Sangre, azotes y figuras de terror: la Semana Santa en el Chile antiguo

Cucuruchos, personajes que participaban en la conmemoración de la Semana Santa. Gentileza: Milton Godoy.

A diferencia de nuestros días, en la colonia y en los primeros años del siglo XIX, la tradicional festividad religiosa se vivía en las calles, con solemnes procesiones que partían desde las Iglesias, pero también con rituales populares, que no estuvieron exentos de tensiones con el ideal liberal del Chile republicano. Desde ahí, han sobrevivido ritos como el Vía Crucis, el Cuasimodo y por supuesto, los huevitos de chocolate.



En un otoño perdido hacia la década de 1810, el tipógrafo estadounidense Samuel Johnston, quien se encontraba en Santiago -la capital de la naciente República de Chile- presenció una procesión. Lo que más le impactó al norteamericano fueron unos devotos, que -acompañando la imagen de Cristo- portaban unos curiosos instrumentos, de varias puntas y de las que pendían trozos de metal. Con ellos, se golpeaban en sus espaldas desnudas, haciendo brotar la sangre y dejando una estela macabra a su paso.

“Cuando vi por primera vez a estos infelices, me imaginé que cumplían penitencias que les hubiesen sido dadas por sus confesores como castigo de culpas graves –escribió Johnston en su diario–; pero supe después que se imponían ellos mismos de su voluntad semejante azotaina, con lo que dejaban puesto muy en alto su devoción, juzgándose de su santidad por la decisión y energía con que se aplicaban semejante tortura”.

Lo que vio Johnston era el paso de los llamados “Disciplinantes”, uno de los grupos que caminaban por las calles de la capital, y de todo Chile, para conmemorar la Semana Santa. En rigor, un acto que se realizaba cada Jueves Santo y tenía como nombre “La procesión de sangre”.

“La procesión de sangre comenzaba en las primeras horas de la noche apareciendo dos columnas. Una que partía desde la iglesia San Francisco, que correspondía a los indios; y la otra, procedente del templo de Santo Domingo, pertenecía a los morenos”, señala a Culto el doctor en Historia Marcial Sánchez Gaete, especialista en la historia de la Iglesia Católica.

Una procesión de disciplinantes, de Francisco Goya y Lucientes (1812–1819).

A diferencia de lo que ocurre en nuestros días, durante los tiempos de la Colonia y en el siglo XIX, la Semana Santa tenía un cariz más público, ya que se basaba más en las masivas procesiones y celebraciones populares más que el descanso en el hogar. “En la ciudades y pueblos de Chile se formaban procesiones que recorrían las calles cubiertas de flores y adornadas con arcos, cintas de colores y granadas de papel por donde se desplazaban los creyentes tras la imagen a cuyo paso, la multitud guardaba silencio y se hincaba en señal de respeto”, señala Milton Godoy Orellana, doctor en Historia e investigador del Museo regional de Atacama.

En los siglos XVII y XVIII -y hasta entrado el XIX-, la Iglesia tenía un importante rol como uno de los ejes de la vida social; su presencia era notoria en la educación, los pueblos de indios y en los momentos vitales como el nacimiento y el matrimonio. Por eso la Semana Santa se vivía con especial fervor y congregaba a un buen número de asistentes a las polvorientas calles de Santiago y Concepción, las principales ciudades de la Capitanía General de Chile. La gente podía observar la salida de diversas columnas y cofradías desde diferentes templos. Estas celebraciones comenzaban los jueves y la población se lo tomaba con un sentido sacro y serio.

“Se detenía todo tipo de trabajos y se iluminaban las iglesias -asegura Milton Godoy-. El negro predominaba en las vestimentas de los habitantes. En Santiago, según el viajero sueco Carlos Bladh ‘pesaba un silencio de muerte’, interrumpido solo por el murmullo de miles de voces y por los presos que haciendo sonar sus cadenas pedían limosna en las esquinas”.

Tras el paso de los “Disciplinantes”, cerca de la medianoche, las procesiones continuaban. “De la Iglesia de la Merced salía la procesión de la Veracruz, compuesta por los caballeros. Al día siguiente, el Viernes Santo, encontramos la procesión de La Piedad, que era organizada por la Cofradía de Santo Domingo, como también la Llamada de la Soledad, que emergía de la iglesia de San Francisco”, señala Marcial Sánchez.

