El soldado japonés que creyó que la Segunda Guerra Mundial había terminado en 1974

El teniente Onoda, el 10 de marzo de 1974, tras su rendición, en la isla filipina de Lubang. (AFP)

El teniente Hiroo Onoda fue destinado a una misión en una selva filipina en 1944, y permaneció ahí sin rendirse hasta entrada la década de 1970. Su historia es recogida por dos recientes plataformas: un filme del francés Arthur Harari llamado Onoda, 10.000 noches en la jungla, que se estrena mañana en España; además de la primera novela del cineasta Werner Herzog, ya disponible en castellano.



La Segunda Guerra Mundial había terminado más de 30 años antes, y Japón, el orgulloso Imperio del Sol Naciente, ya no se encontraba en conflicto con los Estados Unidos ni sus aliados. Las dos bombas atómicas, en Hiroshima y Nagasaki, le dieron un dramático fin al conflicto en 1945.

Pero algunos no se enteraron sino mucho tiempo después. Fue el caso del teniente japonés Hiroo Onoda, un oficial de inteligencia al cual se le destinó a la selva de la pequeña isla filipina de Lubang desde diciembre de 1944. El lugar era cosa seria: una tupida jungla, con temperaturas sofocantes que rara vez bajan de los 24º, y con una fuerte temporada lluviosa propia del sudeste asiático, que puede alanzar los 354 milímetros de lluvia.

Ahí, Onoda estuvo al mando de un pequeño pelotón de siete soldados, su misión era la de sabotaje, pues debía destruir el aeropuerto y el muelle de la isla una vez que las tropas filipinas se retiraran. El lugar tenía fines estratégicos, ya que le permitiría al ejército imperial japonés tomar la capital, Manila. Un lugar clave en la guerra en el Pacífico.

Una imagen de Onoda, 10.000 noches en la jungla.

Para asegurar el éxito de su misión, sus superiores le prohibieron a Onodo que se suicidara. Se referían, por supuesto, a la práctica del famoso harakiri (incluido en el bushidō, el estricto código ético de los samuráis), que se realizaba de forma voluntaria para morir con honor, en lugar de rendirse ante el enemigo. La idea era que el teniente esperara la llegada triunfante del ejército imperial, al cual se uniría. Como buenos amigos de la planificación, los miembros del alto mando japonés le comunicaron que de no ocurrir eso, debía dedicarse a la guerra de guerrillas y al sabotaje. Retroceder nunca, rendirse jamás era la consigna.

Sin embargo, de esos siete soldados, se quedaron solo dos, el resto huyó en desbande para salvar sus preciosas vidas. Poco después se les sumó un tercer efectivo. Luego, uno se rindió en 1950, y los otros dos fueron falleciendo, de modo que el teniente quedó solo en la jungla en 1972. Para esos entonces, todavía seguía pensando en su misión.

Solo dos años después, en 1974, Onoda aceptó rendirse oficialmente. Fue cuando un estudiante -quien lo había encontrado- volvió junto a uno de sus superiores, el comandante Taniguchi, el 9 de marzo de 1974. Ahí acabó todo. Ese mismo año, el nipón publicó una autobiografía donde contó esos años en la jungla filipina peleando una guerra que se había acabado, No surrender: My Thirty Year War, la tituló, y llegó a las manos del cineasta francés Arthur Harari a quien la historia le impactó.

“Me confirmó que él deviene en héroe no por sus acciones ni porque Onoda se autodefina de esa manera, sino por el recibimiento a su vuelta a Japón. Sus compatriotas le califican así; en cambio, él alberga una mirada más compleja sobre lo sucedido. Un soldado es alguien a quien autorizan a matar, y que por ello está exonerado de culpabilidad...si no razona sobre lo ordenado”, señaló Harari en declaraciones recogidas por El País. Es que el militar, consciente de la responsabilidad que se le asignó, no pensaba en claudicar. “Era un oficial y recibí una orden, si no la hubiera cumplido me habría avergonzado”, anotó en su autobiografía.

El cineasta Arthur Harari.

Harari decidió llevar la historia de Onoda a la pantalla grande, con el título de Onoda, 10.000 noches en la jungla, que en España se estrena este viernes y que en su país ha recibido buenas críticas; de hecho, ganó el Premio César al Mejor Guion Original y el Premio de la Crítica Francesa a la Mejor Película de 2021. En el elenco, hay solo actores japoneses: Yuya Endo, Kanji Tsuda, Yûya Matsuura, Tetsuya Chiba, entre otros.

