¿Cómo era Machu Picchu cuando Los Jaivas tocaron su mítico disco en 1981?

Los Jaivas no eran el conjunto de naturaleza legendaria que conocemos hoy, pero la ciudadela inca tampoco era uno de los polos arqueológicos y turísticos más impresionates del planeta: no tenía horarios ni accesos controlados, se podía acampar y caminar con libertad total. Claudio Parra incluso se ponía a tocar piano en la soledad de la noche, sin ninguna mirada ajena.



Los Jaivas no eran Los Jaivas.

“O sea, cuando estábamos haciendo Alturas de Machu Picchu, aún no éramos Los Jaivas que habían creado Alturas de Machu Picchu. No teníamos el estatus que adquirimos después. No hay que imaginarse que éramos lo que somos ahora”, intenta explicar el fundador y tecladista Eduardo Parra en torno a una tesis lógica pero atendible: a partir de ese álbum de 1981, la banda chilena consolidó un lenguaje propio y adoptó finalmente su estatura artística definitiva.

De hecho, hoy ni siquiera recuerdan con exactitud precisa cuándo fue la fecha de salida del trabajo.

“No nos acordamos porque era un disco que salió nomás, cuando lo grabamos no estábamos pensando que estábamos haciendo nuestra gran obra o una obra maestra, para nada. Salió como sale cualquier disco de cualquier grupo”, admite ahora Claudio Parra, recalcando que el estatus del conjunto, aunque importante, por ese entonces no era legendario. Y agregando que se ha llegado a cierto consenso en que Alturas de Machu Picchu se editó las dos primeras semanas de octubre, bajo el olvidado sello SyM -quizás otra señal de que era una producción cuya trascendencia nadie avizoraba-, propiedad del dúo nacional Sonia y Myriam, y especializado en editar nombres independientes o alternativos.

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Pero si Los Jaivas no eran Los Jaivas tal como los conocemos, las ruinas de Machu Picchu tampoco eran el sitio colosal convertido en uno de los más impresionantes destinos turísticos del planeta. Era un lugar de atractivo considerable, pero que aún no alcanzaba su propio olimpo.

Los primeros acercamientos de investigadores extranjeros al lugar empezaron a fines del siglo XIX, misma fecha en que comienza a aparecer en los mapas. Las primeras referencias directas sobre visitantes indican que Agustín Lizárraga, un arrendatario de tierras cusqueño, llegó al sitio el 14 de julio de 1902 guiando a los también cusqueños Gabino Sánchez, Enrique Palma y Justo Ochoa. Todos dejaron un graffiti escrito con sus nombres en uno de los muros del templo del Sol, el que fue posteriormente verificado por varias investigaciones.

Dentro de aquella trama, en 1912 entra otro actor. Hiram Bingham, un profesor estadounidense de historia interesado en encontrar los últimos reductos incaicos de Vilcabamba, oyó sobre Lizárraga a partir de sus contactos con los hacendados locales.

Fue así como llegó a Machu Picchu el 24 de julio de 1911 guiado por otro arrendatario de tierras, Melchor Arteaga. Encontraron a dos familias de campesinos residiendo: los Recharte y los Álvarez, quienes usaban los andenes del sur de las ruinas para cultivar y bebían el agua de un canal incaico que aún funcionaba y que estaba conectado con un manantial. Pablo Recharte, uno de los niños de Machu Picchu, guió a Bingham hacia la llamada zona urbana, todavía cubierta por la maleza.

Fotos antiguas del lugar.

Bingham, impresionado por un tesoro que parecía camuflado entre la maleza, gestionó los auspicios de la Universidad de Yale, la National Geographic Society y el gobierno peruano para iniciar de inmediato su estudio científico. Así, con el ingeniero Ellwood Erdis, el osteólogo George Eaton, la participación directa de Toribio Recharte y Anacleto Álvarez y un grupo de anónimos trabajadores de la zona, Bingham dirigió trabajos arqueológicos en Machu Picchu de 1912 hasta 1915, período en el que se despejó la maleza y se excavaron tumbas incas en los extramuros de la ciudadela.

