Cuando Boris González se transformó en Zalo Reyes: historia secreta del debut de una leyenda

Crédito: Archivo Histórico / Cedoc Copesa.

Fue a mediados de los 70 cuando el fallecido “Gorrión de Conchalí” se cambió de nombre y lanzó sus primeras canciones. Un camino que tuvo mucho de urgencia y que lo reunió con los destacados músicos de Congreso, con quienes grabó el disco que lo lanzaría a la fama. Hoy, sus protagonistas recuerdan esos días de música, camaradería e imitaciones de Elvis.



Habitualmente locuaz y de broma rápida, a veces Boris González Reyes (1952) se quedaba en silencio cuando estaba en el estudio de grabación. Aunque el joven hijo de una dueña de casa y de un taxista era rápido para aprender, a veces buscaba la forma correcta de interpretar las canciones que debía grabar. Eso, hasta que una frase acababa con su trance. “Oye, si tú sabes cómo cantarla -le decía el guitarrista Fernando González-. Cántala a lo Zalo Reyes”.

Fue a finales de los setentas cuando Boris González se volvió Zalo Reyes. Hasta entonces era un cantante autodidacta, pero con mucho recorrido en escena, que había probado fortuna bajo el poco eficiente nombre artístico de Nahum. Incluso lanzó un par de discos de nulo impacto comercial grabados para el sello EMI Odeón. Pero en la discográfica no tenían mucha paciencia; tenía que lograr un éxito o simplemente arriesgaba el despido.

Allí apareció Fernando González. El músico, uno de los fundadores del grupo Congreso, fungía como director artístico de la compañía y tuvo que hacerse cargo de la situación. Allí se tomó una decisión clave. “Él había probado otro repertorio y con otro nombre, pero no resultó -cuenta al teléfono con Culto-. Entonces lo primero que hicieron fue cambiar el nombre por uno más cercano a la gente. Ahí el Jorge Oñate, que estaba a cargo de la parte de música popular, le preguntó ¿a tí cómo te dicen en el barrio? ‘Zalo’, respondió él. ‘Ya, ahora vas a ser Zalo Reyes’, le dijo. Y así quedó”.

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Luego, había que definir un repertorio. Como se estilaba por entonces se buscó un tema probado en otros mercados para versionarlo a nivel local. El elegido fue Una lágrima y un recuerdo (1978), de José Barette, que había sido popularizada por los mexicanos Miramar. “A la EMI llegaban canciones de Argentina, también algo de México pero menos -rememora el guitarrista-. Esa canción llegó como un éxito, entonces Jorge Oñate la escuchó y dijo ¡esa es la canción para el Zalo Reyes! una tincada nomás como las que tienen de repente los productores. Luego me dijo, ‘oye Fernando, ármate una bandita para grabar’”.

Presto, recurrió a los músicos que tenía más a mano. Desde las filas de Congreso, banda que entonces era parte del elenco de artistas de EMI, convocó a su hermano Sergio “Tilo” González para la batería, y a Ernesto Holman, un joven virtuoso del bajo eléctrico que con los años se haría un nombre en la escena del jazz fusión. La formación se completó con el tecladista Jorge Soto, quien era parte de Tumulto y años después integraría Sol y Medianoche. Es decir, una banda de credenciales rockeras y probado oficio, que ponían su talento a disposición de un intransigente de la canción romántica. “A mí me llamó Fernando para grabar como músico de sesión, con el Tilo González trabajábamos en eso”, recuerda Holman.

Tal como había anticipado Jorge Oñate, ese primer sencillo resultó un éxito. Le sucedió uno todavía más renombrado, Con una lágrima en la garganta, original del argentino Roberto Livi. En ambos se escuchaba la particular propuesta de música romántica tocada con instrumentos eléctricos propios del rock, que ya habían patentado Los Ángeles Negros y de la que el “gorrión de Conchalí” era un declarado admirador.

Archivo Histórico / Cedoc Copesa

“Yo tenía un efecto chorus, y se me ocurrió darle a todo el chorus nomás. Así salió esa guitarra que le dio un toque a las primeras canciones del Zalo”, recuerda Fernando González. Aunque advierte que en ese diseño no se trataba de imitar a nadie. “Los Ángeles Negros eran top en ese momento, pero esto había que hacerlo totalmente distinto a ellos. Además, a mi modo de ver, el Zalo era como la contraparte de Germaín de la Fuente, entonces tenía que ser algo fresco, simple, sin tantas vueltas, con arreglos que no fueran difíciles”.

Por su lado, Tilo González tiene una opinión similar. “Yo creo que Zalo nunca se pensó como heredero de un sonido, sino más bien el sonido se creó por los músicos que estábamos tocando, cada uno aportaba lo que pensaba que la canción necesitaba”.