Las procesiones continuaban los días posteriores, así lo detalla Sánchez: “El Sábado Santo había tres procesiones: en una participaban los encomenderos y vecinos, y era organizada por los Dominicos. Otra, de indios, salía del templo de San Francisco, y llevaban en andas al niño Jesús vestido de traje indígena. Por último, la Cofradía que salía de la Iglesia de la Compañía, en la que también participaban pueblos originarios”.

Tal como ocurría en el Chile de la época, en las procesiones los participantes se agrupaban según su procedencia social. “Las regulaciones mandaban que ‘cada uno debía mantener su lugar’, lo que se evidenciaba con claridad en las iglesias, donde solo las autoridades y la clase acomodada se sentaba, el resto se debía quedar de pie -explica Sánchez-. Por lo que se ha podido estudiar, ya en el siglo XIX el pueblo comienza a celebrar la Semana Santa con actividades donde no necesariamente estaba presente la elite, solo era necesario un sacerdote, el que siempre existió”.

Iglesia de la Merced.

El Vía Crucis y el Cuasimodo

Por esos años, también se realizaba una tradición que se ha mantenido hasta hoy: el Vía Crucis. Una instancia que fue traída a Chile por la orden franciscana, cuya iglesia -hasta hoy- se emplazaba en el centro de Santiago. “Se debe recordar que la erección y uso de las estaciones se generalizaron a fines del siglo XVII -explica Sánchez-. Se plantea que habrían sido los franciscanos los primeros en establecerlo, ya que a ellos se les concedió en 1342 la custodia de los lugares más preciados de Tierra Santa, y con posterioridad, el Papa Inocencio XI en 1686 le otorgó, a dicha orden, el derecho de erigir estaciones en sus iglesias”.

“Los franciscanos llegaron a Chile en 1553 y con ellos toda su impronta. Por tanto, el Vía Crucis fue parte de su vida devocional instalando en el territorio la costumbre para Semana Santa, aunque sabemos de la participación de todas las órdenes religiosas que se encontraban en nuestro país”, añade Sánchez.

El historiador añade que desde los tiempos de la colonia nació una tradición que hasta hoy se realiza una semana después del Domingo de Resurrección, casi como un remanente folklórico de esos primeros años de la joven nación: el Cuasimodo. “El comulgar a lo menos una vez al año se normó en el Concilio de Trento (1545-1563), lo que hizo necesario que los religiosos impartieran la comunión a los enfermos en donde estos estuviesen. El problema de ello que en países como Chile había lugares muy apartados a los que costaba mucho llegar y en viaje de por si era arriesgado, por lo que el sacerdote necesitaba de la ayuda para acceder con la comunión, de esto ya tenemos antecedentes desde el mundo colonial. Son varios los relatos de sacerdotes que acompañados por un grupo de hombres llevaban la comunión a los enfermos, eran tiempos donde los viajes eran largos, por lo que también se aprovechaba de dar primeras comuniones y confesar, a estas visitas se les empezó a conocer como misiones”.

“Con el pasar de los años era común ver que grupos de vecinos se organizaran y acompañaban al religioso, protegiéndolo de los asaltantes que podían acechar en el camino -añade Sánchez-. Del origen se le asigna la fecha de 1864 en Talagante, hecho que solo denota una organización formal de protección del sacerdote en las labores ya descritas, pero que en realidad en una actividad que viene del mundo colonial y que perdura hasta nuestros días”.

Andacollo, 1836. Atlas de la historia física y política de Chile / por Claudio Gay. París : En la Imprenta de E. Thunot, 1854.

De Matagallinas a Cucuruchos

Pero las procesiones no eran la única forma de celebración, también hubo expresiones populares que mostraban otra faceta de las festividades. “La celebración de Semana Santa en Chile tradicional constituía un complejo espacio social en que coexistía la percepción del cristianismo doliente y el cristianismo festivo”, explica Milton Godoy, quien se ha especializado en investigar festividades populares en la zona del norte chico, que entre otras incluyen celebraciones como la Virgen de Andacollo.

Por ello, en esa zona las ceremonias tenían otro cariz, que las emparentaba con otras fiestas populares que abundaban en el calendario civil, como las fiestas patrias. “Su religiosidad se manifestaba mixturándola con expresiones de alegría, goce y fervor, que definitivamente provocaba grandes diferencias con las celebraciones en Santiago. Estas tendían a profundizase y aumentar en los pequeños poblados del Norte Chico, donde la presencia de la Iglesia era menor y predominaba un ambiente de expresiones autónomas y propias del mundo popular. Esto no significa que las penitencias estuvieran erradicadas; persistían, y aún lo hacen en las festividades en Chile”.

