropuerto, que no parecía ya el aeropuerto de París, sino uno del Medio Oriente o de África, por la behetría bulliciosa que lo tensaba y alborotaba, con mujeres de mirada esquinada tras el turbante y niños famélicos llorando a gritos, Barclays le dijo a su esposa:

-París me recuerda todo el tiempo a Buenos Aires: es lo que Buenos Aires podría ser y no fue, es lo que Buenos Aires será algún día.

A pesar de la decadencia argentina, a pesar de sus políticos charlatanes, a pesar de su moneda envilecida, a pesar del avance de los canallas, Barclays sueña con volver a Buenos Aires, una ciudad en la que, a diferencia de París, ha conseguido ser feliz sin ningún esfuerzo, una ciudad en la que extrañamente se siente en casa, como si hubiese vivido allí en una de sus vidas anteriores, cuando era una mujer disoluta.

Debido a la pandemia, hay muy pocos turistas en París. No hay un solo turista oriental. No hay turistas europeos. No hay turistas latinoamericanos. Hay muy pocos turistas que, como los Barclays, vienen de los Estados Unidos, mostrando que ya están vacunados, pues de otro modo no se les permite viajar. Pero se habla de la variante delta causando estragos en Europa y por eso los restaurantes en París, no digamos ya los hoteles, sólo admiten a personas con un carné que acredite que están plenamente vacunadas contra la plaga.

Gracias a la moderada canícula de agosto, se puede caminar sin sufrir las inclemencias del tiempo: no hace frío ni siquiera en la noche, no llueve, sopla una brisa fresca, parece primavera, el tiempo ideal para recorrer andando la ciudad y tomarle el pulso, sentir su energía, rendirse a ella, como se rinde el amante al cuerpo que desea. Dado que Barclays conoce bien los museos, los parques y los jardines turísticos más obvios, y dado que no quiere agobiar a su esposa y su hija con visitas extenuantes a los museos de toda la vida, traza rutas más o menos clandestinas, diseñadas para conocer París desde la mirada del caminante inquieto, curioso. Las lleva entonces a los barrios bohemios, a los barrios de artistas, a los barrios gays, el París de Cortázar y Vargas Llosa, de Wilde y Hemingway, de Sartre y Simone de Beauvoir. Las lleva a parquecitos escondidos, como el Square Barye, en la isla de Saint-Louis, y a los puentes más lindos sobre el río Sena (recuerdan esa película genial, “Los amantes de Pont-Neuf”), y a las callejuelas que se angostan tanto que ya sólo pasan peatones con sus mascotas, y a las casas de Victor Hugo y Balzac. Evitan, en lo posible, el circuito turístico oficial. Procuran conocer el revés de la ciudad, su lado B, la zona todavía no invadida por los ejércitos bárbaros de turistas y los regimientos de narcisos pusilánimes tomándose una foto más.

Ya de noche, a la hora de cenar, visitan los hoteles que ha elegido Barclays, los clásicos establecimientos de París: allí donde María Antonieta tomaba clases de piano y fue guillotinada; allí donde se alojaba Chaplin; allí donde la princesa Diana bebió sus últimas copas, sin presentir que la muerte la emboscaría en un túnel; allí donde los nazis hicieron uno de sus centros de operaciones; allí donde ahora se ha instalado Messi, dios de nuestro tiempo, gloria eterna a él; allí donde el obispo Hervey de Bristol, pope del lujo y el refinamiento, que se decía agnóstico, dormía en París, diciendo:

-Dios creó a los hombres, a las mujeres y a nosotros, los Herveys.

Pero lo mejor de París no está en las calles ni en los parques ni a la orilla del río: lo mejor, el placer más sereno e imprevisto, está bajo techo, en el hotel donde se alojan, una piscina muy grande, climatizada, raramente visitada por algún huésped, con música relajante debajo del agua. Esa gran piscina temperada, que no existía antes y ha sido construida en el subsuelo del hotel, es un bálsamo para el caminante fatigado, que regresa con los pies adoloridos y la ropa impregnada de sudor, tras andar por la ciudad durante horas. De pronto, nadando, oyendo la música, afinado su estado de ánimo con los sicotrópicos más convenientes, Barclays descubre que, por vez primera en su vida errante, ha conseguido ser feliz en París: lo es porque está dopado, bien dopado; lo es porque se encuentra deslizándose en una gran piscina, mientras sus mujeres descansan en las perezosas, mirando sus celulares; lo es porque la calidez del agua disuelve los recuerdos torturados, espanta a los fantasmas, sosiega los rencores; lo es porque, nadando de espaldas, braceando con pareja morosidad, oyendo la música subacuática, mirando los frescos azulados del techo, se siente en una olimpíada para los bobos, los holgazanes y los tarados, y siente poderosamente que está ganando la medalla de oro en esa olimpíada para todos los inhábiles de este mundo. Es decir que la piscina del hotel le recuerda a Barclays que es un perdedor, un feliz perdedor, y en ese momento descubre que, despojado de la ambición y la codicia que son venenos, reducido a su mínima expresión humana, refrenado por las dosis correctas de sicotrópicos, era posible, después de todo, ser feliz, brevemente feliz, en París.

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