Tocar arriba de la taberna

Con la situación salvada, era tiempo de dar el siguiente paso; un primer álbum. Se tituló Zalo Reyes y su grupo Espiral (1978). “El grupo Espiral no es que haya existido, era básicamente un nombre de fantasía para justificar el disco”, comenta el bajista Ernesto Holman. ¿De dónde salió ese nombre? lo recuerda Fernando González. “Fue el productor Jaime Cerda Corona, que estaba a cargo del repertorio de música popular. Él bautizó al grupo así”.

Pronto, el mismo González junto a Jaime Cerda trabajaron un repertorio para el disco. Al estilo de los equipos de compositores profesionales, dividían labores. “Él escribía las letras y me las pasaba para ponerle música -recuerda-. Es como el cliché de hacer una canción nomás, después se hacía algún ajuste si había que poner algo”. Así, salieron canciones como Fuiste un gran amor, Dulce niña, Ya son las diez y Por qué quieres volver, en que se puede escuchar el particular sonido logrado por los músicos; el grueso canto del órgano de Soto, la precisión de Tilo González a la batería, el vigoroso bajo de Holman y la guitarra vibrante de Fernando González.

En esos días las sesiones de grabación se realizaban en el estudio de EMI Odeón en la calle San Antonio, donde ya habían trabajado nombres capitales de la música popular chilena como Los Ramblers y Los Ángeles Negros. “Era un estudio muy bien montado, con su caseta hermética, cabía una orquesta sinfónica entera adentro -recuerda el guitarrista-. Estaba en el primer piso, pero en el subterráneo estaba la Taberna Capri, entonces no podías grabar más allá de las 9 de la noche porque empezaba el ruido, así que se empezaba temprano, a las 9 de la mañana”.

González recuerda que a Zalo Reyes le presentaban las canciones en el mismo día de la grabación, así que debía aprenderlas rápido. “Él agarraba la letra y se ponía a cantar nomás, se aprendía la melodía y listo. Él era muy auténtico, creo que logró transmitirlo y la gente lo captó muy bien”.

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Los músicos recuerdan que ese ritmo de trabajo sacó lo mejor del joven Gorrión. “Era rápido porque cantaba muy bien, era un cantante excepcional -recuerda Ernesto Holman-. Era muy afinado, tenía una linda voz y además una cosa histriónica que explotaba mucho, era un talentazo”.

Así, tras ensayar las canciones procedían a grabar de inmediato. “El Zalo era muy espontáneo para grabar, generalmente a la primera o segunda toma ya estaba todo -detalla Tilo González-. Tienes que pensar que en esos años no se podía editar tan fácilmente, entonces se hacían tomas enteras y luego se elegía la mejor. Hoy día se puede grabar hasta por frases, pero en ese tiempo, había que tocar y había que cantar”.

Pero no todo era trabajo. La camaradería entre los músicos y el histrionismo natural de Zalo Reyes a veces llevaban las cosas a otros puntos, como sus imitaciones de Elvis Presley que años después replicaría en sus presentaciones en vivo y hasta en la TV. “De repente terminábamos tocando blues, rock, cualquier cosa diferente a lo que veníamos -rememora Tilo González-. Zalo podía cantar cualquier cosa porque todo lo hacía bien. Tenía un fraseo maravilloso, podía salirse del tempo y volver sin problemas, era muy musical”.

Cuando se le pregunta por esas improvisaciones, Fernando González no puede evitar soltar una carcajada. “Nos reíamos con él. Le decíamos ‘oye, pero canta esta como Presley’.

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“El Zalo era loco, siempre echando tallas, no paraba nunca. Siempre fue así, la fama no lo cambió -rememora Ernesto Holman-. Yo después lo conocí más, grabé el segundo disco y después dos más en que hice la producción completa y grabé todos los instrumentos, salvo la guitarra que hacía Fernando”.

A veces, tras concluir la jornada de trabajo, los músicos compartían con el joven cantante. “Siempre después de las grabaciones los músicos celebramos el evento, porque es muy hermoso estar grabando, entonces terminábamos en algún restorán por ahí -recuerda Tilo González-. Obviamente en ese tiempo pagaba el sello (ríe)”

Tras esa grabación, Zalo Reyes comenzó su ascenso al estrellato y sus apariciones en TV en que hizo notar su carisma y personalidad avasalladora. También las giras nacionales, en que a veces era acompañado por los músicos de sesión. “Como integrante del staff de EMI Odeón, me contrataron para tocar en Valdivia, en un festival en que fueron varios cantantes del sello. Ahí lo acompañé nomás. Cantaba igual que en el disco”, cuenta Holman.

En alguna presentación también participó Tilo González. “Hicimos algunas cosas en vivo, recuerdo haber estado en pruebas de sonido con él, y sucedía lo mismo; tocábamos otras cosas distintas al repertorio”.

Al momento del adiós del “Gorrión”, los músicos mantienen un sincero cariño por el artista. “Uno siempre habla bien de los finados, pero la verdad nunca hubo algo que me molestara de él -dice Tilo González-. Él era una persona muy amable, cordial, alegre y musicalmente nos entendíamos muy bien. Tengo muy lindos recuerdos de esa etapa con él”.

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