Fue el minuto en que empezó la vida más pública del hito arqueológico. Su fama a nivel global. Por lo demás, en 1913 se publican imágenes, descripciones y todo el detalle de lo que existe ahí en la revista de la National Geographic.

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A partir de ahí, y con mayor intensidad en la segunda mitad del siglo XX, empieza una fase de construcción de carreteras y vías férreas, con el fin de conservar el lugar, pero también de abrirlo hacia la mirada externa de turistas y visitantes.

En los años 70, el flujo turístico se hace más elocuente con la llegada de extranjeros, pero sobre todo de peruanos interesados en conocer su propia historia. Es el contexto en que Los Jaivas se empiezan a acercar al lugar.

Aunque era observado de cerca por el gobierno como un espacio único, no tenía accesos controlados ni horarios delimitados, ni tampoco poseía la infraestructura que exhibe hoy. Incluso tenía escasa seguridad y se podía recorrer sin la necesidad de guías o personeros encargados.

Machu Picchu, Perú, 2011

El productor Daniel Camino fue el gestor del programa de TV que Los Jaivas grabaron en 1981: consiguió los permisos gubernamentales y, como amigo del escritor Mario Vargas Llosa, lo sumó como presentador. Su hermana Patricia, en contacto con Culto desde Lima, recuerda que efectivamente cuando el quinteto llegó el lugar, nada era como ahora: “No había lujos ni era algo tan difícil llegar hasta ahí. Hoy estaría absolutamente prohibido hacer lo que hicieron Los Jaivas, pero en ese tiempo te podías instalar como quisieras. Nadie te iba a decir algo. Tampoco el número de turistas era tan abrumador como todo lo que llego después. Yo hasta una vez me quedé a acampar ahí mismo, a dormir”.

Claudio Parra recuerda incluso el entramado de horarios que permitía que Machu Picchu fuera un lugar por momentos casi libre de personas. “Para llegar, había un tren desde el Cusco que pasaba a las once de la mañana y seguía hasta el interior del valle. Después, estaba de vuelta a las cinco de la tarde, entonces toda la gente antes de ese horario tenía que salir de Machu Picchu para tomarlo de retorno al Cusco. Y no había hoteles, no te podías alojar. Ni siquiera en Aguas Calientes, que eran sólo caseríos y no había nada atractivo”.

Los chilenos junto al productor Daniel Camino.

“Eso a nosotros nos favoreció mucho”, afirma el pianista. ¿La razón? “Durante las mañanas, las ruinas estaban casi vacías y podíamos ir con total libertad a cantar y ensayar. En la noche también. Yo me instalaba con mi piano y me ponía a tocar en la noche en la soledad de Machu Picchu. Solo, no había nadie más. Era alucinante”.

Los Jaivas, en efecto, alojaron en el único hotel que había en el sector y sus instrumentos fueron transportados por autos y helicópteros contratados por Camino.

En coincidencia con su escala en las ruinas incas, el sitio fue declarado en 1981 como Santuario Histórico del Perú. En 1983 ingresó a la lista de Patrimonio Cultural de la Humanidad, confeccionada por la Unesco. Mucho tiempo después, en 2007 es reconocido como una de las nuevas Siete Maravillas del Mundo moderno por votación virtual en todo el planeta.

Hasta el mundo pre pandemia, recibía cerca de 1.5 milones de turistas al año. Hoy Machu Picchu es un destino imperdible.

Al igual que Los Jaivas, que en octubre de 1981 editaron Alturas de Machu Picchu, mientras que el 8 del mismo mes se emitió por primera vez en la franja cultural de Canal 13 el especial que habían grabado con total libertad en Perú. Uno de esos momentos que servirá de estudio para los arqueólogos del futuro.

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