Arde el mar: un relato de Jaime Bayly

Si bien extraña a su madre y a sus hijas mayores, Barclays es razonablemente feliz, tanto que a veces le da pudor decirlo, temeroso de convocar a los duendes de la mala fortuna: es feliz porque escribe cuentos y novelas sin pensar un segundo en el dinero.



Estos días ardientes de canícula boreal el aire infestado de mosquitos pesa casi tanto como el agua amarronada del mar enfermo de unas algas llamadas sargazo.

Incapaces de permanecer quietos en sus casas refrigeradas por la brisa pérfida del aire acondicionado, los habitantes de la isla y los forasteros de paso invaden las playas como si en ellas pudiesen mitigar el avance vicioso de la ola de calor y se remojan en el mar contaminado de algas malolientes.

Algunos imprudentes salen a correr o a caminar, a montar en bicicleta o en escúter, expuestos a los rayos solares que penetran la agujereada capa de ozono, se ensañan con ellos como líneas invisibles de luces que reverberan a cuarenta grados centígrados en sus rostros impregnados de cremas protectoras y los deshacen lenta y minuciosamente en copiosas gotas de sudor.

Ya sabemos que el bicho humano raramente sabe estarse quieto. De su porfiada inquietud se originan casi todos sus males.

Residente en esa isla tropical hace treinta años, vecino de iguanas y lagartijas, de ardillas y mapaches, el escritor itinerante Barclays procura no salir de su casa de seis habitaciones y seis baños, se hunde en viejos sillones reclinables, lee las noticias del día en periódicos en inglés todavía impresos en papel, extraña a su madre que está lejos, recuerda a su hermana mayor que está muerta, piensa en sus hijas mayores que no le responden sus correos porque están hartas o avergonzadas de él y se ilusiona puerilmente pensando en una novela que ha terminado y será publicada el próximo año por una editorial española.

Si bien extraña a su madre y a sus hijas mayores, Barclays es razonablemente feliz, tanto que a veces le da pudor decirlo, temeroso de convocar a los duendes de la mala fortuna: es feliz porque escribe cuentos y novelas sin pensar un segundo en el dinero, de modo que puede darse el lujo de escribir exactamente lo que le apetece o viene en gana, puesto que lo que cobra por sus escritos acaba siendo un dinero menor que no afecta la calidad de su vida; es feliz porque dirige y presenta un programa de televisión todas las noches en el que dice exactamente lo que le apetece o viene en gana, un programa que se ve en varios países y le paga un dinero no menor; pero sobre todo es feliz porque ama a su esposa y a su hija menor y vive con ellas en una casa grande y desordenada, donde cada uno hace exactamente lo que le apetece o viene en gana, donde se celebra el egoísmo y el individualismo, una familia en la que nadie es jefe o mandamás y nadie subordinado, en la que se cultivan como valores supremos el humor, la irreverencia, la duda, el espíritu crítico, la ambición soñadora, la honestidad sin duplicidades y la búsqueda del placer.

Gordo y fatigado, contando cada paso lánguido que da, huyendo de la canícula boreal, buscando la sombra bienhechora, Barclays no sabe si es un escritor de éxito o un escritor fracasado, no sabe si es un periodista serio o un charlatán inflamado, no sabe si es un intelectual o un bufón, no sabe si es un buen padre o un padre egoísta y ensimismado, no sabe a fin de cuentas si es una buena persona o una mala persona, pero más probablemente es una mala persona, razón por la cual casi no tiene amigos, los ha ido perdiendo al mismo tiempo que ha ido perdiendo lectores y espectadores: aun así, a pesar de que se ha ido quedando solo, o precisamente por eso, Barclays se siente a gusto en su cuerpo excesivo, en sus grasas desmesuradas, bien ganadas, y no desea ser, o volver a ser, un sujeto popular, que provoca escándalos, agita el avispero, se sitúa en el ojo de la tormenta, sale en los periódicos y aspira a ocupar el poder, la presidencia de la república. A estas alturas de su vida, Barclays entiende el éxito como un curioso malentendido: no quiere tener poder, ser famoso, salir en los periódicos ni hacer escándalos, lo que más ardientemente desea es estar tranquilo, en la sombra, en su casa grande de seis habitaciones y seis baños, hundido en su viejo sillón reclinable, leyendo las noticias, escribiendo sus cuentos y sus novelas sin prisa ninguna, sin apremios económicos.