Para el cineasta, de algún modo la película es una reflexión sobre los tiempos actuales, con un superflujo de información. “El eco que esta historia tiene en el presente es evidente”, ratifica Harari. “Se vincula al triunfo actual de las fake news y de las teorías conspiratorias. Rehuí subrayarlo porque es obvio, no hacía falta añadir nada”.

Una tormenta en el interior

Fue en 1997 cuando el cineasta Werner Herzog visitó Tokio. Inquieto en sus aspectos creativos, el alemán llegó para dirigir una ópera, Chushingura. Tras las funciones, el compositor Shigeaki Saegusa le comentó que el mismísimo emperador Akihito le había invitado a una audiencia privada. Pero el hombre de Fitzcarraldo no quiso saber nada de aburridos y protocolares rituales palaciegos, quería conocer en persona al legendario teniente Onoda. Prestos, sus anfitriones nipones le dieron en el gusto.

Onoda y el alemán hicieron buenas migas. “Es muy difícil de explicar. Tuvimos una compenetración instantánea y entendió que yo no era un periodista con un catálogo de preguntas, sino un poeta”, comentó recientemente Herzog al New York Times. Su historia le llamó la atención y decidió que algo tenía que hacer con eso. Pronto, se dio cuenta que una película no le bastaría, porque sintió que no era el medio adecuado de contar esa historia. Entonces, optó por una novela.

Pero para eso faltaba tiempo, y de repente lo obtuvo. Claro, fue durante la pandemia. De ese modo, en 2020, finalmente Herzog se puso a escribir esa novela que le estaba dando vueltas en la cabeza, sin abandonarlo jamás. Se llama El crepúsculo del mundo (The Twilight World), y ve la luz a través de la española editorial Blackie Books y es nada menos que el debut del cineasta en el género de las novelas. Anteriormente, había publicado otros libros, de no ficción y poesía. De algún modo, siente que a través de las páginas su aspecto creativo funciona bien: “Es extraño, pero puedo explicarlo fácilmente con una especie de máxima: mis películas son mi viaje y mi escritura es mi hogar”, dijo al Times.

Con un bamboleo entre la verdad y la ficción, la novela transcurre usando de base todo lo que le contó el propio teniente japonés, quien falleció en Tokio, en 2014 a los 91 años. De hecho, relata el momento en que se le comunicó que debía rendirse. Según el cineasta, una vez que el comandante Taniguchi terminó de leer el documento en que se le ordenaba cesar operaciones, le dijo: “Teniente, su guerra ha terminado. ¿Cómo se siente?”. “Hay una tormenta en mi interior”, respondió.

En el libro, Herzog alterna su propio relato con la voz del teniente. Ahí él mismo cuenta cómo se fue transformando en una especie de leyenda viva mientras estaba con uniforme japonés peleando solo en Filipinas. “Otras personas han venido a la isla vestidas de civil, con todos los disfraces imaginables pero con un objetivo común: neutralizarme, hacerme prisionero. He sobrevivido a 111 emboscadas. Me han atacado una y otra vez. No soy capaz de contar cuántas veces me han disparado. Todos en esta isla son mis enemigos”.

De hecho, también se adentra en lo más íntimo de la conciencia de teniente. Lo relata, por ejemplo, en el momento posterior a su rendición: “Más tarde, Onoda admitirá que estuvo esperando hasta el último momento que el comandante se dirigiera a él en tono confidencial y le confesara que todo aquello era puro teatro, que solo querían poner a prueba su firmeza”. Es que el hecho de terminar una “guerra” fue algo difícil de aceptar para el teniente.

Una escena de Onoda, 10.000 noches de la jungla.

Esa especie de locura y delirio selvático -que también capturó, por ejemplo, en su clásica película Aguirre, la ira de Dios (1972)- es un elemento que a Herzog le llamó la atención. “Vivió una especie de guerra ficticia, era un producto, una fantasía, eran sueños febriles en la jungla, pero solidificó la ficción en una guerra real. Se convirtió en algo más allá de la lógica, más allá de nuestra lógica, pero para él tenía lógica, y eso lo vuelve trágico”, dijo el cineasta al New York Times.

No es la primera vez que un cineasta se interna en las siempre torrentosas aguas de la escritura de una novela. Antes lo hicieron Gus Van Sant, con Pink (1997); Alejandro Jodorowsky, con Donde mejor canta un pájaro (1992); David Cronenberg, con Consumed (2014); Pedro Almodóvar, con Patty Diphusa y otros textos (2006) y La piel que habito (2012), y recientemente, Quentin Tarantino, con la adaptación en novela de su película Había una vez en Hollywood (2021).

El libro se encuentra disponible en castellano para ser importado desde Chile a través de Buscalibre.

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