Por ello, Godoy menciona algunos detalles que muestran cómo la cultura popular adaptó la celebración. “Las expresiones de fervor religioso se mezclaban con representaciones de toros, figuras confeccionadas en papel imitando a este animal en el interior del cual se ubicaba una persona, que era acompañada por toreadores en caballos de palo. El desfile continuaba con hombres en zancos denominados ‘gigantes’ y la Tarasca, representación de un monstruo marino que según la tradición francesa había sido domado por Santa Marta”.

Además, en las procesiones era común ver a personajes que han desaparecido del rito popular en la actualidad. Según Milton Godoy, hay testimonios, como los del viajero inglés Longeville, quien se concentró en los bailes que acompañaban la comitiva y en particular en un sujeto como conocido como el “matagallinas”; se trataba de una suerte de bufón “disfrazado como demonio, con cuernos y cola [...] va con una larga fusta abriendo sitio para los bailarines, sin consideración a la muchedumbre, la que, sin embargo, está obligada a tomar sus azotes sin ofenderse”.

Otros personajes que pululaban en las calles durante las festividades religiosas, eran los Cucuruchos, personajes aterradores a los que el ya mencionado Carlos Bladh pudo ver en acción como una suerte de cobradores de pecados. Los describió como “altas figuras vestidas de negro disfrazadas con grandes bonetes cónicos [que] molestaban en las plazas a los transeúntes con el grito severo: den limosna para sacar las almas de los difuntos del purgatorio”.

Milton Godoy agrega que “unas décadas después, hacia mediados de siglo, el marino norteamericano James Gilliss los describió (a los Cucuruchos) como una ‘mascarada solemne’ que se desplazaba por las calles vestidos de negro, con un largo sombrero cónico y un bastón, traje que les destacaba e inspiraba un ‘bien calculado terror’ entre los niños”.

Cucurucho, personaje que participaba en la conmemoración de la Semana Santa.

Otra tradición que ha sobrevivido es la que se observa cada Domingo de Resurrección, con los huevitos de chocolate, tan esperados por los menores. Sin embargo, esta costumbre refiere al influjo de la inmigración en el período en que el país comenzaba el tránsito hacia la modernización y la conexión con los centros de poder económico del orbe. “Responde a influencias de inmigrantes y está asociada a la abstinencia de huevos y productos lácteos existente en la cuaresma. Originalmente se pintaban huevos de gallinas y pavos, los que posteriormente se regalaban”, explica Milton Godoy.

Marcial Sánchez sitúa el arribo de esta tradición a mediados del siglo XIX. “Fue con la llegada de colonias alemanas al territorio quienes seguían la tradición de vaciar los huevos de gallina, los pintaban y colocaban dulces, los que después eran regalados”.

Tradición y modernidad

Con la instauración de la república, los gobiernos buscaron normar las festividades populares, considerando que al menos hacia 1823 existían tres efemérides dedicadas a celebrar episodios claves de la emancipación; el 12 de febrero, 5 de abril, y el 18 de septiembre. Pero las fiestas religiosas también fueron objeto de escrutinio de las nuevas autoridades, empapadas del ideario racionalista propio de la Ilustración. “El mundo liberal veía en el cristianismo doliente una muestra de carencia de civilización y la convicción de que estas prácticas deberían ser superadas”, explica Milton Godoy.

Por ello, casi desde los albores de la nación, hubo medidas orientadas a regular las festividades religiosas. “Las autoridades republicanas iniciaron, en 1821, un proceso destinado a disminuir la cantidad de fiestas, pues consideraban que estas impactaban negativamente en el número de días de trabajo, produciendo de paso, holgazanería y otros vicios dañinos a la sociedad”, detalla el historiador.

Y cita un ejemplo: “En 1821, el director supremo O’Higgins solicitó al obispo Muzzi –jefe de la primera Misión apostólica en América independiente– la reducción de los días de precepto, quien por un indulto de agosto de 1824 los redujo de diecisiete a once”.

Pero desde su lado, Marcial Sánchez asegura que no siempre hubo choques entre la institución y el mundo liberal respecto a la festividad en particular. “La iglesia católica era una institución respetada y querida por la población, pero como muy bien sabemos desde mediados del siglo XIX se comenzó a plasmar lo que será la separación de la iglesia con el estado, que se concretó en la constitución de 1925. La Semana Santa era una instancia de unión y son varias las imágenes que muestran a los gobernantes con sus equipos ir a la cabeza de las procesiones, como también tenemos documentos que muestran la desconformidad de sectores ante este tipo de celebraciones. Pero en lo general había un respeto por estas instancias de celebración religiosa”.

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