Tal vez el desusado sosiego interior de Barclays se origina en el hecho insólito de que duerme entre la una de la mañana y la una de la tarde, doce horas consecutivas que lo dejan sobrado de reservas de paciencia, compasión y humor. No siempre, sin embargo, se conduce con prudencia o una mínima sabiduría: extrañamente, ciertas noches, rumbo al estudio de televisión, situado en los extramuros desastrados de la ciudad, aprieta el acelerador de la camioneta de ocho cilindros y conduce a alta velocidad, como si morir en la autopista le pareciera una muerte épica, deseable, del mismo modo que, cuando habla más tarde en su programa de televisión, a veces lo hace tan atropelladamente, tan estentóreamente, con tanto cinismo, sin tomar prisioneros, que acaba diciendo unas cosas vitriólicas, feroces, tremebundas. Por alguna extraña razón, en las autopistas deplora a los que conducen con exagerada lentitud y en las televisiones desdeña a los bustos parlantes que tratan de ser simpáticos y agradables para todos los gustos, sin arriesgarse a ser ellos mismos, sin atreverse a decir lo que en verdad piensan.

La esposa de Barclays, joven, hermosa, veintitrés años menor que él, parecería una criatura feliz, o al menos una que vive con insolente libertad. No duerme al lado de su marido porque no soporta sus ronquidos guturales, cavernosos. Descansa en una habitación alejada de su esposo, entre la medianoche y las nueve de la mañana, hora en que salta de la cama, apasionada de ser ella misma, tan guapa y tan despreocupada de su belleza, y se dirige a la academia de karate, donde se ejercita con rigor, entrena con sus amigas, se ríe con ellas y sus instructores y exhibe sin jactancia las aptitudes que la han llevado a poseer nada menos que un cinturón negro: de todas las mujeres que hacen karate en aquella academia, seguramente Silvia Barclays es la más dotada, la más talentosa, la mejor adiestrada. Por las tardes, duerme una siesta, lee y ve videos, escribe sus novelas. A pesar de su corta edad, apenas treinta y tres años, ha publicado ya cinco novelas, todas más o menos ancladas en sus peripecias vitales, todas por tanto pedazos, trozos o fragmentos desprendidos de su vida. No es infrecuente que en las noches salga a comer con sus amigas de la isla, de la academia de karate, del gimnasio, mujeres de carácter, de genios recios, que saben lo que quieren, que muy raramente necesitan a un hombre para ser felices o para acabar de ser ellas mismas, unas cenas que, por supuesto, están irrigadas de buen vino y de confidencias, secretos, chismes y risas. Como no son bobas, como persiguen intuitivamente el placer, no pierden el tiempo hablando de política, una droga que acanalla y envilece a quienes se intoxican noche y día con ella.

La hija de Silvia Barclays y su esposo, el escritor itinerante, se llama Zoe Barclays, tiene once años, está orgullosa porque ha conseguido entrar al mejor colegio privado de la ciudad y pasa sus días de vacaciones veraniegas asistiendo a clases de discursos y debates en su nueva escuela, unas materias, las de hablar en público y cotejar sus ideas con las de otros polemistas precoces, para las que ella parece haber nacido genéticamente predispuesta, bien dotada, pues, lo mismo que su padre, o aún más que él, cuando comienza a hablar no hay quien la detenga, y lo hace con elocuencia y pasión, salpicando sus discursos con matices de humor, y es perfectamente capaz de hablar una hora, dos horas seguidas, sin fatigarse, sin pedir una tregua, es decir que la niña ha nacido con el poder retórico o hablantín de su padre, pero, por fortuna, con una inteligencia muy superior a la de él, que a duras penas terminó el colegio religioso y abandonó la universidad, aburrido de estudiar unas leyes que le parecían muertas, inanimadas, sepultadas como cuerpos sin vida. Descollante en sus estudios, bilingüe sin esfuerzo, popular entre sus amigas, buena de corazón, la niña demuestra que la especie humana todavía evoluciona y supera con creces a sus padres, tan orgullosos de ella. Sin embargo, no es demasiado optimista: el otro día, su padre le dijo que nunca en la historia de la humanidad los individuos vivieron más cómodos, fueron más libres y experimentaron más felicidades que en estos tiempos que corren, pues las mujeres poseen ahora unos derechos que antes les eran conculcados, y las minorías gozan de unos derechos que a buen seguro les son debidos, y hay menos barbaries y menos guerras, y hay más libertades públicas y privadas, y el minúsculo bicho humano dispone ahora de unas tribunas y unas plataformas que la tecnología le ofrece para dar sus opiniones aun si son idiotas, compartir sus fotos aun si son espantosas y derramar su bilis, su veneno, su mala leche; pero la niña le replicó a su padre que, si bien todo aquello podía ser cierto, la especie humana está en peligro de extinguirse por el calentamiento global, por las sequías, por la falta de agua, por el desborde de los mares en las franjas costeras, y entonces Barclays se quedó callado y comprendió que su hija tenía razón: todos los avances morales y materiales de la civilización servirán poco y nada si el calor extremo acaba matando a los humanos en ochenta o cien años, cuando la niña sea una anciana y su padre, Barclays, solo polvo y olvido.

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